Jueves, 1 de noviembre de 2012
Nicolae se había pasado toda la noche en vela. Estaba muy jodido. Pero tenía claro que si no colaboraba, lo estaría aún más.
Después de darle muchas vueltas, y tras una noche sin dormir, solo podía haber una conclusión: debía aceptar el trato e intentar que este fuera el mejor para sus intereses.
Durante la vigilia volvieron a asaltarle sus recuerdos de infancia.
Una vez, un español le había preguntado si a los rumanos les compensaba venir aquí a pasar miserias, y él le había contestado que aquí no se pasaban miserias, que el rumano más pobre de España vivía como uno rico en Rumanía.
Además, en su caso, todo lo que tuviera que ver con su antiguo país le producía una especial repulsión.
Al desarraigo y la falta de nostalgia por una nación en ruinas se unían sus dramáticas infancia y adolescencia.
Los dos horribles meses vividos en el orfanato.
Las palizas de los policías, que lo habían detenido hasta en cuatro ocasiones.
El reformatorio en el que había pasado un año y todo el clima de violencia en el que se crio hasta que cumplió los veinte y se vino a España hacía más de una década.
Aquí, ser un delincuente era algo de lo más divertido y satisfactorio; allí, era una continua guerra contra todos: la policía, las bandas rivales y sus propios compañeros de fechorías.
En cualquier esquina te esperaba una buena tanda de puñetazos, un golpe en la cabeza con una porra o un navajazo en la espalda.
Por primera vez desde que había ingresado en prisión, se puso a realizar sus ejercicios.
Todavía quedaba hora y media para el desayuno y, para él, esa era la mejor manera de dejar pasar el tiempo hasta entonces, además de la mejor medicina para ahuyentar sus demonios y tener la mente ágil para lo que iba a venir.
Justo después de terminar la última tanda de flexiones, se abrió la puerta de su celda. Era uno de los funcionarios, que venía a comunicarle que en media hora pasarían a buscarle.
Nicolae subió a la furgoneta, en la que le esperaba su abogado.
—Hola, chaval —le saludó el hombre.
Pese a que estaban a las puertas del invierno, el sudor, aunque no de forma tan copiosa, estaba tan presente en su rostro como en las otras ocasiones.
—Hola —respondió de forma escueta Nicolae mientras subía al vehículo.
—Al juez le ha salido otra cosa y quiere verte antes de lo previsto. Esta gente no descansa. La jodida crisis va a acabar con nosotros. Tienes que hacer el doble que antes, pero cobrando la mitad.
Fueron apenas cuarenta y cinco minutos de trayecto en los que, después de las primeras palabras, no hubo más conversación hasta que llegaron a su destino.
Nicolae no tenía muy claro dónde se encontraban ahora.
En algún momento había estado tentado de comentar adónde iban exactamente, pero se guardó la pregunta para sí mismo.
En definitiva, a él qué más le daba. Lo único que le importaba era que el trato fuera bueno y que pudiera estar de vuelta en la prisión para la hora del almuerzo.
Tenía que empezar a actuar con el pragmatismo que tan buenos resultados le había dado en esos últimos años.
Recorrió los escasos veinte metros hasta el acceso al ascensor, flanqueado por los dos policías que le custodiaban y precedido por su abogado, que hacía lo que podía para ir delante de ellos entre jadeos.
Definitivamente, aquella bola de grasa era todo un candidato a una muerte por infarto.
Ni siquiera su tío, que pesaba lo suyo, estaba en unas condiciones de movilidad tan penosas.
Las sospechas de Nicolae empezaron a confirmarse: no estaban en ningún juzgado.
Debía jugar bien sus cartas para salir de allí vivo.
Le metieron en una sala oscura con una mesa y dos sillas como todo mobiliario.
Le sentaron en una y le dejaron allí solo, esposado al respaldo, durante media hora.
Nicolae intentó concentrarse en cosas bonitas, en pensar en todo lo que haría cuando saliese de nuevo a la calle: comerse un buen filete, beberse una cerveza helada y, por supuesto, pasarse un día entero follando en el club en el que acababa siempre sus noches los fines de semana.
Por fin, la puerta se abrió: por el momento no había ni rastro de su abogado.
Confirmado: aquello no era el juzgado. No sabía qué estaba pasando, pero aquello no pintaba nada bien.
Dos hombres que no podían negar su profesión entraron en la estancia.
Enseguida, Nicolae creyó adivinar quién haría de poli bueno: el mayor, un afable y rechoncho agente con pinta de estar cercano a la jubilación.
Y también quién se encargaría de apretarle las tuercas: el oficial más joven, aunque estuviese más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, con cara de malas pulgas y que no podía disimular bajo ninguna máscara su enfado con el mundo, y en particular con Nicolae.
Como era previsible, fue este último el que empezó a hablar:
—Parecías más listo en las fotos. Así, al natural, no eres más que otro rumano paleto que se ha pasado la vida entre cabras. —El policía se acercó a Nicolae para olisquearle la cabeza—. Sí, joder, a eso es a lo que hueles: a mierda de cabra —dijo mientras soltaba una gran risotada.
El otro, el que se suponía que era el bueno, guardó silencio.
Los miraba con aire despreocupado sin haber cambiado la expresión del rostro desde que se había sentado al otro extremo de la mesa, atusándose su abundante bigote canoso.
De forma pausada sacó un cigarro del bolsillo.
Nada le podía apetecer más a Nicolae en aquel momento que fumarse uno para relajar toda la tensión que se estaba generando en torno a él.
—¿Qué? ¿Al señorito le apetece un pitillo?
Pues claro, aquí estamos para servirte, paleto.
—Le pidió tabaco con un gesto a su compañero, y en el mismo momento en que Nicolae acercaba la cara para recogerlo con los labios, de un rápido movimiento le estampó la cabeza contra la superficie de la mesa y luego le frotó el cigarro por la cara hasta que este quedó reducido a un montón de briznas y pedacitos de papel—.
Pero ¿qué hostias te has creído? Aquí ni fumas, ni bebes ni cagas sin que lo diga yo.
¿Entendido? —le espetó mientras le sujetaba con fuerza del cuello—. ¿Me has entendido, paleto?
Nicolae aguantaba como podía para no abalanzarse sobre él y sacar a relucir toda su furia.
Pese a estar atado a la silla, si se acercaba lo suficiente podía derribarle de un cabezazo.
Estaba convencido de que podía tumbarlo de un solo golpe, pero algo en su interior le decía que aquel gesto no era lo más inteligente que podía hacer; debía esperar, de momento le estaban probando.
Nunca había tenido tantas ganas de volver a ver la enorme figura de su abogado.
—Sí. Entendido —respondió como pudo, intentando liberar los labios de la fría formica.
—No se te oye una puta mierda.
—¡Sí! —gritó con fuerza esta vez Nicolae—. ¡Lo he entendido!
El inspector Gómez se echó entonces para atrás mientras se remangaba la camisa y se subía los puños hasta los codos. Severino seguía observando la escena sin decir palabra, aspirando humo de forma indolente.
—Bueno. Pues ahora que ya nos conocemos todos, vas a empezar a cantar. Porque tú estás aquí para eso, para cantar y contarnos todas las cositas que sabes: las del cabrón de tu hermano y las de los que te contrataron para darles una vuelta a los chicos.
Severino sacó su paquete de tabaco y se lo acercó junto con el mechero.
—Ahora ya puedes fumar. ¿Ves como es sencillo?
, solo tienes que hacer lo que te decimos y todo irá rodado.
—El policía más joven, que seguía ejerciendo de portavoz, le puso el pitillo en los labios y se lo encendió—.
Sabemos que lo de tu hermano es un marrón que te vas a comer porque sí, porque le tienes miedo y porque no te quedan más cojones.
Lo que tienes que comprender es que no le debes nada.
Si no fuera por él, ahora estarías por ahí tan tranquilamente dedicándote a tus asuntillos de poca monta, cosas que a nosotros no nos molestan demasiado.
Si estás aquí es por su culpa. No le debes nada. Créeme.
Nicolae le miraba fijamente sin pestañear, apurando las caladas, degustándolas como si fuera el mejor cigarro que hubiese fumado en su vida. Ahora era él quien tenía que ponerlos a prueba.
—Quiero ver a mi abogado. Y al juez. Esto no es lo que me prometieron —dijo tratando de poner la expresión más seria y adusta posible.
—Como sigas tocándome los cojones, te voy a dar una santa hostia que te voy a dejar la cara del revés.
Aquí mando yo, y tú —le dijo mientras le golpeaba repetidas veces con su dedo índice en el pecho— vas a contarnos ahora todo lo que sabes: tanto de las historias de tu querido hermano como también de lo que pasó aquella noche, que de eso me han asegurado que tú sabes más de lo que dices.
Pero vayamos por partes, campeón, y deja ya ese gesto de tío duro —le ordenó a Nicolae mientras le apretaba con fuerza la mandíbula con la mano.
—Deja al chico, que lo estás poniendo nervioso —dijo su compañero.
—¡Joder! Has hecho hablar a mi compañero y todo. Él, que es un tipo silencioso al que solo le gusta mirar —comentó mientras apartaba la mano de la cara de Nicolae.
—Aquí solo estamos nosotros. Luego vendrá tu abogado, y con un poco de suerte te llevarán en un rato a ver al juez, pero primero debes contárnoslo todo a nosotros.
No tenemos prisa, tómate tu tiempo, fúmate los cigarrillos que quieras, pero tienes que hablar, chaval.
Si no colaboras, tu futuro puede ser muy negro.
Ya sabes cómo se las gasta Florian, y el otro asunto…
, para qué nos vamos a engañar: eso es un tema muy jodido, hijo —le comentó Severino.
—Pero yo no he hecho nada, se lo juro. Yo no he hecho nada. ¡No tenía que estar allí! —gritó Nicolae intentando ponerse en pie.
Sin embargo, le resultó imposible: estaba esposado y, como había podido comprobar, la silla en la que se sentaba estaba anclada al suelo.
—Joder. Eso no lo había oído nunca. Pero no es lo que tú hayas hecho, es lo que tú sabes. Ahora estate tranquilito y comienza a hablar de una puta vez, que yo también me estoy empezando a cansar de tanta tontería, chaval. Y aunque me veas más tranquilo, a lo mejor tengo menos paciencia que él.
—Tienes suerte de que seamos unos policías tan educados —le dijo Gómez.
—Y tú cállate la boca y deja que se explique. Empecemos. Primero, cuéntanos lo de tu hermano. ¿Desde cuándo lleva usando tu identidad en España?
—Desde que llegó aquí.
—¿Cuándo fue eso?
—En el 99 o así. Él vino primero y yo llegué al poco tiempo, en el verano de 2001.
En Rumanía ya la había usado para librarse de un intento de asesinato y por eso tuve que marcharme de allí.
Físicamente, nos parecemos bastante y solo nos llevamos año y medio.
Además, él consiguió que le hicieran un pasaporte a mi nombre para poder salir de Rumanía y venir a España.
Y aquí lo utilizó para conseguir la residencia.
Somos dos personas utilizando la misma documentación.
Sería gracioso si no fuera porque ahora yo estoy acusado de un montón de crímenes, y él está fuera, en la calle.
—Joder con la familia —dijo el inspector entre risas—. Pero, entonces, hay una cosa que no entiendo, ¿por qué te detuvimos a ti y no a él?
—Cada vez que le arrestaban, él daba mi identidad.
Al día siguiente salía de la comisaría y no se presentaba al juicio: más problemas para mí.
En los últimos años consiguió que se olvidara su asunto de Rumanía y pudo hacerse un pasaporte con su verdadera identidad y, a partir de ahí, la residencia.
Para robar es Nicolae y para la buena vida que lleva es el respetable Florian.
Un empresario extranjero de éxito, vecino ejemplar de una urbanización de lujo y colaborador habitual de varias asociaciones benéficas que trabajan con inmigrantes.
—Pero vamos a ver, chaval, y sabiendo tú todo eso, ¿por qué no te cubriste las espaldas de alguna forma?
—Aquí la policía no es como la de mi país.
Nunca he tenido miedo de que me pillaran.
Sabía lo que hacía Florian, pero no me preocupaba en exceso.
Mientras no matase a nadie, nunca iban a ir a por mí.
El problema fue con el vigilante ese. Su mujer salió en muchos programas de televisión.
Así que hablé con mi hermano, pero él me aseguró que no pasaría nada.
Había hablado con su abogado y no podían hacerme nada.
—Pues ya ves dónde estás. Si al final no sois tan listos como os creéis…
—Vamos a ver cómo arreglamos esto. Según pone aquí —dijo el policía más viejo esgrimiendo un informe policial—, estás acusado de diez robos, dos de ellos con fuerza e intimidación, una agresión y un intento de asesinato.
Resumiendo: solo te han pillado con las manos en la masa dos veces; bueno, a tu hermano, que se identificó como Nicolae Illiescu.
Del resto no se puede probar nada: no hay huellas, lo cual te beneficiaría si las hubiésemos conseguido; solo un testigo que está en una silla de ruedas y apenas puede decir un par de palabras coherentes; y una serie de pruebas muy circunstanciales.
Eso es lo bueno de todo esto. Pero lo malo, lo malo es muy jodido, chaval.
Tienes a los políticos pidiendo cabezas.
Están hasta los huevos de leer en los periódicos lo de todos esos robos, y el caso del vigilante ha sido la gota que ha colmado el vaso.
—Resumiendo: lo tienes muy jodido, Nicolae.
Pero aquí estamos nosotros para ayudarte —le dijo el inspector Gómez—.
Te voy a explicar lo que vamos a hacer. En una hora estarás en los juzgados, te declararás culpable de los dos robos que te van a cargar, el juez fijará una fianza que se pagará y todos tan contentos.
—Pero ¿y lo del guardia jurado…? ¿Qué va a pasar con eso?
—Cuando pregunten por ese tema, tú estarás ya fuera. A partir de ahí se encargará de ti mi compañero. No te despegues ni un centímetro de él en las próximas veinticuatro horas. Nosotros cuidaremos de ti.
—¿Y quién va a pagar esa fianza?
—Esa información a ti no te interesa. Ya hablaremos de eso y de lo que pasó con esos dos chicos. Pero no pongas esa cara: todo tiene solución, paleto.