La hora de los monstruos Julio de 2013
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Julio de 2013

Lucía volvió a despertarse empapada en sudor.

No se imaginaba que su nuevo piso iba a ser un horno en verano.

Acostumbrada a la intensidad de los meses estivales en Madrid, no se había planteado la necesidad de instalar aire acondicionado en una ciudad en la que los días de calor no son demasiados.

Así que decidió que esa tarde se acercaría al centro comercial para comprar un ventilador que le hiciese más llevadero el resto del mes de julio.

Afortunadamente, los días de fiestas habían quedado atrás y Burgos empezaba a recobrar la normalidad.

A Lucía le gustaba especialmente esa época del año, en la que la población de la capital castellana descendía y sus calles adquirían una solitaria presencia, sobre todo a ciertas horas de la mañana y la sobremesa, que le gustaba mucho.

Lucía seguía inmersa en la preparación de su nuevo viaje al Sudeste Asiático.

Habían sido unos meses muy difíciles desde la muerte de Javier y ocuparse en ello le había permitido evadirse de la realidad.

Quedaban solo seis semanas para emprender rumbo a Laos y la emoción de la aventura la embargaba conforme se acercaba la fecha.

La nueva relación con su familia le había servido de apoyo para sobrellevar el duro trago, sobre todo el tiempo pasado con sus sobrinos.

Sin embargo, la aparente felicidad se resquebrajaba a diario por el recuerdo de Javier.

Y por la amargura que le producía su cobardía.

En cierta manera sabía que había hecho lo correcto: su hermano estaba vivo, a él podía protegerlo, mientras que a Javier no podía resucitarlo.

Pero, aun así, pensaba que le debía algo a Javier.

Se sentía avergonzada por su silencio, pero ¿qué podía hacer ella?

¿Serviría de algo que intentase sacar a la luz los papeles que él le había enviado?

Todavía guardaba en el armario la segunda copia que le había llegado a través de otra empresa de mensajería dos semanas después de la muerte de su compañero.

Cuando la recibió, tuvo dudas de si el misterioso hombre del bigote blanco también estaría atento de esa segunda remesa.

Pero, por lo visto, Javier le había contado al tal Severino que había hecho un único envío.

Sin embargo, ella estaba convencida de que le seguían la pista, aunque en todo ese tiempo nadie se había puesto en contacto con ella.

Así que, al final, había decidido que aunque no pudiese o no quisiese utilizarlos, debía guardar aquellos papeles por si algún día eran su seguro de vida y el de su familia.

También conservaba la nota con las últimas palabras de Javier: «Dios lo sabe, tiene que ser esta vez.

Demasiado frágil para despertar esta vez».

Solo él podía escribirle aquellos versos de su canción preferida.

Desde que se murió no había podido volver a escucharla.

A pesar de todo, el tiempo iba restañando las heridas.

Su vida en Burgos se prometía apacible y cómoda.

En tres meses volvería a su trabajo y su desahogada posición económica le permitiría seguir descubriendo países maravillosos en un futuro.

Ver crecer a sus sobrinos y asistir a sus futuros compromisos sociales (comuniones, graduaciones, bodas…) se antojaban como las pautas que marcarían su tiempo hasta la jubilación.

Puede que incluso volviese a recuperar la confianza en el amor y que intentase tener ella hijos propios.

Pero todo ese mundo de ensoñación se desvaneció aquel martes de julio cuando sonó el inalámbrico del salón. Por un momento se quedó petrificada. Algo en su interior le decía que no debía cogerlo. Aun así, Lucía decidió descolgar el aparato.

—¿Sí?

—¿Lucía? Acércate a la ventana del salón.

Lucía hizo caso a su interlocutor, sin protestar, y se aproximó al cristal. El sol la deslumbraba y tuvo que hacerse visera con la mano. Abajo, al lado de la tienda de comida para llevar, alguien la saludaba.

—¿Me ves?

—Sí. ¿Quién eres?

—Tu único amigo.

—No sé quién eres, pero voy a colgar y a llamar a la policía.

—Yo soy la policía. Sabemos que tienes una segunda copia de los papeles que te mandó Javier.

—Yo no tengo nada. Se lo di todo a la persona que vino a hablar conmigo.

—Si ellos supiesen que guardas esa segunda copia, ahora estarías muerta. Yo estoy aquí para ayudarte.

—¡No necesito que nadie me ayude! —gritó Lucía, presa del pánico.

—Sí que te hace falta. Me llamo Ricardo González y soy la única persona en la que puedes confiar a partir de ahora. Nos vemos en un cuarto de hora en el banco donde sueles sentarte a ver jugar a tus sobrinos.

—¿Cómo te reconoceré? Desde aquí no consigo verte bien.

—Llevaré esta gorra negra y roja —le dijo Ricardo, agitándola.

—¿Y si no voy?

—Tienes que ir. Se lo debes a Javier.

—¿Y qué gano yo con esto?

—Ver en la cárcel a los que le mataron.