Domingo, 4 de noviembre de 2012
Habían sido demasiadas emociones juntas esos últimos días.
A las cuatro de la mañana se había acordado de que en cinco horas tenía una cita con Severino.
El fulgor de los acontecimientos le había impedido preparar su entrevista con el policía retirado, y la de hoy era la más importante de todas.
Severino debía darle toda la información que le había ido insinuando hasta ahora: Javier necesitaba material de primera calidad para acudir al siguiente programa.
Sin apenas tiempo más que para una ducha rápida y un afeitado a toda velocidad, Javier tuvo que preparar sus notas durante el viaje en metro.
Las tripas le rugían, pero decidió esperar hasta llegar a la cafetería para dar buena cuenta de unas porras como las de la última vez.
Cuando llegó hasta el bar vio su gozo en un pozo: Severino le estaba esperando fuera esta vez.
Su rostro era más serio que de costumbre y con un gesto le invitó a que le siguiera en dirección al parque que se encontraba en la otra acera.
—Hablemos mejor allí —dijo con tono seco.
Durante diez minutos, que a Javier le parecieron diez horas, caminaron hasta el interior del parque, donde finalmente se sentaron en uno de los bancos. Pasó un buen rato hasta que Severino se decidió a hablar:
—Pensé que podía confiar en ti, hijo —dijo, desvelando así el motivo de su esquivo comportamiento de esa mañana.
—Perdona… No te entiendo —le respondió Javier.
—Te dije bien clarito que ese material no se podía utilizar. Y tú lo has hecho delante de toda España.
—Pero no he dado ningún dato concreto; no hay nada que te comprometa…
—Y un cojón, hijo. A la media hora de montar tu numerito, ya me estaban llamando para saber qué te había contado. El inspector Gómez está que se sube por las paredes.
—Pero… no entiendo nada. Fue él quien me animó a hablar contigo. De hecho, me dijo que tú me prepararías para el programa —dijo un Javier estupefacto.
—Pues no lo debí de hacer muy bien, porque tú vas ahí y te pones a largar como si estuvieses hablando de las amantes de un torero.
Pensaba que sabrías administrar la información.
Te lo dejé claro: unos titulares, un poco de aquí y de allí, pero sin decir nada concreto.
Y vas tú, con tus santos huevos, y te pones a contar lo de la red de secuestradores de menores.
Y no lo haces una vez, sino quince. En todas las putas televisiones y radios de este país.
El tono de voz de Severino cada vez era más amenazante, nada que ver con el empleado por el policía retirado en las anteriores ocasiones.
—Lo siento… Yo pensaba que… —replicó Javier hecho un manojo de nervios.
Hasta el hambre se le había pasado del susto que tenía ahora en el cuerpo. Él, que se esperaba una efusiva felicitación por su intervención, veía cómo a su fuente se le llevaban los demonios por haber confiado en él.
—Tú no tenías que pensar nada. Eso era material clasificado. Te lo dije, coño. Te lo dije.
Pasaron varios minutos sin que ninguno de los dos articulara palabra. Severino, en su lado del banco, tenía la mirada perdida en la dirección opuesta a Javier, que se sujetaba la cabeza con las dos manos en un claro gesto de lamentación.
—Sé que no lo hiciste a mala leche, hijo. Pero entiéndeme: me has dejado con el culo al aire. A mí y al inspector Gómez.
—Lo siento —fue lo único que acertó a balbucear Javier.
—¿Por lo menos no habrás dado a ninguno de esos cabrones del programa nuestros nombres?
—No. Claro que no. Nadie sabe quién eres. Y del inspector Gómez tampoco he hablado, aunque Lisandro sí que le conoce, claro.
—Lo de Lisandro está controlado. Gómez y él son viejos conocidos. Lo que me preocupa es que alguien de su equipo sepa de dónde sacaste la información. Esa gente no tiene escrúpulos. Son como ratas. Venderían a su madre por un buen reportaje.
—Puedes estar tranquilo. Te juro que no se lo he contado a nadie. De hecho, ni siquiera le he hablado de ti a Lisandro.
—Eso está bien —dijo el expolicía apoyando la palma de la mano en la rodilla de Javier.
Su tono áspero del principio iba derivando a la acostumbrada jovialidad de las otras reuniones.
Severino le hizo ademán para que se levantasen. Javier le siguió sin preguntar su destino.
—¿Has desayunado? No me lo digas. Lo intuyo con esa mala cara que tienes. Vamos a acercarnos a por unos bocadillos al quiosco que hay un poco más adelante. Lo que tenemos que hablar prefiero que lo hagamos aquí, al aire libre. Pero tampoco es cuestión de que te me desmayes.
Después de comprar su almuerzo se dirigieron de nuevo al centro del parque a sentarse en un banco cerca del que habían estado al principio.
No habían podido volver al mismo porque estaba ahora ocupado por un corredor, un joven moreno con una gorra de los Chicago Bulls.
El periodista estuvo a punto de comentarle a Severino lo mucho que le sonaba la cara de ese joven, pero tenía demasiada sed.
El bocadillo de Javier no llegó intacto hasta su nueva ubicación.
En cuanto se sentó, abrió la lata de Mahou y la apuró en dos tragos.
Su gesto le recordó a los yonquis que andaban siempre junto a la boca del metro de su barrio.
Los mismos que solía encontrarse en el Carrefour Express gastando parte de la colecta del día en varias latas de la cerveza más barata del supermercado.
—Si llego a saber que estabas así de hambriento y de sediento, te habría pedido ración doble, hijo.
—Así está bien, no te preocupes. Es que estos días me están matando.
No he juntado diez horas de sueño en toda la semana.
Me paso todo el día en restaurantes de postín, comiendo a todas horas.
Cada dos horas hay alguien de catering que trae una caja llena de fritos, embutidos y canapés variados para que piquemos.
Además, creo que he bebido más de lo que estoy acostumbrado y esto también me está pasando factura.
—Bueno, tú eres joven. Si no puedes hacer excesos ahora… Aprovéchate. Mírame a mí: tomándome una cerveza a escondidas como si fuera un colegial. Si se enteran las monjas de la residencia, me excomulgan. —Rio Severino con ganas.
—No creo que sea para tanto —dijo alegre Javier, sumándose a las carcajadas de su compañero.
—Bueno, al lío. Hay que solucionar este fregado que has montado. Lo más importante es que nadie sepa de nosotros, ni de Gómez ni de mí.
—Entendido.
—El próximo miércoles, todo el mundo estará pendiente de ti y de lo que vayas a contar.
El problema es que si no sigues adelante con tu historia de la red de pederastas, perderás todo el crédito que has conseguido.
Nadie espera otra cosa que no sea un relato detallado de lo que han hecho.
Da igual si tiene o no relación con la desaparición de esos dos niños: tu historia ha eclipsado la suya.
—¿Y qué voy a hacer?
—Contar la verdad.
—Pero si tú has dicho que eso no se podía saber.
—No se podía, pero ahora sí. En cierta manera, me alegro de lo que hiciste. Siempre quise que esto saliese a la luz algún día.
—Pues entonces con los papeles que me diste no es suficiente.
—No, no lo es, Javier. Pero ya no va a haber más papeles.
Todo lo que vas a tener es lo que te voy a contar en la próxima hora.
A partir de ahora estarás solo. Nadie te va a apoyar.
Ni yo, ni mucho menos Gómez. Y esta vez no puedes fallar.
Debes ser hábil manejando la información.
Si eres inteligente, serás más importante por lo que calles que por lo que digas.
No podrás mencionar fuente alguna, ninguno de los datos que aportes podrá ser contrastado porque es información reservada.
—En otras palabras, tengo que saltar sin red.
—Yo no lo habría dicho mejor, hijo.
—¿Y si la cosa se tuerce? ¿Si la policía me interroga y me pide saber de dónde he sacado toda esa información?
—Pues calladito. Aunque más que a la policía, a quien tienes que temer es a los abogados de la productora.
Ellos te apretarán más las tuercas si la cosa se pone fea.
Te echarán a los leones sin contemplaciones.
¿Te acuerdas de todos esos papeles que has firmado?
Eres su esclavo. Y si la cosa se tuerce, como dices, y piden una cabeza, no dudes que será la tuya la que entreguen.
Un sudor frío empezó a recorrer el espinazo de Javier.
El enfado de Severino de hacía una hora era un asunto baladí comparado con el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Y pensar que unas horas antes se creía el rey del mundo.
Solo con pensar en el próximo miércoles se le revolvía el estómago.
Durante más de cuarenta minutos, Severino le fue desgranando todo lo que conocía de los secuestros en las últimas décadas de adolescentes magrebíes, subsaharianos y de los que no eran ni una cosa ni la otra.
Le informó del misterioso hombre que aparecía mencionado en todos los expedientes.
Javier se quedó helado cuando Severino le reveló la información censurada sobre el misterioso sujeto en el expediente que le había dado la semana pasada.
Javier intentó tomar notas de todo en su Moleskine y comenzó a elaborar el guion de lo que contaría el próximo miércoles en la televisión.
Ya fuera del parque, sin Severino, volvió a ver al joven de la gorra del equipo de baloncesto del mítico Michael Jordan.
Había algo en él que le había llamado la atención.
Entre tanta conspiración y expediente secreto, empezaba a ver fantasmas por todas partes.
Estaba como loco por volver a casa para dar forma al relato del policía jubilado.
Minutos más tarde, estuvo a punto de recordar de qué le sonaba aquel chico, pero, una vez más, su rostro volvió a sumergirse en los recuerdos perdidos de su subconsciente.