CAPÍTULO 4
C. A.
Nora no le enseñó a Inés la cuartilla.
Le enseñó dos iniciales escritas por ella misma en un pósit, sin nada más, y lo dejó en la mesa de documentación como quien deja una propina pequeña.
La documentación de Canillas ocupaba un sótano con tubos de luz que zumbaban y armarios compactos que se abrían girando una manivela, esos que se deslizan sobre raíles y cierran el pasillo de al lado cuando abres el tuyo.
Olía a papel viejo y a tóner. A Nora le venía bien que estuviera lejos de la Pecera.
Si su padre tenía razón con lo del oído, allí abajo había menos orejas y más expedientes.
Inés Fuentes llevaba veinte años bajando a aquel sótano. Trabajaba con fuentes y con fechas, y desconfiaba de todo lo que llegara sin una de las dos cosas. Un par de iniciales sin procedencia eran, para ella, casi una falta de respeto.
—C, punto, A, punto —leyó, sin tocar el pósit—. ¿Esto qué es?
—Una firma. De alguien relacionado con la geografía del caso. Vallecas, puede que de los noventa.
—«Puede que de los noventa» —repitió Inés—. ¿De dónde sale?
—De una fuente que de momento no puedo nombrar.
Inés la miró por encima de las gafas.
—Nora, yo encuentro lo que me pidas. Pero encuentro mejor si sé qué busco. Dos letras sin contexto es como mandarme a pescar sin decirme si es un río o el mar.
—Es un río. Pequeño. Y con un muerto dentro. Empieza por ahí.
Inés se quedó un momento mirándola. Después cogió el pósit, lo pegó en el borde de su pantalla y empezó a teclear. No volvió a preguntar. Esa era otra de sus virtudes: sabía cuándo una pregunta más no iba a tener respuesta.
—Si firmó con iniciales, fue en un impreso —dijo, más para sí misma que para Nora—.
La gente no firma cartas con iniciales; firma formularios.
En un formulario te dejan abreviar. Servicios Sociales, padrones, expedientes de protección, ayudas.
De los noventa hay poco escaneado, así que voy a tirar de lo que se digitalizó después y de los índices en papel.
Dame un rato. Y no me mires, que me pones nerviosa.
Se levantó y fue hasta los armarios compactos.
Giró una manivela y la fila de estanterías se abrió con un chirrido de metal cansado.
Sacó dos tomos de índices encuadernados en tela, de los que huelen a humedad y a sello de caucho, y volvió con ellos a la mesa.
Trabajaba así: primero el papel, después la pantalla.
Decía que las máquinas solo encuentran lo que alguien ha tenido a bien escanear, y que en este país lo de los noventa, salvo lo penal, no lo había escaneado nadie con cariño.
Nora subió a por dos cafés a la máquina del primer pasillo.
Mientras caía el segundo vaso, pensó en la palabra que había elegido su padre.
«Firmó.» No «vivió», no «se llamaba». Firmó.
Un acto con fecha. Su padre buscaba un papel, no una persona; y eso quería decir que la persona, fuera quien fuera, le importaba menos que lo que había puesto su nombre debajo.
Cuando bajó, Inés tenía tres ventanas abiertas, una libreta con apuntes a lápiz y la barbilla apoyada en la mano.
—He descartado dos —dijo sin levantar la cabeza—.
Una Carmen Aguirre que pedía plaza de guardería para un nieto, viva y al corriente, y una Concepción Antón que traspasó una pensión en el noventa y seis.
Ninguna pega con eso de «un río con un muerto dentro».
La tercera, sí. Y es la que no me gusta.
Cuando algo encaja a la primera, desconfío, y esto ha encajado a la primera.
—Cuenta.
—Servicios Sociales, distrito Puente de Vallecas. Año 2001. Una solicitud de ayuda. La firma una mujer. En la casilla de iniciales del impreso antiguo: C. A. —giró la pantalla un poco—. Y más abajo, escrito a mano, el nombre completo: Carmen Alcántara Ruiz.
—Carmen Alcántara —dijo Nora—. Alcántara.
El apellido se le quedó pegado, aunque todavía no supiera por qué. Lo archivó para después, en el sitio donde guardaba las cosas que aún no sabía dónde colocar.
—Motivo de la solicitud —siguió Inés, leyendo—: «Sin aportación económica estable». Y en observaciones del trabajador social, a mano, una frase que no debería andar tan suelta en un papel: «Contacto irregular con menor».
—«Contacto irregular con menor» —repitió Nora.
Nora no dijo lo que las dos estaban pensando: que «contacto irregular con menor», en un expediente de Vallecas de aquellos años, casi nunca quería decir lo que las palabras decían, y que detrás de una frase administrativa tan limpia solía haber algo que no cabía en una casilla.
Lo apuntó como lo que era de momento: una pieza, no una herida. Las heridas, para después.
—En 2001. —Inés cerró esa ventana y abrió otra—. Y ahora la parte que no me gusta. He cruzado el nombre con el registro civil, por rutina, para sacarle la fecha de nacimiento. Y me sale algo más que una fecha de nacimiento.
—¿Qué te sale?
—Defunción. —Se quedó mirando la pantalla—. Carmen Alcántara Ruiz consta fallecida en 1998.
Nora dejó el café sin probar.
—Repíteme las fechas.
—Fallecida en 1998. Y firmando una solicitud de ayuda en 2001. —Inés se apartó de la pantalla y miró a Nora—. Tres años después de morir entró en una oficina, rellenó un impreso y firmó con su nombre.
—¿No será un error de transcripción? Otra Carmen.
—Mismo nombre, mismos dos apellidos, misma fecha de nacimiento en los dos sitios. No es otra.
Inés lo comprobó otra vez delante de ella, despacio, pinchando de una pantalla a otra, como si esperara que en la repetición se deshiciera el error.
No se deshizo. La fecha de defunción seguía siendo de 1998.
La firma seguía siendo de tres años más tarde.
En medio, una mujer que para el Estado había dejado de existir y para una ventanilla de Vallecas seguía haciendo cola.
—Es la misma mujer en dos estados a la vez —dijo Inés—. Muerta en el registro, viva en la ventanilla.
Nora se apoyó en el borde de la mesa.
—Una persona no firma después de muerta.
—Una persona, no. —Inés cerró un momento los ojos—. Pero un nombre, sí. Si alguien decide que esa mujer está muerta para unas cosas y viva para otras. Muerta para que nadie la busque. Viva para que pueda firmar lo que haga falta que firme.
—¿Quién puede decidir eso?
—Quien tenga la mano en los dos sitios. En el registro, para enterrarla en un papel; y en la ventanilla, para resucitarla en otro.
No es uno que entra a robar un impreso una noche.
Esto lleva años. Hace falta saber cómo se inscribe una defunción y cómo se evita que salte una alarma cuando esa misma persona pide una ayuda tres años después.
Hace falta que a nadie le extrañe. Una muerta que cobra, que firma, que figura donde conviene y se borra donde no.
Eso no lo monta un delincuente con prisa.
Lo monta gente con paciencia y con alguien colocado donde se sellan los papeles.
—Volvió a ponerse las gafas—. Me cae fatal tener razón tan pronto, Nora, pero esto no es un papel mal archivado.
Es una mujer a la que dieron por muerta en 1998 y a la que dejaron firmando hasta 2001 por lo menos.
Y la última vez que la usaron fue para algo que tenía que ver con un menor.
—¿Cuánta gente hace falta para montar una cosa así? —preguntó Nora.
—Menos de la que crees. Uno bien colocado vale por veinte. El problema no es el número, es la posición. —Inés dio unos golpecitos con el lápiz en el canto de la mesa—. Y, por cómo me pides esto, tú ya sospechas dónde está colocado.
Ni se lo confirmó ni se lo negó.
Nora miró el pósit pegado en el borde de la pantalla.
C. A. Dos iniciales que su padre había escrito en una cuartilla en enero de 2015 y se había guardado doce años.
No se había equivocado de mujer. Sabía que existía un papel firmado por una muerta, y sabía que ese papel, tirado del hilo, llevaba a alguien que tenía la mano en el registro y en la ventanilla al mismo tiempo. Alguien con acceso. Alguien dentro.
«Hay un oído», había dicho. Nora empezaba a entender que el oído y la mano podían ser la misma cosa.
Su padre lo sabía en 2015. Lo había escrito con la misma letra tranquila de las listas de la compra y se lo había guardado, porque sabía que, si lo decía en voz alta dentro de Canillas, alguien lo oiría.
Doce años muerto, y seguía teniendo razón.
A Nora eso no la consoló. La asustó un poco, que no era lo mismo.
—Inés. —Bajó la voz, aunque allí abajo no había nadie—. Esto no sube a la Pecera. No lo metes en el sistema. No se lo cuentas a nadie del equipo hasta que yo te lo diga. Esa solicitud de 2001 existe para ti y para mí, y para nadie más de momento.
Inés la miró. No preguntó por qué. Pero entendió el tamaño de lo que le estaba pidiendo.
—¿Tan dentro está?
—No lo sé todavía. Por eso.
Inés asintió. Imprimió una sola copia de la solicitud, en papel, cerró la sesión y comprobó que no quedara la búsqueda en el historial. Le dio la hoja a Nora doblada en dos.
—Toma. Y un consejo, ya que estamos a oscuras: la mujer que muere en 1998 y firma en 2001 no es la que te interesa. La que te interesa es la que la mató en el registro y la mantuvo viva en los impresos. Esa todavía tiene la mano metida en algún cajón.
Nora cogió la hoja. La dobló otra vez, hasta dejarla del tamaño de la cuartilla de su padre, y se la guardó junto a ella, dos papeles separados por doce años que hablaban de la misma mujer.
Carmen Alcántara Ruiz. La que firmó C. A.
llevaba muerta desde 1998 y había vuelto a poner su nombre en un papel tres años después de morir, para pedir una ayuda que hablaba de un menor.
Alguien la había enterrado en un registro y la había dejado viva en una ventanilla.
Y ese alguien, doce años más tarde, seguía con la mano lo bastante dentro como para que un padre muerto avisara, desde un sobre cerrado, de que en Canillas había un oído.