La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Comprobación de bienestar

Subieron a Segovia por la autovía y luego por el puerto, con el sol todavía bajo y la sierra parda en las cumbres.

Conducía Sergio. No hablaron del sobre. Iba en el bolso de Nora, dentro de la bolsa de pruebas, con la tercera frase de su padre sin decir, y los dos habían decidido sin decírselo que esa conversación esperaría a que vieran a Lola con sus propios ojos.

Nora miró el paisaje sin verlo. Le daba vueltas a una cosa que había dicho Berta y que no encajaba: «No se llevó nada».

La frialdad de eso. Un ladrón cualquiera habría vaciado el cajón de los papeles, habría buscado dinero, el bolso, las joyas de boda que Lola guardaba sin ponerse.

Este había encendido luces y las había apagado.

Había hecho una visita. Y las visitas, por experiencia, alguien las devuelve.

—Cuando lleguemos, hablo yo con mi madre —dijo—. Tú, con Berta y la vecina.

—¿Le vas a contar lo de la casa?

—Todavía no. Le dan el alta esta tarde. Si se lo cuento ahora, la tensión que le ha bajado se le vuelve a subir, y nos quedamos sin alta y con mi madre en una cama de hospital, que es justo donde no la quiero.

Sergio no discutió. Conocía esa manera de Nora de mover a la gente como fichas para protegerla.

El hospital olía a desayuno tarde y a desinfectante. Lola estaba sentada en la cama, con la rebeca puesta encima del camisón y el pelo recogido como si esperara visita. En la mesilla, un vaso de agua, las gafas y un sobre de azúcar sin abrir que se había guardado del café.

—Has venido —dijo Lola—. Te dije que no hacía falta.

—He venido a ver si estabas bien.

—Estoy bien. La tensión ha bajado. Me dan el alta esta tarde si sigue así.

Nora le miró las manos. Las tenía quietas sobre el embozo, abiertas. Cuando Lola tenía miedo no le temblaban las manos: las cerraba. Las tenía abiertas. Eso quería decir que aún no sabía nada de la casa, y Nora se propuso que siguiera sin saberlo unas horas más.

—¿Has comido? —preguntó Lola.

Era la segunda vez en doce horas que su madre le preguntaba eso. La nota de Berta lo decía igual, pegada al frigorífico de Madrid. Lola no preguntaba por comida cuando estaba asustada. Preguntaba por llaves. Que ahora preguntara por comida era, a su manera, una buena señal.

—He picado algo —mintió Nora—. ¿Te quedas tranquila si paso por casa a por tu ropa para esta tarde?

—Que vaya Berta.

—Voy con Berta.

Lola la miró un segundo de más. Tenía esa forma de mirar de las madres que han aprendido a leer a una hija que miente bien. Después miró a Sergio, que se había quedado en el quicio de la puerta con la chaqueta en el brazo.

—Aranda.

—Lola.

—Cuídamela, que esta no come.

Sergio no prometió nada. Inclinó la cabeza, que con Lola siempre había sido suficiente.

En el pasillo, Nora se paró un momento delante de la máquina de café sin echar la moneda.

Pensó en su padre. «Cuando llegue sola al apellido.

» Llevaba años llegando sola a todas partes.

Lo que no había previsto era llegar sola, además, a su propia madre: protegerla a base de no contarle las cosas, que era otra forma de dejarla fuera.

La casa estaba a diez minutos, en una calle de las afueras donde los chalés bajos tenían el jardín delante y los rosales en flor.

Los de Manuel seguían contra la tapia, con los tutores nuevos que Berta les había puesto en primavera.

Nadie los había tocado. A Manuel le habían sobrevivido los rosales y le había sobrevivido la costumbre de la casa de oler a pan los días que venía Berta.

Berta esperaba en el portal con una mujer pequeña, de unos setenta años, abrigada con una rebeca encima de la bata. La vecina de enfrente. Apretaba las llaves de su propio portal en la mano como si pudieran calentarla.

—Esta es Encarna —dijo Berta—. Lo vio ella. A mí me lo ha contado abajo y se lo cuento yo, porque a ella le da no sé qué hablar con la policía.

—No me da —dijo Encarna—. Es que no quiero líos.

—No hay líos —dijo Nora—. Solo quiero saber qué vio. Despacio, con calma.

Encarna miró la casa de Lola, al otro lado de la calle, como si el hombre pudiera seguir dentro.

—Anoche, sobre las nueve, estaba recogiendo la cocina y oí un coche. Aparcó delante de casa de la Lola. Bajó un hombre con un chaleco de esos de colores, como los de las obras, y una carpeta. Llamó al timbre. Como no salió nadie, sacó una llave y entró.

—¿Tenía llave?

—Eso me extrañó. Pero entró como quien tiene confianza, sin mirar a los lados.

Y dentro fue encendiendo las luces, una habitación detrás de otra.

La cocina, el salón, los cuartos de arriba.

Yo lo veía desde mi ventana porque no echó las cortinas.

Encendía, se quedaba un rato, apagaba. Como quien hace inventario.

—¿Cuánto estuvo?

—Un cuarto de hora largo. Veinte minutos.

—¿Se llevó algo?

—No salió con nada en las manos. Igual que entró, con la carpeta y nada más. Cerró con la llave, se montó en el coche y se fue. Yo pensé que sería del centro ese de día, que vendría a mirar algún aparato. Por eso no llamé a nadie. Esta mañana, cuando ha venido Berta, se lo he dicho por decir.

—¿Recuerda algo del coche?

—Gris. De los normales. La matrícula, no. Empezaba por mil y algo, creo.

—¿Y de él?

Encarna se lo pensó.

—Ni alto ni bajo. Delgado. Llevaba gafas. Una de esas caras que ves y a los cinco minutos ya no sabrías repetir. Educado, eso sí. Cuando salió, recogió un papel que se le había caído en la entrada y lo guardó. No dejó nada tirado.

Nora apuntó lo poco que había: la hora, el chaleco, la carpeta, el coche gris, la llave. Le pidió a Encarna que no lo comentara con las otras vecinas hasta que ella se lo dijera. Encarna asintió, aliviada de poder subirse a su casa.

Dentro, la casa de Lola estaba como Lola la había dejado. El cuenco de cerámica de la entrada con las llaves de repuesto. El pan de Berta, de dos días, todavía en la rejilla. Las persianas a media altura, contra un sol que aún no daba en esa fachada.

Nora recorrió las habitaciones sin tocar nada, en el mismo orden que había descrito Encarna. Cocina. Salón. Escalera. Cuartos. No buscaba lo que faltaba. Buscaba lo que el hombre había mirado.

La cocina estaba impecable, los paños doblados, el calendario del banco abierto por el mes correcto.

En el salón, las fotos seguían en su sitio: Manuel de uniforme, las dos niñas pequeñas en una playa, la vajilla buena tras el cristal del aparador.

Arriba, las camas hechas, el armario cerrado, los zapatos de Lola en fila contra el rodapié.

Una casa de orden, visitada por alguien de orden.

No había rastro de desorden porque el hombre no había venido a desordenar.

Había venido a leer la casa como se lee un expediente, y a dejarla cerrada igual que estaba.

Y, sin embargo, la casa no tenía nada movido. Eso era lo que no encajaba.

—Sergio. Ven a ver esto.

En el dormitorio de Lola, el cajón de la cómoda estaba cerrado.

Pero la carpeta de hule donde su madre guardaba los papeles —escrituras, recibos, el carné de Manuel que no había tirado— asomaba un dedo por el borde del cajón, que volvía a estar casi cerrado.

Casi. Quien lo había abierto lo había empujado de vuelta, pero no del todo.

—Lo abrió —dijo Sergio.

—Lo abrió, lo miró y lo cerró mal. Lo demás está perfecto. Esto es lo único que tocó en toda la casa.

Se agachó para mirar la carpeta a ras, sin tocarla.

El hule estaba un poco levantado por una esquina, como si unos dedos lo hubieran abierto deprisa y lo hubieran soltado sin alisarlo.

Quien tanto cuidado había tenido con las luces no lo había tenido con aquel detalle.

O lo había dejado así a propósito, para que quien viniera después supiera que alguien había mirado.

Sergio miró la carpeta sin acercar la mano.

—¿Falta algo?

—Eso lo dirá mi madre. Pero apostaría a que no falta nada.

Creo que la abrió para mirar, no para llevarse.

Igual que ha hecho con la casa entera. —Nora cerró el cajón hasta el final con el dorso de un dedo, para que Lola no notara nada al volver—.

Vino a ver qué guardaba aquí mi madre. Dónde lo guardaba. Cuánto había.

—¿Para volver?

—O para saber qué pedir el día que venga a pedirlo.

Sergio sacó el móvil.

—Aviso a Canillas para que suba la Policía Científica a la casa.

—No.

Se quedó con el teléfono en la mano.

—Es una entrada en domicilio, Vidal. Toca.

—Toca, sí. Pero mi padre dijo que no movamos nada desde Canillas, y anoche entró un hombre en esta casa la misma semana en que él avisaba de que había un oído.

No pienso meter la dirección de mi madre en un sistema en el que no sé quién escucha.

Traemos a la Científica, pero por fuera del cauce, con gente que elijamos tú y yo.

Hoy esta casa no existe en ningún ordenador de Canillas.

Sergio guardó el teléfono. No le gustó. Pero conocía la diferencia entre una norma y una trampa, y aquella mañana las dos cosas se parecían demasiado.

Bajaron al salón. Berta había puesto agua a calentar sin que nadie se lo pidiera; era su manera de no quedarse quieta delante de un susto.

Nora miró la calle por el cristal. La ventana de Encarna era la única desde la que se veía la entrada de la casa.

El hombre no lo había tenido en cuenta. O sí, y le había dado igual que lo vieran, porque sabía que una vecina de setenta años con bata pensaría «será del centro» y no llamaría a nadie.

Había contado con eso, igual que en la nave alguien había contado con que un vigilante que tararea no mira.

Su padre había dicho «hay un oído». Llevaba doce años muerto, y la misma semana en que detenían a Valls Riera, un hombre con chaleco y carpeta entraba en casa de su viuda y se aprendía las habitaciones de memoria sin tocar una sola cosa.

El que vino a comprobar el bienestar de Lola no había venido a ver si Lola estaba bien.

Había venido a aprenderse dónde estaría Lola cuando volviera a casa.