La hora de los monstruos Julio de 2013
98%

Julio de 2013

El agente Sanders se acomodó en su silla como pudo.

Acababa de vomitar, pero otra vez le volvían las náuseas.

Miró de reojo la papelera por si podía necesitarla de nuevo.

Comprobó que sus compañeros le miraban. Justo en el momento que se levantaba para bajar las persianas del despacho, entró Johnson. Oportuno como siempre.

—¿A quién conoces en Tokio, vaquero?

—¿En Tokio? Si ni siquiera me acuerdo de lo que hice anoche —dijo masajeándose las sienes.

—Sí que tienes mala cara, Sanders. Deberías cuidarte un poco más. Ven esta noche a cenar a casa. Así la resaca no será tan fuerte mañana.

—Eres muy amable, pero me voy a pasar durmiendo quince horas seguidas en cuanto termine mi turno.

—Estos son los datos que ha mandado tu amigo japonés. Imaginé que debía de ser alguien que conociste cuando estuviste allí. Dijo que te enviaría toda la información esta mañana.

—Creo que sé quién debe de ser: el teniente Haroito. De lo que no tengo ni idea es para qué quiere hablar conmigo —comentó mientras encendía el ordenador.

—Creo que tiene algo que ver con el caso de las películas.

—¿Las snuff movies ? No me extraña. Por lo que hemos descubierto, debe de haber copias por todo el mundo.

—¿Tú las has visto? —preguntó el agente Johnson.

—Sí. Y te puedo asegurar que preferiría no haberlo hecho.

Sanders leyó lo que le había mandado su colega nipón.

Habían pillado a un ejecutivo de una conocida empresa automovilística con una snuff movie en el ordenador de la oficina.

Al parecer, era la misma que habían confiscado en Texas.

Los japoneses habían hecho mejor su trabajo y habían conseguido información a través de uno de los palés que salía en una de las tomas. Era de una empresa española.

—Busca información de desapariciones, secuestros y asesinatos de jóvenes en España en los últimos cinco años. Luego llama a tu mujer y dile que esta noche cenas aquí conmigo —ordenó Sanders a su ayudante.

A Hassan le costaba asimilar cómo había cambiado su vida en los dos últimos años: huir de África, ser un ilegal, trabajar como un esclavo, ser secuestrado y violado, verse obligado a escapar otra vez, regresar para tener una vida normal; hasta que los monstruos volvieron a aparecer.

De no ser por su ángel de la guarda, aquel guardia de seguridad del aparcamiento, ahora estaría muerto o, en el mejor de los casos, habría acabado deportado por no tener papeles.

Nunca supo por qué aquel hombre, al que no conocía de nada, decidió ayudarlo.

Eso había ocurrido hacía solo unos meses, pero en la cabeza de Hassan habían pasado varios siglos.

Él ya no era aquel muchacho herido y lleno de rabia; en los campos de entrenamiento de Jabhat al Nusra (JN), en Siria, se estaba convirtiendo en otra cosa, en alguien con una capacidad extrema para asesinar.

No podía dejar de pensar en el momento en el que se convertiría en un retornado, dispuesto a dar su vida por la yihad cuando regresara a España.

Pero antes debía hacer méritos en su nueva patria, prepararse para participar en una guerra que no era la suya, pero que le serviría para lograr su objetivo.

Cada segundo que pasaba en Siria le acercaba a su propósito: la venganza.