Viernes, 9 de noviembre de 2012
De lo primero que se dio cuenta Hassan aquella tarde fue que las persecuciones no son como se ven en las series de policías. Había sudado tinta para no perder la pista del juez. Hasta tres veces tuvo la impresión de haberlo hecho.
Casi por casualidad consiguió divisar su coche saliendo de la circunvalación.
Tuvo que hacer una maniobra bastante arriesgada para no acabar con sus huesos en el asfalto.
Pero al final había conseguido equilibrar la motocicleta y llegar sano y salvo hasta el aparcamiento del restaurante donde el juez había dejado su vehículo.
Hassan no llevaba ningún plan trazado. Solo tenía una vieja moto, un cuchillo de montaña y toneladas de odio en su interior. Solo faltaba la espoleta que hiciese estallar esa carga. Y todo parecía apuntar que aquello podía ocurrir aquella noche.
Rodrigo se acomodó en el reservado del restaurante, donde lo habían estado esperando sus amigos.
—Buenas noches, señores. Disculpad el retraso. Ha sido horrible. Hemos estado parados casi tres cuartos de hora; he tardado cuarenta y cinco minutos para recorrer tres putos kilómetros.
—Ya sabes cómo se pone Madrid a estas horas, Rodrigo —le dijo Rufino entre risas.
—Se os ve muy contentos. Y tú estás especialmente gracioso, Rufino —comentó el banquero después de apurar de un trago su bebida y encargar otra al camarero que se disponía a tomarles nota.
Fue el juez quien se encargó de pedir. Por la cantidad y la calidad de los platos daba la impresión de que se trataba de una celebración por todo lo alto. El abusivo precio de los caldos elegidos corroboraba esa impresión.
—¿Es que celebramos algo? Porque si es así, yo no me he enterado del motivo.
—Tranquilízate, Rodrigo, que estás muy tenso —apuntó el político.
—Los que estáis muy relajados sois vosotros. Aquí el que os ha tenido que limpiar la mierda ha sido el menda. Si no recuerdo mal, hace unos días el que estaba muy nervioso eras tú, Rufino.
—Que no sea yo el que tenga que poner paz —terció Gonzalo—. Me encanta cuando discutís vosotros. Me recuerda a nuestros tiempos en la facultad.
Hicieron un descanso en la conversación mientras les traían a probar la primera de las botellas de vino y les servían los entrantes. Rodrigo intentaba estar más distendido, pero pensar en lo abultado de la cuenta que se avecinaba y, sobre todo, en la manera de pagarla volvió a ponerle tenso.
—Rodrigo, sabes que apreciamos mucho lo que has estado haciendo hoy —comentó el juez—.
Confiamos en ti y por eso te has encargado siempre de esos temas.
Rufino y yo sabemos lo complicada que es tu situación en el banco y vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para ayudarte.
Igual que lo has hecho tú siempre con nosotros. Y ahora un brindis por el futuro.
—Por el futuro —apostilló Rufino levantando su copa.
—Estáis muy contentos. Algo no me habéis contado.
El político y el juez se miraron y rieron a la vez.
—Te vamos a contar una primicia, Rodrigo.
Aquí, tu amigo se ha librado del marrón de la financiación de mi partido.
Han aceptado su petición para retirarse de la causa.
Gonzalito, encantado; y yo también, por supuesto.
Ahora va a poder dedicarle más empeño al nuevo caso que le ha caído esta tarde: el de tu banco.
—¡¿No jodas?! —gritó Rodrigo, al borde de un ataque de nervios.
—Por lo visto, tu antiguo jefe va a comerse el marrón él solito —aseguró Rufino.
—¿Y los que estábamos en el consejo de administración?
—Estate tranquilo, que te has quedado más blanco que la servilleta.
A ti no te va a pasar nada, nada malo. Además, habrá que rellenar los puestos que quedarán vacíos desde tu despacho hacia arriba.
¿Quién sabe? A lo mejor, esta noche nos invita a cenar el nuevo vicepresidente del banco nacionalizado. O puede que el presidente…
—Bueno, bueno. Dejad que la justicia haga su trabajo. Que ahí me queda mucha tela que cortar —dijo el juez.
—Gonzalo siempre tan comedido —apostilló Rufino.
Un sudor frío recorría el cuerpo de Rodrigo Carrascosa desde las uñas de los pies hasta el último pelo de su canosa cabellera.
Ni siquiera valoraba la perspectiva de medrar que Rufino le había comentado.
El agujero que había en las cuentas del banco era de tal magnitud que veía muy complicado que no le salpicase de alguna manera.
Sus amigos habían repartido las cartas para las próximas partidas, y las suyas llevaban todas las de perder.
La única forma de salir del atolladero estaba en la mano de sus dos compañeros de mesa.
Rodrigo no solo tendría que ocultar sus desvaríos en la antigua caja de ahorros y sus préstamos personales, ahora también iba a tener que estar dispuesto a realizar todos los favores que le sugiriesen.
Ambos tenían unas importantes líneas de crédito concedidas en unas condiciones muy beneficiosas.
¿Cuánto tiempo tardarían, después de ayudarle con sus cuitas, en solicitarle que las cancelara? ¿Hasta dónde sabían de sus problemas?
—Esta noche toca relajarse. Ya sé que a ti ahora no te lo parece, pero el futuro se antoja fantástico.
En los próximos dos años vamos a ver desaparecer a muchos de nuestros enemigos y nosotros solo podemos beneficiarnos de esa situación.
Caerán un par de chivos expiatorios en el camino y nos cobraremos alguna cuenta pendiente.
—Eso suena muy bien para vosotros. Pero y yo, ¿en qué situación me quedo? Si Gonzalo pasa la tijera, como él dice, tiene que meter en la cárcel a todos los miembros del consejo de administración del banco, del nuevo y de los que se fusionaron para crearlo; y echar la llave al mar.
—No será para tanto, Rodrigo. Aquí Gonzalo es un hombre con mucho celo, pero es magnánimo y sabe perdonar.
Durante unos meses saldrán cosas horribles en la prensa.
Se filtrarán documentos y se contarán historias muy divertidas del marqués y sus excentricidades en diversos artículos de opinión.
Pero todo eso no tendrá resultados prácticos.
El problema no está ahí. El verdadero problema lo tenéis con las preferentes de los huevos.
Es una historia con recorrido diferente.
Por lo que yo sé, tú ahí no tienes mucho de lo que te puedan acusar, ¿me equivoco?
El banquero negó con la cabeza. Aunque él había aceptado llevar a cabo la venta de esos productos a sabiendas de que se trataba de un engaño manifiesto, no había sido su impulsor, y la única posible relación con el fraude era su puesto de director de la antigua caja quebrada.
En esto tenía razón Rufino: había muchas cabezas que cortar en relación con ese tema antes que la suya.
—Tómatelo como una gran oportunidad para progresar en la nueva entidad. Y ya vale de caras serias. Cuéntale al juez cómo ha quedado la cosa para que nos dé su sabia opinión.
—En principio parece que está todo solucionado —dijo Rodrigo, tomando aire mientras apuraba la tercera copa de vino blanco—. Verónica está fuera de circulación —dijo bajando el tono de voz.
—Eso ya lo sabíamos. Es una noticia estupenda.
—Por lo que me han contado, la madre de Esparza le ha perdonado y ya duerme en la casa familiar —explicó Gonzalo.
—No hay nada que nos vincule a nosotros ni a Esparza, aunque, por lo visto, él se encargó de forma muy directa de la solución del problema.
—Al final va a resultar que el niñato tiene cojones —dijo Rufino.
—Ahora lo importante es cumplir con nuestra parte del trato.
—De eso me encargo yo. No os preocupéis.
En breve hablaré con su padre. Iremos poco a poco: primero, volverá a trabajar en el bufete familiar; luego, una declaración pública hablando de sus problemas con la bebida, las drogas ni mencionarlas, que están muy mal vistas, arropado por algunos cargos importantes del partido; y finalmente, un puesto intermedio para calmar sus aspiraciones.
Con su historial nunca podrá llegar a nada importante.
Lo que debemos hacer es tenerlo contento.
—¿Y podemos confiar en que no vaya a abrir nunca la boca? —preguntó el juez.
—Por lo visto, a Esparza lo ayudaron un camello y su novia. Tengo sus contactos por si alguna vez hay que refrescarle la memoria.
—Estupendo. Problema solucionado. ¿Y qué hay del resto?
—El rumano tampoco está ya entre nosotros —dijo Rodrigo.
—Amén —comentó jocoso Rufino.
—Mañana sábado encontrarán los cuerpos de los dos chicos en la nave y a los pocos días le cargarán el cartel del delincuente más buscado de España. Múltiples conjeturas, diferentes tesis, pero nada en claro.
—¿Quién se encargó de él? ¿Gómez?
—No, qué va. Fue su propio hermano. Pensaba que lo había delatado.
—¿Y cuando se entere de que le buscan por el asesinato de dos adolescentes?
—Pues seguirá calladito. Digamos que hay muchos informes que incriminaban a Florian y que ahora tienen a Nicolae como sospechoso.
—No me gusta —dijo el juez—. Veo fallos en ese plan. Nos estamos fiando de un delincuente.
—Serán solo unos meses y Tony ya está trabajando en ello. Ya sabéis cómo se las gastan esas bandas de delincuentes extranjeros. A lo mejor el próximo verano se dedican a pegarse tiros entre ellos y el tal Florian acaba acompañando a su hermano en el infierno.
—¿Son necesarios tantos muertos? —inquirió el juez con rostro preocupado.
—Esos la iban a palmar igualmente. Cuando te metes en un mundo tan oscuro como el de Gómez y Tony, la muerte está a la orden del día.
El rumano y Verónica eran carne de cañón.
De una forma o de otra iban a estar criando malvas antes de los treinta.
Solo hay una muerte con la que tendremos que cargar, aunque tampoco es culpa nuestra: la del puto periodista.
¿No es así, Rodrigo? —preguntó el político.
—Así es.
—Eso sí que es un problema —afirmó Rufino.
—Severino se ha encargado de resolverlo.
—¡Otra muerte más! —exclamó el juez, derramando parte del vino de su copa en el mantel.
—Tranquilo, Gonzalo. Se habían agotado todas las otras posibilidades —repuso Rodrigo bajando el tono de voz.
—Esto es una chapuza —dijo el juez con tono preocupado.
—Joder, Gonzalo, ¿es que no estás escuchando a Rodrigo? Lo tenemos todo controlado. Gómez se encarga de ello. En unos meses nadie se acordará de nada.
—No lo tengo claro —comentó el juez mientras se levantaba de la mesa para ir al baño.
—Rodrigo, debes reconocer que Gonzalo tiene su parte de razón. Hay demasiadas vías de agua.
—Joder, Rufino. Que el que está dando la cara para solucionar esto soy yo. Ya sé que la situación es jodida, pero todos éramos conscientes de lo que podía pasar. Ahora no me vengáis con historias.
—Baja el tono de voz y frena con el vino. Estamos en un lugar público.
Aprovecharon el minuto siguiente para intentar sosegarse.
—Se os oía desde el baño —dijo el juez a su regreso—; si queréis, podemos pedirle un altavoz al maître .
Tengo el miedo en el cuerpo con tanta incompetencia, pero vamos a tratar de ser fríos.
Confiemos en que la historia del rumano cuaje como dices, Rodrigo.
Ahora mismo lo que más me preocupa es lo del periodista.
Hay que hacerles ver que no puede haber ni un fallo con ese tema.
—Y no lo habrá, Gonzalo. Te he dicho que Severino se ha encargado de ello.
—Se me han quitado las ganas hasta de tomar postre. Me has estropeado la cena, Rodrigo.
—Tenéis muchos huevos…
—Vale ya. No quiero más discusiones —terció Rufino.
—Yo solo digo que…
—Vale, Rodrigo. Se acabó —dijo el político agarrando del brazo a su amigo con firmeza.
—Entendido —dijo el banquero.
—Por lo que veo, estas no son las únicas noticias que traes. ¿Qué más tienes que contarnos, Rodrigo?
—Hay un acuerdo con el otro chico para que vaya a la cárcel. Él dirá que todo fue cosa de Nicolae y que él no tuvo nada que ver. Tú eres el que entiendes, Gonzalo, y tienes que decirnos cómo plantearlo para que solo pase unos años en prisión. Eso es parte del trato.
—Sin las pruebas forenses, es complicado saber si hay algo que le incrimina directamente, pero se puede enfocar de la forma que dices. Aun así, la petición del fiscal va a ser considerable. Va a solicitar una pena ejemplar.
—Habrá mucha presión mediática y es lógico que se busque una condena larga.
—Pero eso no es todo.
—¿Me estás queriendo decir que hay algo más, Rodrigo? —dijo el juez mientras se limpiaba las gafas con la corbata.
—Gómez quiere más dinero.
—Que le den por culo a Gómez —respondió el magistrado.
—Rodrigo, como puedes comprender, nosotros dos ya hemos cumplido con nuestra parte. Eres listo y sabes muy bien lo que te conviene. Recuerda la conversación del principio. Arréglate con Gómez, pero no nos vuelvas a molestar al juez y a mí con temas económicos.
Después de su última frase, Rufino se levantó de la mesa, al igual que Gonzalo. Antes de marcharse se volvió a dirigir a Rodrigo:
—Será mejor que no nos veamos durante un buen tiempo.
Como hemos comentado, nuestros intereses se van a cruzar en los próximos meses y no es muy recomendable que nos relacionen.
Haz bien tu trabajo y las cosas pronto volverán a ser como antes; o mejores.
Y gracias por invitarnos a cenar —le dijo el diputado, dándole una palmadita en la espalda a modo de despedida—. Intocables, somos intocables, Rodrigo.
El banquero todavía permaneció un rato sentado a la mesa. Si todo seguía hacia delante tal como había comentado Rufino, puede que su suerte empezase a cambiar. Ahora solo quedaba saber cómo iba a conseguir la pasta para pagar a Gómez y a sus amigos.
Llevaba más de dos horas al raso cuando divisó la rechoncha figura del juez saliendo del restaurante acompañado de otra persona.
Hassan se preguntó si no sería algún otro de los diablos que le torturaron aquella noche.
En cuanto llegaron al aparcamiento, se encaminaron hacia sus coches, que se encontraban en direcciones contrarias.
Hassan siguió a su presa hasta donde estaba su vehículo.
Apretaba el cuchillo con fuerza. Estaba empapado en sudor y los nervios le atenazaban el estómago.
A duras penas consiguió reunir fuerzas para acercarse a unos pocos metros del juez.
Estaba tan absorto en lo que quería hacer que no se dio cuenta de que había otro coche a punto de salir.
El impacto le desplazó varios metros. El conductor se bajó del coche y, cuando comprobó que el atropellado era un magrebí con un cuchillo en la mano, se montó de nuevo y volvió a salir más veloz que antes si cabe.
El juez solo oyó el fuerte estruendo de un derrape y percibió el olor de la goma quemada. Desde su posición no podía ver a Hassan, así que se montó en su BMW y se dirigió ufano a su casa.
Quien sí vio a Hassan fue el guardia de seguridad del aparcamiento. Cuando se acercó hasta él, le sorprendió comprobar que seguía vivo, aunque no sabía durante cuánto tiempo. Su primer impulso fue el de llamar a la policía; por suerte para Hassan, su salvador cambió de idea.