Jueves, 8 de noviembre de 2012, por la madrugada #2
El policía de la entrada le comunicó que el inspector Gómez no había llegado todavía y que posiblemente no apareciese por allí en todo el día.
A Javier le dio la impresión de que aquel discurso estaba preparado y que si se ponía a esperarlo, no conseguiría demasiado.
Decidió darse un paseo y volver en un rato.
Quizá fuese una buena opción aguardar apostado desde la otra acera para ver a Gómez entrar o salir de la comisaría.
Revisó el teléfono y vio el mensaje de Lucía de hacía una hora: «Este fin de semana voy a Madrid. Llámame en cuanto puedas».
Cuando se encontraba en el paso de peatones esperando su turno para cruzar, empezaron a pitarle con insistencia desde un todoterreno.
Javier alcanzó a ver quién le llamaba con tanta premura.
De la ventanilla del conductor salió la cabeza de Tony, el dueño de la discoteca a la que solía ir con Lisandro y los del equipo.
Se lo habían presentado el primer día que fueron allí, y no había podido quitárselo de encima las otras cuatro o cinco veces que habían acabado allí la noche.
A Javier no le resultaba demasiado agradable su presencia: por las confianzas que se tomaba, una excesiva afición a darle palmaditas en la espalda y, sobre todo, por la obsesión con buscarle chicas jóvenes con las que pasar la noche.
Javier intentó ignorarle, pero fue imposible. Tony dio un brusco volantazo y se puso a su altura entre los pitidos y los insultos del resto de los conductores, que le reprobaban la maniobra.
—Hombre, Javier. Pero ¿qué haces por aquí? Menuda la que liaste anoche en la tele. Entra en el coche —le invitó Tony abriendo la portezuela del copiloto.
Ahora, además de los automovilistas, también le chillaban los peatones, que se veían obligados a rodear el 4×4 para poder pasar al otro lado.
—No… Tengo que hacer un recado —contestó Javier dubitativo.
—Anda, no me jodas. Como no subas, me van a matar. Vamos. Entra en el coche.
Al final, Javier hizo lo que le decía Tony y se montó en el automóvil de cristales tintados.
Peor ya no podían ir las cosas, pensó el periodista.
Además, tal vez Tony podía servirle de ayuda.
No solo conocía a Lisandro; también le había visto hablando una de las noches con el inspector Gómez.
Después de todo, quizá su suerte podía empezar a cambiar.
Justo en el momento en el que cerraba la puerta, vio cómo se acercaba un joven corriendo desde el final de la calle.
Agitaba su gorra, reclamando su atención, pero Tony aceleró y su imagen se perdió en apenas unos segundos.
Su rostro le resultaba familiar. Estaba seguro de haberlo visto en alguna parte antes.
De repente recordó de qué lo conocía: era el corredor con el que había chocado al salir del restaurante de sushi.
Y lo había vuelto a ver el día que estuvo hablando con Severino en el parque.
Y todavía hubo una tercera ocasión. Acababa de recordar también la primera vez que le había visto: había sido en la comisaría, a las pocas semanas de la desaparición de Bruno y Mario.
El mismo día que conoció al maldito inspector Gómez.
¡Cómo no podía haberse dado cuenta de que era la misma persona!
Aquel policía era su última oportunidad y la había perdido.
Ahora solo le quedaba una misión: que se supiese toda la verdad.
El día anterior había enviado a Lucía todas sus notas.
No había pruebas concluyentes que condujesen a los verdaderos culpables, pero si ese material caía en las manos adecuadas, ese alguien podría tirar de la madeja y terminar su trabajo.
Se manejaron entre el tráfico de la Castellana como pudieron hasta que Tony giró en una de las rotondas en dirección a la M30.
Al poco, un semáforo los obligó a detenerse.
Fue allí donde alguien se subió en los asientos de atrás.
Cuando Javier se giró para ver quién había entrado en el coche, se encontró a Severino apuntándole con una pistola en medio de los ojos.
—Tranquilo, hijo. Tú mira para adelante y no intentes ninguna bobada.
Atemorizado y paralizado por la posibilidad de que una bala le atravesara la cabeza, Javier no hizo movimiento alguno en todo el trayecto. Tampoco dijo palabra. Lo único que no pudo evitar fue mearse en los pantalones.
Tony y Severino tampoco hablaron hasta que llegaron a una urbanización. El periodista se imaginó que allí era donde vivía el primero, por la familiaridad con la que le trataba el guardia jurado de la entrada.
Ya dentro del chalet, Severino le puso unas esposas y le hizo bajar hasta el sótano de la casa.
Le metieron en una habitación de poco más de cinco metros cuadrados sin ventanas, donde le dejaron durante un buen rato.
Javier se dio cuenta de que su única esperanza ahora era que Lucía, cuando recibiese el sobre, prosiguiese con la investigación.
Ella era tozuda y obstinada, y si a él le ocurría algo, seguiría adelante para saber la verdad; de eso estaba totalmente convencido.
Intentó hacer un resumen rápido de sus opciones de huida, pero todas se iban desvaneciendo en el momento en que las pensaba.
Tony fue el primero en bajar hasta la improvisada celda.
—Es mejor que ni siquiera lo intentes —le dijo a Javier, más como un consejo que como una amenaza, antes de sacar una naranja de la bolsa que había bajado—.
No vas a poder salir de aquí por tus propios medios y no quiero hacerte daño.
No me parece justo que cargues con las culpas de otros, pero esto es lo que hay.
Tenías que haber parado a tiempo. De todas maneras, si te soy sincero, no me gusta nada todo lo que ha ocurrido.
Me encantaría que esa gentuza acabara en la cárcel, pero tú y yo sabemos que eso no va a ocurrir; tienen mucho dinero y demasiadas influencias.
La justicia no es igual para todos, Javier; desengáñate.
Eso es un cuento chino. Tú y yo somos hombres normales y corrientes, de los que obedecemos órdenes, y si no lo hacemos, acabamos como tú ahora.
—¿Por qué los ayudas?
Tony se pensó un rato su respuesta mientras pelaba la naranja.
—Es solo una cuestión de negocios. Les doy lo que quieren: drogas, chicos, chicas… Cubro todas sus necesidades, por asquerosas que sean.
—Pero la vida de esos dos chicos no es ningún negocio.
—Sí que lo es, aunque no lo creas. Todo es un gran negocio.
En unos minutos estará aquí Severino para resolver este incidente.
Además, ¿qué pensabas conseguir, Javier?
El plan era sencillo. Tenías que ir a tu casa a remojar tus penas en alcohol.
Piensa que hasta te habías sacado un pellizco con toda esta historia.
Solo tenías que aguantar el tirón. Has quedado como un loco en la tele, pero antes no estabas mucho mejor.
Si hubieses sido inteligente, hasta podías haber conseguido un poco más de dinero.
Pero no, tú eres uno de esos que creen en la justicia.
Lo has puesto todo patas arriba para nada.
Has ido a buscar a Severino, a Gómez… Con lo fácil que hubiera sido que te fueras a tu casa.
Tony se comió el último gajo de naranja con parsimonia.
—Levántate —le ordenó a Javier.
Tony cerró la bolsa de naranjas, le dio varias vueltas a las asas para enganchársela en la mano y, sin que Javier llegara a poder reaccionar, le dio un par de golpes en la espalda que lo derribaron y lo dejaron sin respiración.
Mientras Javier se arrastraba por el suelo, Tony abrió la bolsa, cogió una segunda naranja y se puso a comerla.
—La fruta no es tan buena como dicen, ¿a que no?
Seguro que nunca imaginaste que te iban a dar un par de hostias como estas así.
Un método barato, sano y que no deja marcas, solo lesiones internas.
Créeme: has tenido suerte de que me encargue yo de esto.
Con los rumanos habría sido todo más doloroso.