Jueves, 1 de noviembre de 2012
Las cosas deberían haber sucedido de otra forma, pero Esparza no tuvo valor para hacerlo él mismo.
Pero lo importante es que había cumplido con su parte del trato.
El «cómo» a Gómez le tenía que dar igual.
Así que tomó aire y siguió adelante con el resto del plan, sin permitirse pensar en Verónica.
Antes de esto, creía que estaría triste, hundido, arrepentido; sin embargo, ahora solo sentía un gran alivio.
Y eso, en el fondo, le preocupaba. Se subió al coche y condujo hasta casa de sus padres. Había llegado la hora de pedir perdón.
—Soy yo —dijo Esparza con voz titubeante respondiendo a su madre en el portero automático.
Se hizo entonces un silencio de varios segundos que le dieron la impresión de horas. Después, el sonido agudo del timbre se convirtió en una invitación a regresar a su hogar.
El antiguo político salió del ascensor con cara compungida y con alguna lágrima cruzándole el rostro.
Comprobó que la puerta del servicio estaba abierta.
Timorato, se encaminó al interior de la que había sido su casa.
La cocina estaba a oscuras, pero consiguió divisar la cara seria de su madre, que estaba sentada en un taburete.
Hacía solo un par de años que no la veía, pero por lo ajado de su rostro le dio la impresión de que hubiesen pasado muchos más desde su último encuentro.
Aquella fatídica noche en que, a empujones y puñetazos, su padre y su hermano le echaron del piso.
Se sentó en la silla que estaba libre, a un metro escaso de ella. Un nudo en la garganta le impedía hablar. Tampoco tenía muy claro qué decir en esa situación, así que empezó con lo único que se le ocurría que debía hacer: disculparse.
—Lo… siento… —dijo con voz ahogada.
Su madre permaneció en silencio, un silencio que él volvió a romper un par de minutos después.
—Lo siento mucho, mamá. Sé que no os merecíais todo lo que os hice pasar. Fue horrible —argumentó un renacido Esparza, que hablaba ahora con tono firme y decidido.
Se sentía espoleado por la idea de una posible reconciliación. Si su madre le había abierto la puerta, pese a mostrarse ahora distante y callada, eso significaba que había una oportunidad para que las cosas volviesen a ser como antes.
—Sé que os he hecho mucho daño —continuó hablando Esparza con voz confiada—. Por eso estoy aquí, para disculparme y para deciros que todo eso va a cambiar. La pesadilla ha terminado para todos. He tocado fondo. Ahora lo único que quiero es que me dejéis estar en casa.
—¿De verdad piensas que queremos que vuelvas a nuestra casa? —le interrumpió su madre en un tono cortante.
—Soy consciente de que no va a ser fácil que me perdonéis, pero las drogas se han acabado y… —al hablar de ella le volvió a fallar la voz, como al principio de la conversación— Verónica, también. Hace semanas que no la veo. Todo ha terminado entre nosotros.
—Así que la zorra esa decide dejarte y vienes directo aquí arrepentido a pedirnos clemencia. ¡Tan poco te quieres, Jorge! ¿No te queda un ápice de dignidad?
—Mamá…
—No me llames «mamá». Si vuelves a hacerlo, te marchas por la misma puerta por la que has entrado.
—Es cierto. Ya no estoy con ella —casi gritó Esparza—. Fui yo el que decidió terminar la relación. Quiero curarme. Soy un enfermo y necesito ayuda. Por eso estoy aquí: para pedírsela a mi familia.
—Cuando estabas con esa zorra, tu familia te importaba una mierda. ¿Por qué ahora tengo que creer que va a ser distinto? Y si mañana vuelve a llamarte, ¿quién me dice que no saldrás corriendo tras ella como un perrito faldero? ¿Te importará entonces tu familia?
—Mamá…, créeme: ha terminado para siempre. Verónica está muerta.
La madre salió de la penumbra en la que estaba protegida y aproximó el rostro al de su hijo.
Su rictus cambió al oír las noticias de boca de su vástago.
Si eso era verdad, si esa chica estaba muerta, todas sus plegarias habían sido escuchadas por fin.
Todas sus noches de desvelo deseándole un amargo final habían tenido sentido.
—¿Es eso cierto? —le preguntó con lágrimas en los ojos.
Esparza asintió con la cabeza. Ambos se fundieron en un abrazo.
—¿Puedo quedarme aquí esta noche?
—Esta es tu casa —le contestó su madre entre lágrimas.
—¿Y mi padre? ¿Qué dirá de esto tu marido? ¿Qué dirá de esto?
—Cuando sepa que esa zorra está muerta, se echará a tus brazos como lo he hecho yo.
Yo hablaré con él, no te preocupes por nada.
Pero… —la madre suspiró levemente y continuó con voz seria— con eso no basta.
Sabes que has hecho mucho daño a mucha gente.
Al primero de todos, a ti mismo. Sé que sigues drogándote, eso no me lo puedes negar; y también que estás alcoholizado.
Tu misión es estar limpio, y yo me encargaré del resto: tu familia, tus amigos, incluso puede que se arregle lo de tu carrera política.
—Por eso último no te preocupes. Me deben muchos favores y ha llegado la hora de empezar a cobrarlos.
—Pero si no dejas las drogas, su muerte no habrá servido para nada. Te necesitamos bien, cariño —le dijo su madre mientras le acariciaba el pelo, como cuando solo era un niño en busca de refugio.
—Lo tengo todo pensado. Hace seis meses estuve a punto de dar el paso, pero al final… me faltó el valor. Hay una clínica en Suiza. He visto su web y tiene una pinta estupenda. Además, conozco la zona. No está lejos de Zúrich. A treinta kilómetros de la escuela donde hice aquel máster. Pero…
—Por el dinero no te preocupes, Jorge. Lo que quiero es que vuelvas limpio.
—Solo me hará falta una parte, el resto lo pongo yo. Y luego… en unos meses o así podré devolvéroslo. Bastante habéis sufrido ya por mi culpa.
—Te he dicho que no te preocupes por el dinero. Eso sí, hijo mío. Si vuelves a caer, será la última vez. Porque, entonces, seré yo la que apriete el gatillo.
Jorge sabía que su madre no bromeaba.
—¿Y lo de Verónica no te va a traer problemas?
Su hijo negó con la cabeza.
—Una yonqui muerta de sobredosis. No hay nada que investigar.
Esparza había pensado en un primer momento encargarse él mismo del asunto, tal como le había ordenado Gómez, pero no tuvo agallas suficientes para hacerlo.
Lo que sí hizo fue quedarse dentro de la caseta mientras le clavaban la aguja.
Todo fue sencillo, mucho más fácil de lo que había imaginado.
Verónica necesitaba un pico y no puso ningún problema para subirse al coche de aquel camello.
Solo necesitaba otro chute más, qué más daba dónde conseguirlo.
Jorge ayudó a calentar la cucharilla y preparó la jeringuilla, pero no se atrevió a pinchársela a Verónica.
Con las dosis que se había metido ella en el coche, estaba medio adormilada y habría sido sencillo, pero no quería tener aquello en su conciencia.
Así que les dejó hacer a Paco y a su novia.
Solo tuvo que pagarles mil euros a cambio.
Y hasta se encargaron de dejar su cuerpo en la cuneta.
Ni siquiera sintió nada cuando comenzó a convulsionar.
Para poder vivir él, Verónica debía morir.