Capítulo 3. La última planta
A las veintitrés y dos, Paloma había reunido nueve tarjetas junto al lector del vestuario. Las pasaba una a una. Cada pitido convertía una hora pendiente en una jornada terminada.
Noelia guardó la suya en el bolsillo.
—Hoy no puedo quedarme —dijo.
—Queda la última planta.
El cuadrante siguiente, la renovación y los días libres pasaban por la supervisora, aunque las órdenes llegaran de más arriba.
Noelia volvió a ponerse los guantes. En el armario deslizó una bolsa fina con dos hojas por una abertura del forro de su impermeable rojo, detrás del bolsillo interior. El original ya estaba lejos, en una maleta que alguien encontraría si se cumplían las instrucciones que había dejado.
Subió con el carro. En la habitación 612 cambió toallas y retiró dos copas. El huésped seguía dentro y pidió disculpas por hacerla volver tan tarde.
—No he vuelto —respondió ella—. Todavía no me he ido.
En el pasillo consultó la hora: veintitrés y veintisiete. El terminal de servicio sujeto al carro mostró una llamada del interno de supervisión. Una voz de mujer le dijo que bajara a lavandería para hablar de la lista y colgó antes de que pudiera preguntar nada.
Noelia miró hacia los ascensores de huéspedes y eligió el de servicio. Antes de entrar escribió a Alma, una temporal con la que compartía taquilla.
Lavandería. La roja. Si no vuelvo, dásela a Diana.
El mensaje quedó enviado. Noelia guardó el móvil y descendió.
El ascensor se abrió ante un corredor con olor a vapor y lejía. La puerta de lavandería estaba entornada.
Noelia empujó el carro hacia el interior.