La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Puente de Vallecas

Inés la llamó el sábado por la mañana, antes de las nueve, al móvil personal y no al del trabajo. Otra cosa que ya hacían sin decírselo.

—Dime.

—¿Nombre?

—Un nombre que no lleva a ningún sitio. Lo he buscado y se apaga enseguida. Pero la ficha tiene una marca de las que no se ponen solas: alguien, en algún momento, pidió que ese expediente no se cruzara con nada.

—¿Quién lo pidió?

—No consta quién. Consta que se pidió. —Inés dejó pasar un segundo—.

Y eso es lo raro, Nora. Una marca de no cruzar un expediente no la pone un funcionario de ventanilla.

La pone alguien que sabe que ese expediente, junto a otro, cuenta algo.

Es una mano que tapa, no un descuido que esconde.

En treinta años de archivo he visto tres marcas así.

Las tres tapaban algo que alguien de dentro no quería que se leyera junto.

—¿De dentro de dónde?

—De dentro de donde se archiva. Que es donde trabajas tú. —Lo dejó ahí—. Una muerta que firma y un hombre que pidió no existir, a dos calles, el mismo año. No me gusta, Nora.

—¿Te gusta algo de esto?

—De momento, no.

Nora apuntó las dos direcciones en el reverso de la hoja que ya llevaba y se quedó mirándolas.

Dos calles. La distancia de ir a por el pan.

Dos personas de la geografía de Riera viviendo a la distancia de ir a por el pan, en 2001, en un barrio que ella conocía mejor de lo que le habría gustado reconocer.

Fue en su coche, sola. No metió la salida en ningún parte de servicio. Aparcó mal, donde en aquel barrio se aparcaba siempre mal, y echó a andar.

Conocía aquellas calles. Había crecido cinco minutos más allá, en Monte Igueldo, en un piso con la cocina pequeña y un padre que entraba de noche y dejaba el arma en lo alto del armario antes de asomarse al cuarto de las niñas.

Los portales eran los mismos, con los buzones abiertos como bocas, esperando un correo que cada año llegaba menos.

Las aceras eran las mismas. Y las juntas de las aceras eran las mismas: a Nora se le coló de golpe un gesto de cuando tenía ocho años, saltar las juntas una sí y una no, sin pisar la raya, con Sara dos pasos por detrás intentando pisar justo las que ella saltaba.

Tuvo que pararlo antes de que las piernas lo hicieran solas.

El cuerpo se acordaba de la niña aunque la cabeza estuviera trabajando.

Pasó por delante de una mercería que seguía abierta, con los ovillos puestos por colores en el escaparate, y de un bar nuevo que antes había sido otro bar.

Una mujer regaba geranios en un balcón bajo.

Un crío bajaba en bici por mitad de la calle como si la calle fuera suya, igual que ella había creído de niña que era suya.

El barrio se había cambiado de ropa, pero por debajo era el mismo: las mismas cuestas, el mismo modo de dar los buenos días sin pararse, el mismo cielo recortado entre azoteas.

Allí su padre compraba el periódico. Allí su madre la llevaba de la mano a un colegio que ya no existía.

Allí, un agosto, una niña se había quedado sin hermana, y el barrio había seguido dando los buenos días igual, porque los barrios no saben hacer otra cosa.

La calle Sierra de Gádor era corta, de bloques bajos de ladrillo de los años sesenta, con tiendas de toda la vida abajo y antenas nuevas arriba.

El número siete seguía en pie. Un portal estrecho, un telefonillo con la mitad de los nombres comidos por el sol, un felpudo que no era de nadie.

Nora no llamó a nada. Solo miró. Allí, en 2001, una mujer a la que el registro daba por muerta desde hacía tres años había puesto su nombre real en un padrón, como si en aquel portal sí se pudiera estar viva.

La gente, cuando quiere desaparecer, no desaparece del todo en su propia calle.

En su propia calle sigue siendo quien es.

Una mujer mayor salió del portal de al lado con un carro de la compra y la miró con la desconfianza educada de los barrios.

—¿Busca a alguien?

—A una señora que vivió aquí hace años. Carmen Alcántara.

—Aquí ha vivido mucha gente. —La mujer afianzó el carro. Después, como si el apellido le moviera algo viejo, entornó los ojos—. ¿Alcántara? Hubo una Carmen que cosía, en el siete. Arreglos, dobladillos. Zurcía fino, eso sí lo hacía bien. Pero esa se fue, o se murió, ya ni sé. Hace la tira.

—¿Se acuerda de cuándo?

—Hija, me acuerdo de los precios de antes mejor que de las personas. Se fue y ya está. Aquí la gente se va y no avisa. —Tiró del carro para arrancarlo—. Pregunte en la mercería, si quiere. Las mercerías se acuerdan de las que cosían.

Y se fue, dejando a Nora con dos cosas: que Carmen cosía, y la sensación de que en aquel barrio nadie iba a acordarse de nada que ella pudiera escribir en un papel.

La mercería olía a hilo y a cartón de botones.

Detrás del mostrador, una mujer de la edad de su madre ordenaba cremalleras por tamaños.

Sí se acordaba de una Carmen que zurcía, sí.

Una mujer callada, de manos buenas, que hacía arreglos por su cuenta y, durante una temporada, había cosido para un sitio.

—¿Qué sitio?

—Uno de esos centros que hubo por la zona.

De acoger críos, ya sabe. Les hacía la ropa de cama, sábanas para un montón de camas.

Lo llevaba gente de la parroquia y luego pasó a otra cosa, no sé a qué.

—La mujer cerró el cajón de las cremalleras—.

La Carmen les cosía la ropa de cama. Y un día dejó de venir, como dejaban de venir todas.

No le puedo decir más. Una cose y no pregunta de quién es la sábana.

Nora le dio las gracias y salió con el dato pequeño y frío entre las manos: Carmen, la que firmó muerta, había cosido las sábanas de un centro de menores del barrio.

No era una prueba. Era un sitio donde el hilo de su padre y la columna que Robles había leído en alto aquella mañana empezaban a tocarse.

Bajó hasta el final de la calle y subió por la siguiente hasta el Puerto de Pajares.

Contó las bocacalles: una, dos. Dos calles, como había dicho Inés.

El número cuatro era un edificio igual que el otro, con una persiana metálica echada en lo que fue un bar y un cartel de SE ALQUILA decolorado encima.

Allí había vivido, o había constado que vivía, el hombre que pidió no cruzarse con nada.

Desde aquella acera se veía, al fondo, el tejado del siete de Sierra de Gádor.

Se veían entre ellos. En 2001, cualquiera de los dos, asomándose, habría visto la ventana del otro.

Nora se quedó en medio de la calle, contando lo que tenía.

Una mujer muerta que firma y cose para un centro.

Un hombre que pide no existir. Dos calles.

Un barrio. El suyo. Su padre le había escrito que empezara por la mujer que firmó, y la mujer que firmó la había traído, sin avisar, a cinco minutos de su propia infancia.

No creía en las casualidades de la geografía.

Creía en que la gente trabaja cerca de donde vive, vive cerca de donde nació, y en que los barrios guardan a los suyos —a los buenos y a los otros— en el mismo puñado de calles.

Lo que no sabía todavía era por qué su padre la mandaba justo allí, ni si lo había hecho a propósito o si el barrio se había metido solo en el caso, como se metía en todo lo de ella.

Echó a andar de vuelta al coche por una calle que no había elegido, la que tocaba.

Y a mitad de esa calle, sin motivo, se le cerró algo en el pecho.

No fue un recuerdo. Los recuerdos tienen forma, una cara o una voz.

Aquello no tenía forma. Fue solo una resistencia, como cuando el cuerpo frena un paso antes de que la cabeza vea el bordillo.

Miró alrededor. Una esquina cualquiera, un quiosco cerrado, una farola, un árbol mal podado.

Nada que mirar. Se dijo que era el cansancio, que llevaba dos días sin parar, que volver al barrio de uno cansa aunque uno no quiera que le canse.

Y siguió andando, porque seguir andando era lo que sabía hacer cuando algo no tenía forma.

No volvió la cabeza hacia la esquina. No porque no quisiera. Porque no había nada que mirar. Eso se dijo.

Cuando llegó al coche, se sentó un momento sin arrancar.

Apuntó las dos direcciones con la hora a la que las había pisado, por si algún día hacía falta saber cuándo había estado allí.

Pensó en llamar a su madre y no llamó: a su madre, aquel barrio, ahora, no se le nombraba.

Pensó en Carmen Alcántara, muerta en un registro y viva en una firma, y se preguntó dónde estaría ahora una mujer así, si es que estaba en algún sitio.

Pensó en el hombre sin papeles que un día decidió no existir.

Y pensó en lo poco que separa a quien se esconde de quien esconde a otros.

Y, por debajo de todo eso, en algo que no terminó de decirse: que el caso había entrado en su barrio, y que un caso que entra en el barrio de uno deja de ser solo un caso.

Empezaba a entender por qué su padre había escrito la instrucción con la letra tan pequeña.

Algunas cosas se escriben pequeñas para que quepan; otras, para que cueste leerlas en voz alta.

Arrancó. Por el retrovisor, la calle Sierra de Gádor se quedó donde estaba, con sus buzones como bocas y sus juntas en la acera, sin enseñarle nada de lo que guardaba.

Los barrios no devuelven. Solo aguantan.

Aquel llevaba treinta años aguantando lo suyo con la paciencia de quien sabe esperar: no a la que había venido a trabajar, sino a la que algún día vendría a recordar.