Capítulo 23. La mujer del impermeable
Alma entregó el impermeable esa tarde. No estaba en un contenedor, sino dentro de una bolsa guardada en el trastero de su prima. Seguía húmedo y olía a comida.
—No sabía que Noelia estaba muerta cuando salí —dijo.
Había tomado la prenda del armario compartido después de recibir el mensaje de Noelia. La suya se había empapado al bajar cajas; el impermeable rojo le quedaba grande y tuvo que remangarlo. La bolsa negra contenía bandejas sobrantes de la gala que las trabajadoras se repartían.
—Si había permiso, ¿por qué lo escondió?
—Porque cuando falta comida, nunca falta. La hemos robado nosotras.
Alma admitió haber recibido el mensaje de Noelia. Sacó el impermeable del armario, bajó a lavandería y lo dejó en una percha exterior para acercarse sin que la tela mojada rozara las máquinas. Antes de alcanzar la puerta vio encenderse la flecha de bajada del ascensor ejecutivo.
Desde el pasillo oyó a Noelia discutir con alguien. Las secadoras ocultaban la otra voz. Después llegó un golpe sordo.
Alma se asustó y no entró. Recuperó el impermeable y pensó que Noelia saldría por otra puerta.
—¿Por qué borró el mensaje?
—Porque me mandaba a lavandería. Pensé que, si lo encontraban, me pondrían dentro antes de preguntarme nada.
El relato y la autorización para sacar comida debían comprobarse. Alma podía haber visto más o haber llegado antes.
La cámara no mostraba a Noelia después de morir, sino a una mujer asustada con sobras bajo la lluvia.
La contradicción se resolvía sin resolver el homicidio.