La hora de los monstruos Domingo, 4 de noviembre de 2012
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Domingo, 4 de noviembre de 2012

Segundo error en la misión, y ese era más grave que el primero.

Era importante que Javier Redondo no hiciera contacto visual con él, pero el que no podía verle bajo ninguna circunstancia era Severino, y lo había hecho.

Ricardo estaba cabreado. ¿Por qué estaba siendo tan poco precavido?

En el País Vasco, un error como ese le habría supuesto un tiro en la nuca.

Ricardo había coincidido con Severino en la comisaría.

Gómez lo llamó un día a su despacho para darle unos papeles y allí estaba él, con su pinta de abuelo bonachón.

Pero, tras esa fachada, el policía infiltrado sabía que había muchos secretos oscuros, historias macabras en las que Severino y Gómez habían participado en esos últimos años.

Cada vez tenía más claro que aquello no iba a acabar bien.

Ricardo tenía información suficiente para liquidar la red de corrupción de Gómez y, de paso, apuntar más alto y destapar la verdad sobre la desaparición de Bruno y Mario.

Pero sus superiores no lo veían claro y preferían esperar.

Sin embargo, si algo no tenía Ricardo era paciencia.

A su habitual paranoia de que le descubrieran sus antiguos compañeros de ETA —aunque el cese de su actividad terrorista parecía definitivo—, se sumaba ahora que Severino lo reconociera.

No había un solo día en el que no pensara cuando lo llamó su padre para pedirle perdón, para decirle que la había fastidiado.

Ahora todo dependía de él mismo, pero no lo estaba haciendo demasiado bien.

En esos últimos días había sumado una nueva preocupación: Lucía, la expareja de Javier Redondo.

Por lo que había descubierto, el grupo del inspector Gómez la estaba investigando.

Gómez seguía sin confiar en él, pero desde su puesto tenía acceso a la documentación necesaria para anticiparse a sus jugadas.

Ahora solo debía poner un poco más de atención.

«Como cuando estabas en Iparralde, Ricardo, como en Iparralde», se repitió el agente varias veces para adquirir la confianza que necesitaba.