Capítulo 40. El dueño
Íñigo pidió declarar cuando el juzgado autorizó el registro de la administración del hotel. Esta vez no criticó la jarra ni trajo al abogado de la empresa. Lo acompañó un penalista.
Admitió que conocía la hora gratuita.
—La llamaban ajuste de cierre —dijo—. Era práctica de la contrata.
—La exigió usted mediante penalizaciones —respondió Mara.
Íñigo aceptó haber ordenado que se ocultaran los partes reales después de la muerte. Temía una inspección, la pérdida de la certificación de sostenibilidad y una huelga durante la temporada alta. También llamó a Laura antes de entregar las grabaciones.
—¿Le pidió que editara el vídeo?
—Le pedí que protegiera el hotel.
—¿De qué parte de la verdad?
El abogado protestó. Íñigo se frotó los párpados.
Negó conocer las identidades fantasma y negó haber bajado a lavandería. Su teléfono, las cámaras del vestíbulo y cuatro testigos lo situaban en el salón durante el intervalo del homicidio.
—No maté a Noelia —dijo—. Mi error fue confiar en Laura.
Mara cerró la carpeta.
—Su responsabilidad no depende de que sostuviera la barra.
Íñigo había creado la presión, se había beneficiado del trabajo y había encubierto la explotación. Eso no lo convertía en asesino. Separar los delitos no lo favorecía; impedía que uno sirviera para esconder los demás.