Jueves, 8 de noviembre de 2012, por la madrugada
Por fin, después de muchos intentos, Javier consiguió un taxi.
Llevaba más de una hora andando por el polígono industrial donde estaban los estudios de la cadena.
Pese a que había pasado ya el tiempo suficiente desde el final de aquel programa de nefasto recuerdo para él, no conseguía ver lo que había ocurrido con claridad; todavía estaba demasiado alterado.
Solo tenía una cosa clara: le habían traicionado; ahora le quedaba averiguar lo más importante: saber por qué.
Tan obsesionado estaba con encontrar solución a sus respuestas que ni siquiera oyó los gritos del taxista informándole de que no había recogido el cambio de su billete de cincuenta euros. Ya dentro de la residencia, tuvo que esforzarse para intentar hablar de manera coherente.
—Severino, se llama Severino. Está aquí ingresado, en esta residencia. Ya sé que es muy tarde, pero tengo que hablar con él, es muy importante. Su hermano ha muerto —dijo Javier.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó el vigilante, todavía con el gesto de incredulidad en el rostro.
—Soy… soy un amigo de su sobrino. Compartimos piso, pero ahora él está de viaje. Me acaba de llamar su madre, la cuñada de Severino, para decírmelo —contestó el periodista con bastante soltura.
—¿Conoces tú a ese Severino? A mí no me suena nada —le preguntó el guarda de seguridad al recepcionista.
—Ni idea, pero es que yo no conozco a casi nadie. Vamos para dentro y le preguntamos a Primi, que es la que está de guardia hoy.
Javier estaba consiguiendo dominar sus nervios, pese a que no podía quitarse de encima la mirada escrutadora del vigilante.
Solo fueron necesarios unos minutos, unos escasos minutos, para que hiciese acto de presencia la tal Primi.
Javier intentó explicarle cómo era Severino, se lo describió físicamente, le informó de su pasado laboral como policía, le habló de sus citas con él, de su enfermedad; pero la respuesta a todas sus explicaciones fue siempre la misma: allí no había ningún Severino, ninguno de los internados había trabajado en las fuerzas de seguridad y, por supuesto —le dijo bastante enojada—, nunca dejarían salir por su propio pie sin el acompañamiento de algún miembro del personal del centro a un enfermo de alzhéimer, aunque sea en un estadio inicial.
La actitud cada vez más violenta de Javier ante las explicaciones de la enfermera proporcionó la justificación necesaria al guardia de seguridad para echarle a patadas de allí.
Derrotado y apaleado, se sentó en un banco a pocos metros del lugar donde había tenido su último enfrentamiento. Por segunda vez aquella noche, le habían echado de un sitio a patadas. Allí se quedó sentado la siguiente hora pensando qué hacer.
Intentó tomar conciencia de su situación para decidir hacia dónde encaminar sus pasos futuros y cómo.
Miró su reloj y comprobó que eran las cinco y cuarto de la mañana.
Echó mano de su teléfono para comprobar que se había quedado sin batería.
Hizo recuento de sus pertenencias: llevaba encima catorce euros y treinta y cinco céntimos después de su generosa propina en el taxi, un smartphone inutilizable en aquellos momentos, un cable para devolverlo a la vida y las llaves de una casa a la que de momento no tenía intención de regresar.
Se lamentó al comprobar que la cartera con la documentación y las tarjetas se había quedado en los estudios de grabación.
Decidió que lo primero que debía hacer era encontrar un bar abierto donde poder cargar el teléfono y tomarse un café bien cargado para continuar con sus pesquisas.
El metro estaba cerrado a esas horas y no tenía suficiente capital como para invertirlo en otro taxi.
Se dio cuenta de que si andaba rápido, podía llegar a la estación de Nuevos Ministerios en menos de cuarenta minutos.
Además, un buen paseo tal vez fuera el mejor bálsamo para sus padecimientos.
Cuando llegó a su destino, se dirigió a la única cafetería abierta. Lo primero que hizo en ella fue enchufar el teléfono. Saltaron varios mensajes, entre ellos el de Lucía, el más importante: «He comprado un billete para ir mañana a Madrid. Llámame cuando puedas».
Pasó media hora recargando la batería del móvil, bebiendo cafés negros y comiendo un abominable bocadillo de pan gomoso y salchichón con sabor a plástico.
Para su desgracia, comprobó que el tempranero desayuno había acabado con más de la mitad de su presupuesto.
Sin la tarjeta de transporte, se hacía difícil calcular sus próximos pasos sin la inevitable visita a su domicilio para buscar más dinero.
Aunque el teléfono no había terminado de cargarse completamente, fue suficiente para leer con calma los múltiples wasaps, llamadas de teléfono y SMS que había recibido de Lucía.
Aparte de todos los intentos de su ex para saber de su paradero, el periodista descubrió dos mails de la productora: en uno le informaban de que no contarían con él para próximas colaboraciones, y en otro, del departamento jurídico, le avisaban de las posibles consecuencias legales de sus declaraciones en caso de que se interpusiese alguna denuncia contra la cadena.
También había un tercero, esta vez de su periódico, anunciándole que «su contrato quedaba suspendido».
Entre las llamadas perdidas encontró varias de sus padres y hasta un par de su hermano, con el que no hablaba desde hacía meses.
El desastre planeaba por encima de su cabeza.
El hombre que ocupaba la mesa de al lado se levantó y se acercó para dejarle el ejemplar de El País del día, que despuntaba abierto en las páginas centrales, donde aparecía Javier con cara de loco gesticulando debajo de un titular que decía: «Un espectáculo bochornoso, ¿dónde están los límites en la televisión actual?
». En media página de periódico se condensaban más descalificaciones hacia su persona de las que había recibido en toda su vida hasta entonces.
Adjetivos como «mentiroso» y «farsante» se repetían dentro del texto.
Lo más curioso era que todos los ataques se focalizaban en él, mientras que el autor del artículo llegaba a exculpar a Lisandro.
En el último párrafo, el plumilla alababa el buen juicio de las colaboradoras de Lisandro, especialmente de Esther Campillo, para descalificar las «estrafalarias teorías conspiranoicas del infame periodista Javier Redondo».
Peor incluso era la columna de opinión de la página siguiente. Allí, la pluma más afilada y transgresora del periódico se encargaba de hacer trizas a Javier. Con leer la mitad le resultó suficiente para hacerse una idea de la clase de lindezas que debía de estar diciéndose de él.
Hizo recuento del dinero que le quedaba y desechó la idea de gastar sus pocos recursos en conseguir más prensa.
De repente se acordó de que en su nueva adquisición también podía leer las noticias.
Aunque seguía siendo un clásico de la tinta y el papel, no le había desagradado descubrir que podía echar un vistazo a los titulares desde la cama gracias a su iPhone.
Abrió la aplicación de El Mundo y encontró su foto en la portada.
El titular que acompañaba la noticia era escueto, pero bastante descriptivo: «Suficiente».
En el mismo se hablaba de la necesidad de limitar ciertos contenidos —los relacionados con casos de desapariciones y asesinatos— y de regularlos para evitar casos como el de ayer.
En tono editorialista, el artículo denunciaba el circo mediático —en el que también participaban ellos con seis noticias en la edición digital— que se había montado con el caso de Mario y Bruno, y en otros como el de Marta del Castillo o los niños de Córdoba.
Javier tembló al comprobar que habían reservado un lugar preferencial en la página web al artículo de su columnista estrella.
Solo le hizo falta ver el titular, «El imbécil», y leer el primer párrafo, para intuir cómo sería el resto del panegírico.
Desolado, Javier decidió guardarse el teléfono de nuevo en el bolsillo.
Era curioso comprobar cómo en menos de veinticuatro horas todo había dado un vuelco tan espectacular.
Los ojos de los camareros y el resto de los clientes que empezaban a llegar estaban clavados en él gracias al propietario del periódico, que se encargaba de revelar su identidad a cada persona que entraba en el establecimiento.
Ya en la calle, emprendió el camino en dirección a la Castellana con parsimonia.
Todavía era pronto y se imaginaba que sería complicado poder hablar con el inspector Gómez hasta un par de horas después.
Estuvo tentado de llamar a Lucía, pero decidió que antes de hacerlo debía aclarar su situación.
No se trataba solo de hablar con ella para desahogarse, para explicarle que todo había sido una trampa; Javier iba a necesitar a Lucía para cubrirse las espaldas ante lo que pudiese pasar a partir de ahora, y para ello le había enviado algo.
Porque si una cosa tenía clara el periodista era que llegaría hasta el final con todo aquello.
Estaba dispuesto a desenmascarar a los que le habían expuesto de un modo tan salvaje a la lapidación mediática.
Descubrir dónde estaba Severino, si es que realmente se llamaba así, y saber a qué demonios estaba jugando, eran en aquellos momentos sus dos objetivos primordiales.
Para encontrar respuestas a sus preguntas, necesitaba hablar con Gómez.
Este sí que era real. Lo había visto en la comisaría, en su despacho.
Aunque no hiciese otra cosa ese día, debía intentar contactar con ellos. Se merecía que le explicasen por qué le habían mentido. Tenía que llegar hasta la cabeza que había ideado ese plan.