Capítulo 27. No eran muertes
La inspectora de Trabajo llegó con un portátil y una carpeta demasiado llena. Se llamaba Teresa Valle y reconoció el formato en cuanto vio las hojas.
—Esto sale del módulo de rotaciones —explicó—. La fecha indica cuándo una trabajadora real desaparece del sistema. A partir de entonces, Brisa Sur sigue facturando su puesto mediante una de las cinco identidades antiguas.
Abrió una copia de la base de datos remitida por Brisa Sur.
El hotel pagaba veintidós puestos cada noche.
Diecisiete personas hacían el trabajo. Los otros cinco se mantenían cubiertos con identidades de antiguas empleadas y se sustituían antes de que una auditoría pudiera detectar que llevaban meses sin acceder al edificio.
—¿Qué le habría ocurrido a Noelia mañana? —preguntó Rubén.
—La baja administrativa. Podían despedirla o hacerla seguir con pagos en efectivo bajo otro código. En la factura, su puesto habría quedado cubierto por una identidad antigua.
Las fechas futuras no anunciaban muertes. Eran el calendario del fraude para las semanas siguientes.
Mara sintió alivio y lo rechazó antes de que pudiera instalarse. La lista no predecía veintidós cadáveres, pero una mujer ya había muerto por copiarla.
Teresa señaló una modificación realizada la mañana posterior al crimen. Alguien había cancelado todas las rotaciones pendientes desde una cuenta de Recursos Humanos.
—¿Puede saberse quién? —preguntó Mara.
—La cuenta es nominal. La contraseña, no necesariamente.
Pertenecía a Laura Valdés.
Mara cerró la carpeta. La amenaza que Noelia había descubierto era más pequeña que una lista de ejecuciones y más fácil de mantener durante años: horas robadas, nombres prestados y personas que podían borrarse sin dejar de trabajar.