La hora de los monstruos Domingo, 4 de noviembre de 2012
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Domingo, 4 de noviembre de 2012

En cuanto lo vio al final de la barra, Tony se acercó hasta él para llevárselo a su despacho. Una vez allí, intentó animarle como mejor supo o pudo.

—Aquí estás bien. Tómate lo que quieras y, si te apetece una chica, no tienes más que decírmelo. De lo otro, ni hablar. Gómez te lo tiene prohibido.

Esparza seguía mirando para otro lado, más serio aún que de costumbre. Eso no impidió que Tony le cogiera la cara con las manos.

—Lo has hecho de puta madre. Eres un tío grande, joder. Les has demostrado que los tienes bien puestos —le dijo al oído.

—¡Tú qué hostias sabrás lo que he hecho! —respondió Esparza quitándoselo de encima—. ¿Sabes lo que he hecho? Matar a una puta chiquilla. Eso es lo que he hecho.

—Te has salvado, Jorge, te has salvado. ¿Qué te crees que te habría pasado si no le hubieses echado huevos? Ahora serías tú el muerto. Verónica tenía escrito en la cara que no iba a llegar a los veinte. Mejor así. Que no te haya llevado a ti por delante.

—¿Has matado a alguien alguna vez? —le preguntó Esparza entre sollozos—. Yo sí. A la única persona a la que he querido en este mundo.

Esparza hundió la cabeza en sus rodillas y así permaneció durante un buen rato.

Tony intentó consolarlo como pudo. El nuevo trabajo que le habían encargado (cuidar del político hasta que estuviese limpio) iba a ser ciertamente complicado, pero estaba seguro de que lo conseguiría.

Esparza siempre le había parecido un caballo ganador y estaba convencido de que los esfuerzos de esos días valdrían la pena en un futuro cercano.