Martes, 14 de agosto de 2012
Todo estaba saliendo mejor de lo esperado.
Bruno había hecho caso a Mario y por el bar donde habían estado celebrando su cumpleaños no se habían pasado ni Nicolae ni Chucky, aunque este último sí que apareció luego en la discoteca.
La única presencia extraña había sido la de Verónica, quien se había mostrado todo el tiempo muy cariñosa, demasiado.
Ella también se había apuntado a la fiesta.
Eran las tres de la mañana y, aunque acababan de llegar a la discoteca, Mario estaba deseando salir de allí para poder rematar la noche con Susana, si es que conseguía quitarse a Verónica de encima.
La siguiente hora transcurrió en un suspiro.
No conseguía estar más de dos minutos seguidos con Susana.
A cada rato, Bruno se acercaba para presentarle un nuevo amigo o amiga, invitarle a otro cubata o llevárselo al servicio para comerse otra pastilla.
Tambaleante y eufórico por la gran cantidad de alcohol y drogas que había tomado, a duras penas consiguió acercarse hasta el lugar donde se encontraba Susana.
Pero justo unos metros antes de llegar allí, Verónica se interpuso en su camino.
A partir de ese momento, todo era una nebulosa en la cabeza de Mario.
Solo tres recuerdos: la sonrisa pícara de Bruno cuando abandonaba la discoteca, la mirada de hielo de Susana y la cara de Verónica, arrodillada en el aparcamiento, mientras le bajaba los calzoncillos.
Parece mentira cómo puede cambiar nuestra vida en apenas unos minutos por haber tomado una decisión equivocada.
Eso era lo que pensaba ahora Mario. Intentaba comprender por qué estaba él allí, por qué estaba también su amigo Bruno y, sobre todo, por qué estaban siendo tan salvajes con ellos.
Después de dos horas de vejaciones, golpes, humillaciones y toda clase de castigos inimaginables, empezaba a perder la esperanza de salir de allí con vida.
Lo que sí hacía era renegar de sí mismo.
Llamarse idiota una y mil veces por no haber sabido parar a tiempo.
Tenía la experiencia de lo que había pasado el domingo y, sin embargo, no había sabido decir que no a Bruno y al resto de sus amigos, que le espoleaban para que bebiese más y esnifase más cocaína.
Era su cumpleaños y no podía renunciar a sus lisérgicos regalos.
Pero ahora no podía retroceder en el tiempo.
Se preguntaba durante cuánto más tendría que aguantar aquel tormento y cuándo acabaría.
Parecía contradictorio, pero junto con el sentimiento de culpa por no haber dedicado la noche a Susana, lo que además seguramente le habría evitado estar en esos momentos en aquel macabro lugar, le venía a la cabeza el intenso y satisfactorio recuerdo de Verónica arrodillada ante él.
Todo lo que vino después no fue en absoluto tan agradable.
Conmocionado por el exceso de sustancias tóxicas, su cabeza seguía sin poder ordenar el relato cronológico adecuadamente.
Verónica se había marchado en cuanto había terminado con su parte.
Mario había estado todavía durante unos minutos ausente apoyado en el coche, en el mismo lugar en el que la antigua reina del instituto le había hecho algo por lo que muchos de sus compañeros hubiesen matado.
Unos minutos después, vio llegar a Nicolae.
Pero lo que nunca imaginó es que el rumano le fuese a soltar semejante puñetazo.
De un solo golpe le derribó como a un muñeco de trapo.
Lo agarró del suelo y lo levantó sin ningún esfuerzo y pasó a golpearlo repetidamente contra la carrocería del Kia.
Una vez noqueado, Nicolae metió a Mario en el maletero.
Después notó un pinchazo, y luego todo acabó fundido a negro.
Varios minutos más tarde, fue Bruno el que apareció en esa parte oscura del aparcamiento, acompañado de Chucky.
Tampoco él podía imaginarse la paliza que iba a recibir en unos instantes.
Bruno no se dio cuenta de que, mientras caminaban riendo, contando cómo habían liado a Mario para que se diese el lote con Verónica, el que creía que era su fiel compinche se estaba ajustando un puño americano en la mano izquierda, y había cogido con la derecha una mini porra extensible con la que empezó a propinarle golpes hasta dejarlo inconsciente.
Nicolae salió veloz del coche para recoger a un ensangrentado Bruno del suelo y hacerle un hueco junto a su amigo en el maletero.
Bruno no consiguió recuperar el conocimiento hasta que llegó a la nave y le empezaron a baldear con cubos de agua helada.
Mario había despertado varios minutos antes de llegar allí, aunque se encontraba tan aturdido que era incapaz de discernir si aquella situación era real o formaba parte de un sueño que pronto iba a convertirse en la peor de sus pesadillas.
Nicolae y Chucky se quedaron fuera de la nave, dentro del coche. Durante un buen rato, ninguno se atrevió a articular palabra. Fue el rumano quien rompió el silencio:
—¿Por qué estás tan serio? Vamos a ganarnos un buen dinero. Y, además, te vas a vengar del imbécil ese de Mario.
—¿Los van a matar?
—No. Pero no lo van a pasar bien esta noche.
—A lo mejor nos hemos equivocado —dijo Chucky—. ¿Y Bruno…?
—Que le den por culo a Bruno. Que les den por culo a los dos. Piensa solo en ti. Si quieres sobrevivir en este mundo, no puedes albergar sentimientos por los demás.
Al poco rato llegó Tony. En la pechera de la chaqueta del chándal podían apreciarse varias manchas de sangre.
—Preparaos un chiflo —les dijo después de cerrar la puerta del coche—. Yo ya no pinto nada ahí dentro.
—¿Qué les están haciendo? —preguntó Chucky.
—Mejor no quieras saberlo. Ha llegado la hora de los monstruos.