La hora de los monstruos Jueves, 8 de noviembre de 2012, por la noche
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Jueves, 8 de noviembre de 2012, por la noche

Aunque, en un principio, Rodrigo intentó despachar el asunto por teléfono, enseguida comprendió que el tema era lo suficientemente importante como para ir hasta allí en persona.

Antes de acudir al chalet de Tony, habló con el juez y con el diputado; ambos le dieron plena potestad para resolver el asunto como creyera conveniente.

Las opciones no eran muchas, aunque el banquero pensaba que empezaba a haber demasiados muertos en aquella historia.

Y todavía le faltaba bastante información por digerir.

Cuando Rodrigo se presentó en la casa, Gómez, Severino y Tony estaban acabando con los últimos restos de una bandeja de pollo frito. El banquero se preguntó por qué se cumplía el tópico de las películas: los asesinos siempre tomaban comida basura antes de sus crímenes.

—Buenos días, Rodrigo —le saludó el dueño de la casa, quien se levantó para darle la bienvenida—. Si gustas, aquí todavía tenemos un montón de comida, y si prefieres otra cosa, puedo pedirle a alguno de mis chicos que vaya a buscártela.

—No, gracias, no quiero nada. Bueno, tal vez una copa no me vendría mal.

—Marchando un whiskito para el señor banquero.

—Hola, Rodrigo. Me imagino que estás al tanto de lo que ha pasado —le dijo Gómez con gesto serio.

—Sí, lo sé todo. Vais de cagada en cagada, Gómez, y así…

—Ni cagadas ni hostias, que iba a pasar esto ya te lo advertí —le cortó amenazante el policía.

—Chicos, chicos, tranquilos —intentó mediar Tony—. Aquí vamos todos en el mismo barco. No sirve de nada lamentarse.

—Esto se podía haber evitado. Desde el principio os advertí que esto no iba a ser como las otras veces.

No eran unos muchachos africanos a quien nadie iba a reclamar.

Esos dos tenían nombres y apellidos, familias, redes sociales y, además, habían nacido en Ciudad Real.

Los conoce mucha gente y ahora más desde que están todo el día en la televisión.

Hemos corrido demasiados riesgos. Matarlos no estaba en el plan.

—Se nos fue de las manos. Tienes razón.

—¿Se nos fue de las manos? Los matasteis, Rodrigo, los asesinasteis.

—Y tú eres cómplice de ello, inspector. Ahora no te pongas digno.

—Lo sé. ¿Por qué te crees que estoy tan preocupado? —dijo Gómez acercando la cara a la del banquero.

—Vamos a tranquilizarnos. Ya os dijimos que tenemos la voluntad de arreglar este desastre. Os pagaremos el doble que en las otras ocasiones. Ahora tenemos que tomar una serie de decisiones para acabar con esta pesadilla.

—En eso estamos de acuerdo. Tenemos que ver cómo solucionamos este marrón.

—¿Qué hay del rumano? —preguntó Rodrigo.

—Para la opinión pública está desaparecido.

Como si se lo hubiese tragado la tierra.

Esta mañana, el juez le ha puesto en libertad y desde hace dos horas no se sabe nada más de él.

Y esa es la historia que contaremos a la prensa.

Muchas conjeturas: ha vuelto a Rumanía, trabaja de mercenario en un país africano, bla, bla, bla; la versión buena, la de verdad: asesinado por su propio clan mafioso.

Tony se aseguró de que Florian cumplía su palabra.

—Severino asintió con la cabeza—. Esos no se andan con hostias.

Le arrancaron los dientes, le fueron troceando poco a poco, lo quemaron y disolvieron los restos en ácido.

—No hace falta que me deis tantos detalles.

—Querías toda la información y te la estoy dando, Rodrigo —dijo Gómez con expresión socarrona.

—¿Otro pelotazo, Rodrigo? —terció Tony para evitar que la cosa se torciese de nuevo.

—Pero esta vez con un poco de soda. Por lo que veo, todavía tenemos para un rato.

—Por Florian no hay que preocuparse. Ni se imagina que su hermano pudiese estar relacionado con el tema. Cuando todo esto salga a la luz, puede que se enfade, pero si es un chico listo, y Florian lo parece, no dará mucha guerra. Sabe que no le conviene.

—¿Y el resto?

—Verónica también ha pasado a mejor vida. Una yonqui muerta por una sobredosis. Eso es lo que se ha publicado en la prensa. Hacía tiempo que teníamos que habérnosla quitado de encima.

—Por lo que sé, Jorge ha comenzado una aproximación con su familia. Con la putita fuera de juego, todo será más fácil. Entiendo que todo se ha hecho de la manera correcta.

—Todo en orden —aseguró Tony.

—El asunto está resuelto y archivado.

—Dos de cuatro. ¿Y Chucky?

—En el sótano.

—Joder, esto parece Guantánamo —comentó el banquero apurando su copa.

—¿Te pongo otra?

—Pero pequeña, que tengo que conducir. Muchas gracias, Tony —dijo Rodrigo a su anfitrión mientras le rellenaba el vaso con un generoso trago de scotch.

—Chucky está ahí abajo. Se le ve tranquilo, es más duro de lo que parecía. Se ha llevado una buena somanta de hostias y todavía tira de orgullo.

—Tus muchachos, Tony, solo saben dar golpes. Ahora baja Severino para apretarle las tuercas —dijo Gómez.

—Eso lo dejo en vuestras manos.

—Cambiando de tema, todo esto está muy bien, Rodrigo, pero no es lo que hablamos en un principio —comentó Gómez.

—Nada es como hablamos en un principio. Y bastante culpa de ello la tienes tú, inspector. Aquí todos hemos de apechugar con lo que nos toca.

—No trates de hacerte el chulo. Sabes que esto no se paga igual. ¿Acaso te piensas que vamos a solucionaros todo este marrón sin una recompensa? He quemado buena parte de mis contactos para salvaros el culo. Y estoy de mierda hasta las orejas.

—Tú lo has dicho: estás igual de pringado con esto como nosotros. A ti también te conviene que no se sepa nada. Si se soluciona de manera satisfactoria, todos saldremos ganando y seguiremos haciendo negocios en un futuro.

—Me parece muy bien lo que dices. Pero ese no es el trato, Rodrigo. Si hay más trabajo, tenéis que pagarlo.

—Eso es complicado, Gómez. Los otros dos ya sabes cómo son: les das la vuelta y no cae ni un céntimo. Y yo estoy pelado. No tengo ni para trajes. Los becarios del banco visten mejor que yo.

—Menos cachondeo y habla con tus amigos. Si no hay más dinero, yo me planto y que salga el sol por donde quiera.

—A ver, vamos a entendernos todos. —Esta vez Tony le rellenó el vaso al banquero sin preguntarle antes—.

Lo que dice el inspector es cierto. Yo no he abierto la boca y soy el primer damnificado con todo este asunto.

Para empezar, tengo a dos personas atadas y amordazadas en mi casa.

Todos estamos corriendo muchos riegos como para no vernos recompensados por ello.

Habla con tus amigos y reconsiderad la situación. ¿Cuándo vas a verlos?

—Mañana.

—Hazles ver que Gómez… y también los demás nos merecemos una compensación por todos los esfuerzos extras que hemos tenido que hacer por esto.

—Veré lo que puedo hacer, pero no os prometo nada. Como os he dicho antes, este trabajo ya está pagado.

—Habla con ellos, Rodrigo. Todos somos buenos amigos y seguro que conseguimos entendernos.

Tambaleándose, el banquero se dirigió a la puerta sin despedirse de Gómez ni de Severino. Pero cuando iba a abandonar la estancia, se giró sobre sus talones para preguntarles de nuevo:

—Y con el otro, ¿qué vais a hacer?

—¿Que qué vamos a hacer? No es solo un problema nuestro —le corrigió el policía.

—¿Qué vamos a hacer? —rectificó Rodrigo.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si nos fiamos de que pueda estar calladito o si seguimos añadiendo muertos a la lista. Esto se está convirtiendo en una carnicería. Todavía no tenemos claro que Chucky vaya a aceptar y pasar por el aro.

—¿Cuánto sabe?

—Casi todo —contestó Tony por el inspector.

—¿Y se lo ha contado a alguien?

—Creemos que no, pero eso no se sabe.

—Que hable con él Severino y decidís. Yo ahí no me meto.

—¡No podemos seguir matando gente para cubriros las espaldas, joder! —gritó Gómez fuera de sí.

—Las espaldas nos las cubrimos todos. Y no te pongas dramático.

La muerte de Verónica no tiene que ver con el caso y nunca van a encontrar la relación.

En cuanto al rumano, tal como ocurrió hace veinte años, tenemos un delincuente que desaparece, un fantasma al que colgar todas las culpas.

Chucky, si es inteligente, colaborará. Será el chivo expiatorio y se llevará una buena recompensa por ello.

Además, nos puede servir de algo en un futuro.

¿El periodista? No me preocupa si aparece muerto.

Por un accidente de coche tal vez. Cosas que pasan cuando un hombre está desquiciado y se ha convertido en el hazmerreír de este país.

Se estampa contra un árbol y la autopsia revela el triple del alcohol permitido en sangre. ¿Cuál es el problema?

—Solo hay uno —fue Severino el que habló en esta ocasión—. Javier no tiene carnet de conducir.

—Algo se os ocurrirá. Sois gente imaginativa —dijo el banquero dando por concluida la conversación.

Tras esas palabras, Rodrigo Carrascosa abrió la puerta para marcharse. Por la cantidad de whisky que se le presumía en su cuerpo, bien podía ser él quien acabase estrellado contra un árbol.

—Menudo hijo de puta —dijo Gómez con rabia.

—No te preocupes. Estos apoquinarán como hay Dios —afirmó Tony.

—Severino, tú encárgate del periodista. Haz lo que consideres necesario. Lo dejo a tu elección. Tony, tú vienes conmigo a hablar con Chucky. En unas horas habremos acabado con toda esta mierda.