La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 5
19%

CAPÍTULO 5

El oído

La Pecera tenía un aire acondicionado de ruido aprendido, un zumbido que el oído borraba a los diez minutos y que solo se notaba cuando paraba. Nora subió del sótano con la hoja de Inés doblada en el bolsillo y, antes de cruzar la puerta, decidió en qué versión de la mañana iba a hablar.

La pizarra magnética estaba llena. Portales había dejado de ser de ellos en el momento en que la televisión dio el nombre de Riera, y un caso que sale en la televisión se llena de manos.

Había fotos nuevas, flechas nuevas, nombres que el día anterior no estaban.

Gálvez, de pie delante de la pizarra con un rotulador en la mano, parecía el dueño de todo aquello.

En tres días, Portales había pasado de ser una carpeta a ser un ruido nacional.

Había una furgoneta de televisión aparcada abajo desde el amanecer.

El jefe había bajado dos veces a preguntar por los tiempos, que era su manera de decir que arriba estaban nerviosos.

Y en la sala, donde antes se trabajaba con la puerta cerrada, ahora entraba gente de otros grupos a mirar la pizarra como quien mira un escaparate.

Cuantas más manos, menos sitio para esconder un hilo.

Por eso Nora había decidido subir con la versión más pequeña posible de su mañana.

—Vidal. —Gálvez no se giró del todo—. Llevas desde ayer por libre. ¿Dónde has estado?

—En Segovia. Mi madre.

—¿Tu madre está en la pizarra?

—Mi madre está en un hospital con la tensión alta. Le dan el alta esta tarde.

Gálvez tapó el rotulador, lo dejó en la bandeja y se volvió.

—Lo siento por tu madre. Pero también bajaste a documentación y le pediste a Inés un cruce que no consta en ningún oficio del caso. Eso ya no es tu madre.

Robles, sentado a su mesa, levantó la cabeza de un expediente.

—Consta una petición verbal a documentación, sin referencia —leyó, con esa voz suya de decir en alto lo que los demás preferían dejar bajo—. Inés la apuntó en su libreta. No en el sistema.

—Gracias, Robles —dijo Nora, sin que sonara a gracias.

El aire acondicionado siguió con su ruido. En el pasillo, alguien se rio de algo y la risa se apagó al entrar en la sala, como se apagaban todas allí.

—Os escucho —dijo Nora—. ¿Qué tenemos de Riera esta mañana?

Robles carraspeó y leyó del expediente, en alto, lo que nadie de la sala había querido leer en voz alta todavía.

—Del registro de la consulta de Riera —dijo—.

Agendas de menores derivados por tres centros distintos a lo largo de quince años.

Iniciales, no nombres. Y una columna de la que aún no sabemos qué es, encabezada con una sola palabra: «cerrados».

—Dejó el papel—. Hay ciento y pico líneas en esa columna.

No sabemos si «cerrados» quiere decir expedientes archivados o quiere decir otra cosa.

La palabra se quedó en el aire, encima de la pizarra, peor que el zumbido. Nadie preguntó qué otra cosa. En aquella sala se sabía cuándo una palabra era mejor no terminarla.

Gálvez no soltó el hilo.

—Tenemos que el juez nos ha abierto la mano con Riera y que a mediodía hay que mandar arriba qué líneas seguimos.

Y para mandar líneas arriba necesito saber de dónde sale cada una.

Tú estás siguiendo una. Lo sé porque te conozco la cara cuando sigues una.

Así que dímelo limpio: ¿qué tienes y de dónde?

Era la pregunta correcta. La que ella misma habría hecho. Y era la que no podía contestar.

Porque la línea que seguía salía de un sobre que su padre le había dejado a Sergio en 2015, y dentro del sobre había una frase que decía que no movieran nada desde allí, desde aquella sala, porque había un oído.

Si lo decía en alto, en aquella habitación, delante de la pizarra y de las manos nuevas, lo estaría diciendo justo donde su padre le había avisado que no lo dijera.

—Tengo un nombre antiguo que igual cruza con la geografía de Riera —dijo—. De los noventa. Todavía no sé si es nada. Cuando sea algo, lo subo.

—«Cuando sea algo.» —Gálvez repitió las palabras como quien las pesa en la mano—.

Vidal, esto ya no es un caso de cajón. Esto sale en los telediarios.

Si tú tiras de un hilo por tu cuenta y resulta que era bueno, y no consta, y luego un abogado pregunta por qué la inspectora Vidal trabajó una línea sin oficio, ¿quién contesta?

Contesto yo. Y no me gusta contestar por agujeros que no he hecho.

—No te voy a meter en ningún agujero.

—Ya me estás metiendo. Comparte el origen.

—Si comparto el origen aquí —dijo Nora—, lo comparto con la sala. Y la sala, estos días, tiene visitas.

—La sala somos nosotros.

—La sala éramos nosotros el lunes. Hoy no sé quién pasa por detrás de tu pizarra mientras tú y yo discutimos.

Gálvez se la quedó mirando. Por un segundo pareció que iba a darle la razón, porque era verdad y él también lo había visto. Después decidió que dársela en eso era dársela en todo, y no quiso.

—No me escondas un caso detrás de un argumento bueno —dijo.

Lena Mora estaba apoyada en el quicio de la puerta del fondo, con una carpeta contra el pecho y la espalda contra la madera, en esa postura suya de quien trae una mala noticia y elige el momento de soltarla.

No había dicho nada. Miraba a Nora con la ironía clínica de costumbre, pero por debajo había otra cosa: había entendido, antes que Gálvez, que Nora no se callaba por soberbia.

—Gálvez —dijo Lena, sin moverse del quicio—. Déjala que cierre el cruce antes de pedirle el árbol genealógico. Si lo que tiene no es nada, te ahorras un oficio. Si es algo, ya te enterarás. Te enteras de todo.

—Me entero de todo menos de lo que pasa en mi propia sala.

—Gálvez no levantó la voz. La bajó, que en él era peor—.

Esto es lo que no me gusta. Que de repente, en este caso, haya cosas que se apuntan en libretas y no en sistemas.

Que haya peticiones verbales. Que una inspectora baje a documentación como quien va a comprar tabaco. ¿Desde cuándo trabajamos así, Vidal?

Nora no contestó «desde que mi padre me avisó». Contestó otra cosa.

—Desde que el caso es lo bastante grande como para que merezca la pena cuidarlo.

—O lo bastante grande como para que alguien se lo quiera quedar.

Lo dijo y se quedó mirándola. No era una acusación del todo. Era una advertencia de las dos cosas a la vez: cuídate de que no te lo quiten, cuídate de no quitárselo a los demás.

Sergio, que había entrado detrás de Nora y se había sentado sin abrir la boca, dejó una carpeta azul sobre su mesa, despacio, como quien pone un peso en una balanza.

—El origen lo tengo yo —dijo—. Es una herencia.

Documentación de un comisario fallecido que me dejó en custodia.

La estamos verificando antes de incorporarla, justo para que conste bien y no mal.

En cuanto esté verificada, entra por oficio, con fecha y con firma.

Si quieres, lo pongo por escrito ahora mismo: que la línea existe, que está en verificación y que la lleva Vidal.

Era verdad, y no decía nada. Sergio había aprendido del padre de Nora a contestar sin abrir la mano: dar un dato que tapa el dato. Gálvez lo miró, miró la carpeta azul, y algo en él se conformó a medias, porque un papel que dice «en verificación» es un papel del que ya no responde solo él.

—Ponlo por escrito —dijo—. Y, Vidal: la próxima vez que bajes a comprar tabaco, avisa.

Volvió a la pizarra y dejó el rotulador en el otro extremo de la bandeja, como si el sitio de antes hubiera quedado contaminado.

Nora se sentó. El aire acondicionado seguía.

Miró la pizarra llena de manos nuevas y entendió, con una claridad que no le gustó, lo que su padre le había dejado de herencia además del sobre: una manera de trabajar sola dentro de una sala llena de gente.

No era desconfianza de nadie en concreto.

Era peor. Era no poder fiarse de la sala entera porque en algún punto de ella, en una de aquellas mesas o en uno de aquellos teléfonos, había un oído que no sabía identificar.

Y mientras no lo identificara, todos eran la sala, y la sala no era segura.

Al fondo, Robles le pasó a Gálvez un café sin que se lo pidiera, y Gálvez le dijo algo que hizo reír al otro por lo bajo. Cosas de sala. Nora las miró desde su mesa como se mira un idioma que uno habló de niño y ha dejado de usar. Ella también había sido de aquella sala. Hasta ayer.

Lena se acercó a su mesa cuando Gálvez ya estaba a lo suyo. Dejó la carpeta que traía encima, abierta por una página cualquiera, para tener una excusa de estar allí.

—No te ha creído —dijo en voz baja.

—No necesito que me crea. Necesito que me deje.

—Eso te lo ha dado. —Lena pasó una hoja sin leerla—. ¿Tan dentro está como para esto?

Nora la miró. Era la segunda persona en dos días que le hacía esa pregunta con esas palabras. Inés en el sótano. Lena ahora. Las dos lo habían olido sin que ella dijera nada.

—Dime una cosa —contestó Nora, en vez de responder—. Si tuvieras algo que no pudieras enseñar todavía, y trabajaras en un sitio donde no sabes quién escucha, ¿dónde lo guardarías?

Lena cerró la carpeta y, en el mismo gesto, cerró un momento los ojos, como hacía Inés, como si fuera un tic de oficio del edificio entero.

—Fuera del edificio —dijo—. Y se lo enseñaría a una sola persona.

—¿A quién?

—A la que no tiene mesa en esta sala.

Cogió su carpeta y se fue hacia el Anatómico, que no estaba en aquella planta, que no estaba en aquella pizarra, que no tenía teléfono en ninguna de aquellas mesas.