La hora de los monstruos Sábado, 10 de noviembre de 2012
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Sábado, 10 de noviembre de 2012

Lucía volvió a intentarlo, pero Javier seguía sin contestar al teléfono.

No sabía dónde ir a buscarlo. Intentó pensar con claridad, aunque llevara toda la noche sin pegar ojo.

Salió del intercambiador en dirección a la parada de taxis.

Su antigua casa era el único sitio al que se le ocurría ir en ese momento.

De repente recordó que, cuando se marchó del piso, había dejado a propósito las llaves en el recibidor.

No tenía pensado volver allí nunca más y ahora se arrepentía de haber sido tan arrogante.

Al llegar ante el edificio, llamó al portero automático, pero no obtuvo respuesta, así que aprovechó que un vecino sacaba a pasear a los perros para entrar en el portal.

Arriba tampoco tuvo éxito. ¿Qué podía hacer ahora?

, se preguntó Lucía. Buscó en su agenda el número de un compañero de Javier del periódico.

No sabía nada de él. Lo único que podía decirle era que lo habían vuelto a despedir del diario después de su última aparición en el programa de Lisandro.

Lo intentó también en la productora del programa, pero le fue imposible llegar más allá de la segunda operadora.

Pensó luego en acudir a la policía, pero enseguida desistió de su idea; Javier era mayor de edad y, aunque su intuición le decía que le podía haber pasado algo malo, no tenía pruebas suficientes para poner una denuncia por desaparición.

También telefoneó a algunos amigos, suyos y de Javier, pero nadie le supo decir nada del paradero de su expareja.

Estaba demasiado cansada como para que se le ocurriera alguna idea brillante, pero al final la tuvo.

Llamó a un cerrajero. Al fin y al cabo, el contrato de alquiler seguía estando a nombre de los dos.

Una vez dentro del apartamento, recorrió todas las estancias sin ningún resultado.

Intentó llamarlo por última vez, pero el resultado fue el mismo.

No había comido y le fallaban las fuerzas.

Decidió echarse un rato. Tumbada en la cama que habían compartido tantas noches, se quedó dormida abrazada al pijama de Javier.

Cuando se despertó de la improvisada siesta, se preparó un café bien cargado y volvió a intentarlo de nuevo.

Nada. Encendió la radio: necesitaba una voz que la acompañara.

Pero lo que escuchó al ponerla la estremeció: habían aparecido los cadáveres de Bruno y Mario.

Decidió que no podía dejar pasar más tiempo: tenía que acudir a la comisaría.

Dejó el transistor encendido mientras se vestía y, justo al final de las noticias, el locutor dijo una frase que le heló el corazón: «Tenemos una información de última hora: han encontrado muerto al periodista Javier Redondo, que había participado en los programas de Lisandro Meneses sobre la desaparición de Mario y Bruno».