Capítulo 28. La firma
El contrato entre Faro del Odiel y Brisa Sur ocupaba ciento doce páginas. La cláusula decisiva cabía en cuatro líneas.
Íñigo Montero había exigido que las zonas comunes quedaran listas antes de las seis sin ampliar plantilla ni alterar el precio anual. Cada incumplimiento descontaba una cantidad superior al salario de una limpiadora durante una semana.
Su firma aparecía al pie.
Mara lo recibió en una sala de reuniones del hotel. Íñigo llegó con su abogado y pidió que retiraran una jarra con huellas de cal antes de sentarse.
—Una cláusula de productividad no ordena trabajar gratis —dijo.
—¿Sabía que fichaban una hora antes de terminar?
—Sabía que la contrata organizaba mal los relevos.
Rubén colocó una circular interna junto al contrato. La había enviado Íñigo a Laura dos meses antes: No pagaré un minuto que el cliente no vea .
—¿Qué cliente? —preguntó Mara.
Íñigo miró la hoja.
—Es una manera de hablar.
—Para ellas se convirtió en una hora.
El abogado intervino. Íñigo no tenía responsabilidad sobre los fichajes de una empresa externa. Mara no discutió. Le preguntó por qué el hotel disponía de informes semanales con la hora real de salida si, como decía, ignoraba la prolongación.
Íñigo pidió terminar la entrevista.
Al levantarse, rozó con la manga la mesa y dejó la jarra donde estaba. Mara pensó que el desorden sólo le molestaba cuando podía atribuírselo a otra persona.