Capítulo 10. Nueve tarjetas
En diecisiete segundos, nueve personas no podían fichar y salir una detrás de otra. Alguien sostuvo un mazo junto al lector.
Paloma figuraba como la última. La cámara del pasillo la mostraba dentro dos minutos después.
—No es un error del reloj —dijo Rubén—. Hemos comparado el equipo con el control de acceso.
El mismo patrón aparecía en meses anteriores: grupos de tarjetas cerrados en menos de medio minuto, antes de concluir las tareas.
La empresa facturaba horas completas al hotel. Las trabajadoras dejaban de cobrarlas en el momento del pitido.
Rubén recibió una llamada de Joaquín mientras clasificaba los archivos. El hombre buscaba a Mara porque su audífono volvía a emitir un silbido. Ella lo llamó desde el pasillo.
—Puedo pasar esta noche.
—Ya he pedido cita.
Mara estuvo a punto de reorganizarle el día. Se detuvo.
—¿Quieres que te lleve?
—Si lo necesito, te llamo. Quiero que duermas cuando puedas.
No le preguntó por el caso. Mara no le prometió una hora para cenar.
Al volver, Rubén había dispuesto nueve números en una sola línea. La jornada oficial terminaba en diecisiete segundos. Después empezaba el tiempo que nadie pagaba.