La hora detenida (Nora Vidal 4) PRÓLOGO
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La hora detenida (Nora Vidal 4)

La hora detenida (Nora Vidal 4)

Por Helena Montero

© inepub.com

PRÓLOGO

El trastero

El hombre llegó a las once y diez, cuando la nave de Usera ya solo respiraba por el fluorescente del pasillo C, que se encendía y se apagaba sin decidirse.

Traía una linterna pequeña y guantes finos. Debajo de los guantes tenía las manos cuidadas y las uñas limpias. No tocó el interruptor general. Dos pasillos más allá sonaba la radio de un vigilante, una emisora de canciones viejas a volumen bajo, y contó con eso: nadie que tararea está mirando.

El trastero cerraba con un candado de combinación. Lo abrió a la primera. Cuatro cifras que no eran las del contrato, porque el contrato lo había firmado otro nombre y otra letra.

Dentro, el orden lo había puesto alguien que pensaba volver.

Se acercó a las baldas y leyó a la luz de la linterna, con unas gafas sin montura que solo se ponía para lo pequeño.

Cajas de zapatos con un año escrito a rotulador en el lateral: 2009, 2010, 2011.

Una balda de pino con dieciséis cintas de casete numeradas a mano del uno al dieciséis, sin un solo título.

Ropa de hombre dentro de una bolsa, doblada, no tirada.

Y al fondo, contra la pared, cuatro cajas cerradas con cinta de embalar.

Olía a cartón húmedo y a su jabón. Lavaba la ropa a mano. Le gustaba que las cosas olieran a lo que él decidía.

Empezó por las cintas. Las pasó a una bolsa de tela, las dieciséis, sin escuchar ninguna. Escuchar era una manera de quedarse, y él no se quedaba en los sitios.

Vació las cajas de zapatos en bolsas de basura nuevas. Allí no quemaría nada. Quemar hacía ruido y dejaba olor; lo de quemar venía después, en otro sitio y con otra hora.

La primera caja de cartón guardaba carpetas con goma. A la bolsa.

La segunda era de madera, del tamaño de un estuche grande. La abrió un dedo. Olía a lápiz. A madera y a mina, como un pupitre viejo. No miró dentro. La cerró y se la quedó entera.

La tercera, papeles sueltos, más recibos. A la bolsa.

La cuarta no la abrió.

Igual que las otras, la misma cinta, un peso parecido.

Pero esa no. La levantó con las dos manos, la sostuvo contra el pecho un momento, como quien calcula si algo le cabrá en el maletero, y la apartó pegada a la puerta.

Esa iba al coche sin abrir. Hay cosas que conviene no saber hasta que toca saberlas, y de eso él entendía mejor que nadie.

Cuando terminó, el trastero estaba vacío y barrido. Pasó la palma por la balda y alineó los dos tornillos sueltos que habían quedado en el canto, los dejó a ras, en fila, aunque ya no sujetaban nada. Era un gesto suyo. Las cosas, antes de irse, en su sitio.

No limpiaba por miedo. Limpiaba por costumbre.

Volvió a colocar el candado. Giró las cifras hasta dejarlas como en el contrato, no como las había usado él, sino como las dejaría alguien que no supiera nada.

Que el próximo en llegar, con una orden y una linterna, encontrara un trastero pagado al día y sin nada dentro, y no entendiera por qué le habían hecho conducir hasta Usera de noche.

Limpiar y borrar no son lo mismo. Limpiar es quitar la suciedad. Borrar es quitar la pregunta.

Dos pasillos más allá, la radio del vigilante cambió de canción sin que cambiara nada más.

Cargó las bolsas y la caja sin abrir en el maletero, en el descampado de tierra de detrás de la nave. Comprobó que la cuarta caja no bailara con el primer frenazo y le puso encima una manta. Bajó el portón del maletero con las dos manos para que no sonara.

Salió sin luces hasta la calle. En el retrovisor, la nave era una fila de persianas idénticas, y ninguna sabría decir cuál acababa de quedarse hueca.

En el pasillo C, cuando él ya no estaba, el fluorescente siguió parpadeando un rato sobre el suelo sin nada. Donde había estado la caja de madera quedó el olor a lápiz, ese olor de aula que tarda en irse.