La hora de los monstruos Miércoles, 7 de noviembre de 2012
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Miércoles, 7 de noviembre de 2012

Javier llevaba los últimos días montado en una montaña rusa de la que parecía no poder bajarse.

Preparar el programa de la noche le había llevado más tiempo y le había costado más quebraderos de los imaginados.

Aunque el equipo de Lisandro le había dado carta blanca para preparar la historia que iba a contar hoy, él se había convertido en su mayor censor, evaluando con el máximo rigor cada línea de su intervención.

La primera persona de la que iba a ver la reacción ante su investigación iba a ser Lisandro, que le había emplazado a una comida en uno de esos maravillosos restaurantes que el periodista televisivo tan bien conocía.

En esa ocasión tocó probar las bondades de la cocina peruana.

En las últimas dos semanas, Javier había dejado en el olvido todos sus prejuicios gastronómicos.

Lucía no se lo iba a creer cuando su ex le relatase los lugares en los que había comido y los platos que había cenado.

Como ella solía decirle muy bien, Javier era capaz de sobrevivir alimentándose exclusivamente de pan y embutido.

Sin embargo, parecía que ahora le estaba cogiendo el gusto al sashimi y al ceviche.

Pasó un buen rato, durante el cual desfilaron bandejas de diferentes platos típicos andinos (rocotos rellenos, ají de gallina, picante de cuy…) emplatados con un gusto exquisito y cuyo sabor le resultó sencillamente maravilloso, hasta que dejaron a un lado las vaguedades y Lisandro decidió que se dedicasen a los temas que los habían llevado allí.

A Javier le costó situarse, abstraído como estaba con su nueva afición de gourmet internacional.

Había traído un informe, por si acaso Lisandro quería leerlo, pese a que se imaginaba que con hacer un breve esbozo de él sería suficiente.

Sin embargo, su actual jefe se mostró muy interesado en leerlo y dedicó más de quince minutos al texto que le había preparado.

—Muy interesante, Javier. Muy interesante. Como comprenderás, esto es lo suficientemente importante como para que lo revise.

—Por supuesto —respondió el periodista mientras apuraba los últimos restos de comida que aún quedaban esparcidos por las bandejas.

—Confío en ti y en tu criterio, pero ya sabes cómo es el mundo en el que nos movemos: contenciosos legales, acusaciones… No queremos meternos en ningún lío. Esto que has preparado está muy bien. Si te parece bien, voy a llevármelo para discutirlo con el departamento jurídico.

—Sí, claro. He intentado no resultar demasiado sensacionalista, pero es que el material que me han pasado es tremendamente bueno.

—Tienes razón. Por eso quiero que esta tarde repases con Esther y Concha todo lo que pones aquí.

—Me parece bien —dijo un exultante Javier, contento por el trabajo realizado y complacido en esos momentos por los manjares ingeridos y los licores bebidos.

El periodista no cayó en la cuenta de que al final su libertad iba a ser más exigua de lo que parecía inicialmente.

Después, la conversación volvió a los derroteros intrascendentes del principio.

Terminados los postres —en plural—, abandonaron el restaurante para dirigirse a la productora.

Ya no había posibilidad de descanso hasta que saliesen al aire.

Javier lo sabía y, aunque se sentía pletórico, le incomodaba el hecho de estar un poco achispado.

En el beber no podía seguir el ritmo de su compañero de mesa.

La expectación generada auguraba otro gran festín de audiencia.

Como cada día, el programa, después de la breve introducción de Lisandro —quien ya desde el primer minuto se encargó de anunciar que Javier iba a ser el gran protagonista de la noche—, se dio paso a una pequeña película de diez minutos.

Fue ahí cuando empezaron las sorpresas para Javier.

El reportaje se hacía eco de las teorías que Severino le había contado, pero presentadas de una forma tan sensacionalista que en ocasiones rayaba en lo ridículo.

Después de la publicidad, Lisandro retomó la palabra para dirigirse hacia el lugar que ocupaba Javier.

El periodista respiraba a duras penas, como si una piedra de una tonelada le oprimiese el pecho; sus intestinos le reclamaban evacuar con urgencia toda la comida ingerida con tanto deleite en la sobremesa; y su corazón amenazaba con explotar, incapaz de poder controlar la velocidad de las pulsaciones.

—Buenas noches, Javier. Mentiría si dijese que no me he quedado helado con el reportaje que nos has preparado. He de reconocer que, cuando lo vi por primera vez, me asaltó la incredulidad; sin embargo, tú te has mostrado muy convencido con el material que nos has presentado.

—Yo… —Javier no sabía qué decir o qué hacer.

Su cuerpo le pedía salir corriendo y su cabeza no conseguía asimilar la situación que estaba viviendo.

Ante las distintas posibilidades que se le presentaban decidió quedarse con la que le parecía más fácil: seguirle la corriente al argentino—.

Yo pienso que estamos ante una pista importante que puede llevarnos a conocer el paradero de Bruno y Mario y a conseguir desenmascarar a esta red de indeseables y sus crímenes.

La bomba había sido lanzada. A partir de ese momento, no había vuelta atrás para él.

—Javier, ¿eres consciente de que el contenido de esta información es muy fuerte?

—preguntó Lisandro, que no dejó que su interlocutor contestara a su requerimiento—.

Vayamos por partes para que la audiencia pueda seguirnos.

Lo que desvelas en tu investigación es la existencia de una red dedicada al secuestro de adolescentes, principalmente de origen extranjero, ¿es así?

—Sí.

—¿Desde cuándo se estarían produciendo estos secuestros?

—Desde hace más de una década.

—¿Quién y por qué motivo ha llevado a cabo esos secuestros?

—Todo tenía un carácter sexual. Esta red los secuestraba para que participasen en una especie de ritos donde se violaba, torturaba y, finalmente, asesinaba a las víctimas.

—Javier, no dejas de sorprendernos. Esta noche queremos saber más, conocer a los que estaban detrás de esta red, pero antes vamos a tomar un poco de aire y esperar a que nos contestes después de la publicidad.

En esta ocasión, Lisandro sí se acercó a Javier para animarle y asegurarle que lo estaba haciendo muy bien. Javier quería preguntarle por el reportaje, pero decidió dejarlo para más adelante. Después de todo, la cosa parecía que estaba funcionando.

—Antes de marcharnos a los anuncios, dejamos en el aire una pregunta decisiva para poder comprender y entender los hechos que nos plantea nuestro colaborador, Javier Redondo: ¿quiénes cometieron esos horribles crímenes de los que nos has hablado?

—La participación en esas fiestas, esos ritos, no está al alcance de cualquiera. Hay que tener mucho dinero y muchas influencias. Estamos hablando de gente muy importante y con muchas relaciones en el mundo de la política y de los negocios, incluso de la justicia.

Javier continuaba su salto al vacío sin paracaídas.

—Esas acusaciones son muy graves.

—Sí. Pero solo describen lo que ha pasado y puede que siga pasando si no hacemos nada para evitarlo.

—¿Esas personas de las que hablas tienen nombres y apellidos?

—Sí. Y cuando sea el momento, se harán públicos —continuó el periodista, espoleado por la promesa de Severino de entregarle una relación de todos los implicados en la trama: los que participaban en los secuestros, los que acudían a las fiestas y los que se encargaban de evitar que todo se supiera—.

Los nombres de todos los que han tenido alguna relación con estos crímenes.

—Javier, ¿cómo es que nunca se ha sabido nada de esto hasta que tú lo has sacado a la luz?

—Porque no ha interesado. Como te he comentado, hay gente muy poderosa implicada.

—Una última pregunta antes de dar paso al resto de los colaboradores: ¿qué pruebas tienes para afirmar que Bruno y Mario pueden haber caído en las manos de esta red?

—Pruebas no tengo ninguna, pero estoy seguro de que ha sido así.

Desde ese momento y hasta el final del programa, hora y media después, Javier tuvo que aguantar los reproches de Esther, los insultos de Concha y las mofas de Moncho.

Todas y cada una de sus palabras fueron refutadas y sometidas a un examen exhaustivo.

Cuando terminó el especial, la conclusión a la que había llegado la audiencia era clara y unánime: Javier era un fraude.