CAPÍTULO 1
Empieza por el principio
Sergio no soltó la carpeta azul. La dejó sobre las rodillas, las dos manos encima, como si el cartón fuera a marcharse solo.
El Bar de Paco se había llenado a medias mientras hablaban.
Dos albañiles desayunaban de pie en la otra punta de la barra, un taxista leía el periódico deportivo y Paco iba y venía sin acercarse a ellos, con esa puntería suya para saber qué conversación no se interrumpe.
En la televisión, sin sonido, habían quitado la imagen de Monte Igueldo y habían puesto la foto vieja de un hombre de pelo blanco y gafas finas, con el mismo rótulo en mayúsculas de la noche anterior, sobre un caso que ya tenía nombre público.
Nora había dormido una hora y catorce minutos.
No los suficientes para que aquella cara le pareciera lejana.
Llevaba encima, doblada y sin abrir del todo desde la noche anterior, la carta de su madre.
Dos cartas la perseguían ya esa mañana, una de su padre y otra de su madre, y aún no había terminado de leer ninguna de las dos.
—¿Para qué?
—No me lo dijo. Me dio un sitio y una hora.
Nora no apartó los ojos del sobre. Seguía en la barra, con su nombre delante y la fecha en la esquina inferior. No lo tocó. Sabía lo que pasaba cuando se tocaba una cosa antes de tiempo.
—¿Dónde fue la cita?
—Una gasolinera de la carretera de Toledo. De las de antes, con cafetería de azulejo y surtidores viejos. A esa hora no había nadie. Él ya estaba cuando llegué.
Sergio hablaba mirando la carpeta, no a ella.
Era enero, dijo, y hacía un frío que pelaba.
La cafetería echaba una luz amarilla sobre el asfalto mojado y, fuera, los surtidores zumbaban con ese ruido de motor parado que tienen las gasolineras de noche.
Manuel estaba apoyado en su coche, con el abrigo cerrado, esperando.
En los atestados era Alfonso Vidal. En casa, Manuel.
Nora nunca había sabido cuál de los dos nombres pesaba más.
Sergio tenía entonces veintiocho años y llevaba poco en Homicidios.
Para él, Vidal no era un padre. Era un comisario al que se obedecía.
Aquella noche, sin embargo, no parecía un comisario.
Parecía un hombre que había echado una cuenta y le había salido un número que no le gustaba.
Tenía la cara de los que llevan tiempo sin dormir y han dejado de pelearse con eso.
—Tenía el coche aparcado de cara a la salida —siguió—. El motor apagado. El depósito lleno. Me fijé en eso porque era raro. Un hombre que va a estar diez minutos no llena el depósito. Un hombre que llena el depósito es porque después va a algún sitio, o quiere que parezca que va.
—¿Y fue a algún sitio?
—Aquella noche, no. Volvió a casa. Lo del depósito no lo entendí hasta mucho después.
Nora esperó. Era la forma de Sergio: contaba las cosas como las había visto, en el orden en que las había visto, sin ponerles nada encima. Por eso le había costado doce años. Lo que tenía que decir no cabía en un atestado.
—Me hizo sentarme en su coche —dijo él—.
Bajó la calefacción para oírnos mejor. Yo pensé que la subiría, con el frío que hacía, y la bajó.
Para que no zumbara. Tu padre quitaba ruido de las habitaciones antes de hablar.
Llevaba el sobre en el bolsillo del abrigo y no lo sacó enseguida. Primero habló.
—¿Qué te dijo?
Sergio bebió un sorbo del café que no quería.
—Me dijo: «Si te lo doy a ti es porque a ella todavía no puedo dárselo. Y porque a ti nadie te mira».
—¿Eso dijo?
—Palabra por palabra. Lo he repetido por dentro tantas veces que ya no sé si es su voz o la mía.
Nora movió la taza un centímetro, sin levantarla.
El café se había quedado a media altura y ya no humeaba.
Su padre llevaba doce años muerto y acababa de aparecérsele en un bar a las ocho de la mañana, en la voz de otro hombre, con una frase que ella reconocía sin haberla oído nunca.
«Porque a ti nadie te mira.» Era justo la clase de cosa que decía Manuel.
Una verdad operativa disfrazada de cumplido.
—Sigue.
—Después sacó dos cosas. El sobre, este, cerrado. Y una cuartilla aparte, escrita por él, que no metió dentro; la llevaba en el otro bolsillo. En la cuartilla había una palabra, escrita y tachada tres veces.
—¿Qué palabra?
—«Visto». Con uve. La había puesto tres veces y la había tachado tres veces, una debajo de otra. Como quien ensaya una firma que no es suya hasta que le sale parecida.
Nora conocía esa palabra. La había visto la víspera, en otra mano: la de un hombre que esa misma noche pedía papel en una sala de Canillas, y a quien se lo negaban.
Su padre llevaba doce años muerto y había estado ensayando, en una gasolinera, la letra de alguien que ahora dormía en dependencias.
La idea le dejó un sabor metálico que el café no quitó.
—¿Te explicó qué era?
—Me dijo que cuando viera esa marca en un papel, supiera que el papel había pasado por unas manos concretas. Que no eran las del que mandaba. Eran las del que ordenaba lo que el que mandaba ensuciaba. No me dio un nombre. Me dio una palabra y una letra.
—«El que ordena» —repitió Nora.
—Tu padre elegía las palabras como quien elige una herramienta del cajón. Si dijo «ordena», quería decir «ordena». No «manda». Yo entonces no sabía la diferencia. Ahora creo que sí.
—¿Te dijo algo de mí?
Sergio tardó en contestar, como si esa parte la hubiera guardado aparte.
—Una cosa. Me dijo: «Mi hija mira dos veces. Por eso a ella se lo puedo dejar y a otros no». Lo dijo sin orgullo. Como quien describe una herramienta que conoce bien.
Nora no dijo nada. Por dentro, algo se le ordenó y algo se le descolocó al mismo tiempo.
Fuera, la comisaría se había terminado de encender por plantas. La ciudad entraba en su horario. Un autobús frenó frente al paso de peatones y bajaron tres personas con sueño en la cara. Una de ellas cerró la mochila de un niño que no quería que se la cerraran.
—Luego me dijo tres frases —dijo Sergio—.
Tres. Me pidió que las recordara en ese orden y que no las escribiera en ningún sitio.
Yo le dije que las apuntaba para no olvidarlas, y me cogió del brazo.
«Lo que se apunta, se encuentra», me dijo.
Así que me las aprendí como un crío se aprende las tablas.
Cerró los dedos sobre la carpeta.
—La primera: «Cuando llegue sola al apellido, dáselo todo».
—«Llegue sola al apellido» —dijo Nora.
—Eso. No «cuando lo sepa». «Cuando llegue sola». Y «al apellido», no «al nombre».
—¿Y tú cómo sabías que había llegado?
—Porque anoche detuvimos a un hombre por un apellido, y tú estabas sola en la Pecera mirando una pared. Lo demás lo decidí yo.
Nora encajó eso sin contestar. Era verdad. Llevaba sola delante de esa pared desde mucho antes de anoche.
—Sigue.
—La segunda: «No lo mováis desde Canillas. Hay un oído».
Nora dejó la taza en el platillo. El sonido fue pequeño.
—¿«Un oído»?
—Eso dijo. No «un topo». No «una filtración». «Un oído». Yo le pregunté lo mismo que me estás preguntando tú con la cara. Y no me lo aclaró. Solo lo repitió, despacio, para que se me quedara: «Hay. Un. Oído».
—¿Y la tercera?
Sergio abrió la boca.
El teléfono de Nora vibró en la barra y giró un par de grados con el zumbido. En la pantalla, un número fijo. Prefijo nueve dos uno.
Segovia.
Las ocho y un minuto.
Lo cogió antes del segundo tono.
—Vidal.
Era Berta. Berta no llamaba por gusto. Llamaba cuando había pan que sacar del horno o cuando pasaba algo.
—Estoy en la casa —dijo Berta—. He venido a por ropa de tu madre, para esta tarde. La vecina de enfrente me ha parado en el portal. Dice que anoche entró un hombre.
Nora se quedó quieta.
—¿Cómo que entró?
—Con chaleco y una carpeta. «De los del centro», dijo él. Estuvo dentro un rato. Fue pasando por las habitaciones, una a una. Encendía la luz, miraba, la apagaba. No se llevó nada. La vecina lo vio desde su ventana porque el hombre no echó las cortinas.
—¿A qué hora?
—Sobre las nueve, dice. Tu madre ya estaba en el hospital, Nora. En la casa no había nadie.
—Berta. No toques nada. Sal y espérame fuera, con la vecina. Vamos para allá.
Colgó.
Sergio ya estaba de pie, con la chaqueta en la mano. No preguntó. Esperó a que ella lo dijera, que era su forma de preguntar.
—Anoche entró un hombre en casa de mi madre —dijo Nora—. Chaleco y carpeta. Pasó por todas las habitaciones. No se llevó nada.
Sergio asimiló las palabras de una en una.
—«No se llevó nada» —repitió.
—Eso ha dicho Berta.
—Vidal, el que entra y no se lleva nada es peor que el que roba. El que roba quiere algo. El que mira quiere saber dónde está todo para cuando vuelva.
—Lo sé.
Nora miró el sobre en la barra. La tercera frase de su padre se había quedado del otro lado del teléfono, sin decir.
Y ahora había una casa a ciento y pico kilómetros que alguien había recorrido a oscuras, habitación por habitación, sin tocar una sola cosa.
La misma semana en que se detenía a Valls Riera.
El mismo gesto del trastero, del candado, de la marca tachada tres veces: alguien que pasaba por los sitios sin llevarse nada y los dejaba más limpios de lo que estaban.
Miró a Sergio de reojo. Doce años con un sobre encima, esperando a que ella «llegara sola al apellido».
Doce años decidiendo por su cuenta cuándo estaba ella preparada para algo que era suyo.
Por eso tendría que enfadarse. Lo apartó para cuando hubiera tiempo de enfadarse, que no era esa mañana.
Las cosas, también el enfado, a su hora.
A las ocho y cuatro guardó el sobre sin abrir en una bolsa de pruebas, la cerró y escribió encima su nombre y la hora. Dejó tres monedas junto a las dos tazas, aunque Paco no se las iba a cobrar, y salió a la calle detrás de Sergio, con el favor de su padre todavía a la mitad.