La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El que cierra

La sacó del bolsillo, la desdobló en la mesa y la alisó con el canto de la mano hasta dejarla plana. Antes de leerla, alineó el bolígrafo con el borde de la mesa, y el vaso con el bolígrafo, y el bote de la sal con el vaso. Las cosas, cuando estaban en su sitio, dejaban pensar.

Nueve líneas. Cada una, una cosa que quedaba. Él no pensaba en personas; pensaba en cosas que quedaban, que es distinto. Una persona da pena. Una cosa que queda solo da trabajo.

La primera línea era el pasillo. Ya estaba.

La había hecho la noche en que el otro salió en la televisión, porque cuando alguien sale en la televisión, lo que ese alguien tocó empieza a tener prisa.

Vació el pasillo, separó lo que ardía de lo que no, se llevó la caja que no se abre.

No quemó nada esa noche; quemar tiene su hora y su sitio.

Pero el pasillo ya no decía nada de nadie.

Tachó la primera línea. Una raya de izquierda a derecha, sin volver sobre ella. No la borró. Borrar es de quien quiere que parezca que la línea no existió nunca. Él no quería que pareciera nada. Quería que estuviera hecha. Tachada, no borrada.

Quedaban ocho.

Las leyó sin moverlas, solo con los ojos, como se lee una factura.

Una hablaba de una cuenta pequeña que convenía dejar quieta un poco más: una cuenta que se cierra de golpe llama más la atención que una que sigue pagando sus cuotas de siempre.

Otra hablaba de una mujer mayor que ya casi no servía de testigo, porque mezclaba los días, pero que guardaba algo sin saber que lo guardaba; y eso era lo malo, porque a lo que se guarda sin saber no se le puede pedir que se olvide.

Otra hablaba de una casa con rosales, a la que había ido a mirar, no a tocar.

Mirar primero es la mitad del trabajo. La otra mitad es saber esperar a que mirar ya no haga falta.

Se quitó las gafas para oír mejor un ruido de la escalera.

No era nada: un vecino, una bolsa, una puerta.

Volvió a ponérselas. La gente creía que las gafas eran para ver.

Él las usaba para lo de cerca, para los papeles y las cerraduras; para escuchar se las quitaba, porque oír y mirar a la vez le repartía la atención, y él no repartía la atención con nada.

La caja que se había llevado del pasillo seguía sin abrir, en el mismo sitio donde la había dejado.

No la abría. Había cosas que se guardaban sin mirar, igual que la mujer mayor guardaba las suyas sin saber.

La diferencia era que él sí sabía, y por saber no le hacía falta mirar.

Mirar dentro era para los que dudaban de lo que había.

Él no dudaba. Por eso podía tenerla cerrada y dormir.

No tenía prisa con las ocho. La prisa era lo que había perdido al otro, que se fio de que el tiempo no pasaba.

El tiempo pasaba siempre. Lo único que servía era ir devolviendo cada cosa a un sitio donde no molestara, una a una, sin saltarse el orden de la lista.

Devolver el orden a las cosas no era lo mismo que arrepentirse.

El que se arrepiente mira atrás. Él no miraba atrás.

Miraba la lista, que estaba delante, y la lista no recordaba: la lista solo decía lo que quedaba y lo que ya estaba hecho.

Dobló el papel por las mismas marcas y lo guardó. Recogió el vaso, lo lavó, lo puso boca abajo en el escurridor. Pasó un paño por la mesa aunque no había migas, porque una mesa limpia era parte de tener limpia la cabeza. Alineó la silla con la mesa antes de salir.

En la cocina, después de que él cerrara la puerta, quedó un rato el olor de siempre: cinta de embalar y jabón de lavar a mano. Un olor limpio, de cosas terminadas. No olía a nadie. Olía a sitio recién ordenado, que era lo más parecido a no haber estado.