Viernes, 9 de noviembre de 2012
Javier estaba tumbado en el suelo del sótano de la casa de Tony, boca arriba, todavía visiblemente aturdido.
Poco a poco fue desperezándose de su letargo sin tener conciencia aún del destino al que iba a tener que enfrentarse en breves momentos.
A su lado, sentado en un sillón con las manos apoyadas en las rodillas, se encontraba Severino.
Tranquilo y relajado, iba dejando pasar los minutos mientras Javier comenzaba a espabilar.
Después de los golpes, lo último que recordaba el periodista era la imagen de Tony con una aguja en la mano.
Los efectos de las drogas estaban disipándose y Javier empezaba a cabecear torpemente, intentando levantarse sin mucho éxito, todavía víctima de las parálisis que le habían provocado los narcóticos.
Se frotó los ojos y empezó a divisar como en una nebulosa una serie de imágenes que no le resultaban en absoluto familiares: el periodista se preguntaba cómo había ido a parar a aquel lugar decorado con trofeos de caza y pieles de animales salvajes en el que estaba seguro de que nunca había estado en toda su vida.
Giró la cabeza a su izquierda y vio un rostro conocido; a cada rato conseguía ir viendo más claras sus facciones, hasta que por fin lo reconoció.
La alegría inicial de encontrarse con una persona que le resultaba familiar se tornó poco a poco en angustia.
Intentó incorporarse de nuevo, pero acabó en el suelo; no recordaba que estaba esposado.
Un violento ataque de tos le dejó derrotado, con la cara pegada a la alfombra, restregándose contra las mejillas los espumarajos que acababa de vomitar hacía unos segundos.
Javier respiró hondo y tomó conciencia de su situación: sabía que difícilmente habría vuelta atrás; el camino terminaba ahí, había cruzado demasiadas líneas y ahora tenía que rendir cuentas por su excesiva audacia y arrojo para intentar llegar al fondo de la cuestión, y sobre todo por su estupidez.
Había llegado demasiado lejos él solo, sin ningún apoyo, sin calibrar en ningún momento al enemigo al que se enfrentaba.
Él había sido una pieza más en esa partida, un peón marcado como sacrificable de antemano que había cumplido con creces, entregándose en cuerpo y alma en su papel; ahora había que dejar el tablero libre para que terminasen de competir los actores importantes de esa historia.
Severino se puso en pie lentamente mientras sacaba de su bolsillo una pistola, la amartilló y encañonó a Javier, que seguía en el suelo, sollozando, retorciéndose de forma espasmódica, implorando perdón una y otra vez. Por el dobladillo de su pantalón empezaba a correr un hilillo de orina.
—Javier, sabías perfectamente que esto iba a pasar. Compórtate, será rápido —le dijo Severino sin dejar de apuntarle a la cabeza.
—Perdón, perdón, perdón…, no me mates, no diré nada, lo juro, lo juro por Dios. —Javier imploraba desesperado mientras vomitaba los últimos restos de bilis que le quedaban dentro.
—Nadie te forzó a participar en esto. Lo tenías muy fácil. Pero tuviste que ir a buscarme a la residencia, y luego fuiste a meter las narices a la comisaría. Hijo, me lo has puesto muy difícil —le aseguró Severino.
—Pero ¿por qué yo? ¿Por qué no me puedo marchar?
No diré nada, te lo juro, no diré nada. Puedo desaparecer y no volveréis a saber nada más de mí.
Me han vuelto a despedir del periódico y Lisandro no me coge el teléfono; nadie quiere oír lo que pueda contar.
—Javier suplicaba entre sollozos cada vez más ahogados.
Severino puso el seguro de su automática y se la guardó de nuevo en el bolsillo.
Se atusó el poblado bigote y volvió a sentarse en el sillón, mientras Javier conseguía incorporarse a duras penas.
El expolicía le señaló con la mano el sofá, invitándole a sentarse en aquel horrible tresillo de piel de cebra.
—¿Le has contado a alguien algo de todo esto? Y dime la verdad. No sirve de nada que me mientas. Me acabaré enterando igualmente, muchacho.
—No. A nadie. A nadie. Te lo juro —le imploró Javier.
—Será mejor que no me mientas. Esto solo se puede arreglar si eres sincero conmigo.
Javier sacó fuerzas de donde no tenía y decidió que salvaría a Lucía. Así, recobró la tranquilidad necesaria para afrontar sus dos últimas horas de vida con serenidad. Durante toda la partida había estado fuera de sitio y ahora iba a pagar por ello.
—Una última pregunta: a los condenados en las películas siempre les conceden una última gracia.
—Adelante.
—El hombre de los expedientes, ¿era Gómez?
Javier no tuvo que esperar a la respuesta de Severino; con ver la expresión de su cara ya lo supo.
—Me consta que quieres a Lucía. Para asegurarnos de que no le pasa nada necesito una cosa.
Severino le señaló el papel y el bolígrafo que había encima de la mesa.
Javier asintió y extendió las manos hacia el expolicía para que le quitara las esposas.