La hora de los monstruos Miércoles, 31 de octubre de 2012
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Miércoles, 31 de octubre de 2012

Lucía, sentada frente al televisor, se disponía a tragarse la tercera entrega del especial sobre la desaparición de Mario y Bruno.

La insistencia de Javier para que viese el programa la liberaba del sentimiento de culpa que la embargaba cuando se descubría consumiendo ese tipo de televisión.

Sabía que iba a verlo de todas maneras, pero de esa forma no tenía que justificarse.

Además, tenía que confesar que se sentía realmente intrigada por descubrir de qué manera participaba su ex —todavía le costaba mucho verlo así, pensar en Javier como pasado— en el circo mediático de Lisandro.

Se le hizo muy extraño que, después de una hora de programa, apareciese en pantalla el rostro de Javier, la persona con la que había compartido los últimos años de su vida.

Le emocionó verlo en la televisión, pero, como al resto de la audiencia, no le quedó muy clara la historia que contó de la red de pederastas.

En cuanto empezaron los ataques a Javier, Lucía desenfundó su iPhone para comenzar a criticar a los colaboradores del programa en Twitter.

Sin embargo, la tragedia que estaba a punto de producirse en otro punto de la capital hizo que, pese a la gran repercusión que había tenido el especial, enseguida se viese desplazado por las espeluznantes noticias que empezaban a conocerse.

La triste noche de Halloween de ese año en Madrid hizo que las revelaciones de Javier se diluyeran en la inmensidad de internet en unas pocas horas.

El Madrid Arena estaba lleno de jóvenes que querían bailar al ritmo de Steve Aoki; lo que no sabían era que el aforo de la fiesta se superaba en miles de personas y que no había medida de seguridad alguna para evacuar el recinto y trasladar a los heridos que se iban a producir durante la avalancha.

Tres chicas murieron esa noche y otras dos lo hicieron en las semanas siguientes.

La gente dejó de buscar en Twitter a Javier Redondo y comenzó a teclear el nombre de Miguel Ángel Flores, el empresario que había organizado aquella macabra fiesta.

Lucía apagó el televisor y decidió retirarse a descansar de la dura jornada.

Hay días en que no pasa nada y otros en los que ocurre todo.

El de hoy había sido uno de los últimos.

Si la noche había estado llena de revelaciones para Lucía, la tarde no lo había sido menos.

Contra pronóstico, la reunión con su hermano y su cuñada había sido más fructífera de lo esperado.

Sobre la mesa había muchos temas que tratar y muy pocos en los que estuviesen de acuerdo.

Ambos habían llevado a sus respectivos abogados.

Cuando su hermano la avisó de que le acompañaría el suyo, ella decidió que no podía acudir en desventaja.

De repente recordó que Estefanía, una de sus mejores amigas del instituto —por no decir la única—, había estudiado Derecho.

Aunque no habían conservado el contacto de una forma continuada, Lucía sabía que trabajaba en un despacho de abogados en Burgos.

Así, ese lunes habían quedado para comer. Estefanía era una de esas personas que hacían fáciles los reencuentros. Aunque hubiera pasado mucho tiempo desde el último café y el paso de los años hubiese socavado la confianza de antaño.

Después de evaluar los papeles de la herencia y repasar el estado de las cuentas de la empresa familiar, Estefanía le aconsejó llegar un acuerdo.

Un trato que la alejase lo máximo posible de la ruinosa Muebles Gutiérrez y le permitiese sacar el máximo beneficio de las posesiones que quedaban por repartir.

A Lucía aquello le pareció bien. Al fin y al cabo, ella seguía manteniendo su plaza de funcionaria, y tenía la posibilidad de pedir un traslado para poder emprender una nueva vida en Burgos, y hacerlo en una posición económica muy ventajosa.

A la espera de que se produjera todo eso, solicitaría una excedencia de un año.

Un plazo de tiempo estupendo para realizar todas aquellas cosas que anhelaba y siempre había dejado en el camino: sacarse el cinturón negro de taekwondo, recorrer Asia, hacer un curso de fotografía, aprender a tocar la guitarra eléctrica…

El futuro se presentaba ilusionante. Pocos días después de haberse asomado al abismo, las cosas empezaban a cobrar sentido. Además, las últimas conversaciones con Javier la habían ayudado a quitar dramatismo a la ruptura.

Una vez en el despacho del abogado de su hermano, descubrió con alegría que ambos tenían las mismas ideas sobre la liquidación de las propiedades que compartían.

En cuanto atisbó el rostro agriado de su cuñada —más aún que de costumbre—, comprendió quién había perdido en la negociación.

En tan solo un par de horas decidieron terminar con la participación de Lucía en la sociedad.

Por su parte, Carlos tenía claro que en enero vendería dos de las tiendas, la de Gamonal y la de la calle Madrid, y se quedaría tan solo con la de la avenida Cantabria, la única que seguía dando beneficios.

No podía permitirse un tercer año de pérdidas sin hacer nada por evitarlo.

El dontancredismo debía finalizar. Con el ahorro en personal y la posible venta o alquiler de ambos locales, conseguiría tomar el oxígeno suficiente para una larga temporada.

Además, la suerte se le había presentado en forma de unos empresarios chinos —aunque esto último no se lo había comentado ni a su hermana ni a su mujer— que estaban interesados en comprar las naves de la fábrica original, que llevaba varios años cerrada, para montar un bazar de considerables dimensiones.

El 50 por ciento del piso de Castro Urdiales fue el precio a pagar por Carlos para poder llevar a cabo su plan de reconversión y conseguir liquidar las deudas personales y de la empresa que le estaban quitando el sueño durante los últimos meses.

Por supuesto, su mujer no pensaba lo mismo.

Ella se hubiese dejado cortar un brazo para no tener que pasar por la humillación de contarles a sus amigas y conocidas que ya no tenían casa en la playa, aparte de ver cómo cerraban dos de las tiendas de la empresa.

¿De qué servía no deber dinero si se habían quedado sin chalet en Santander y el negocio familiar quedaba reducido a una tienda y una fábrica en ruinas?

Se despidieron con un par de besos, emplazándose a la comida familiar del próximo domingo. Lucía los había invitado a casa para que conociesen su nuevo hogar.

Por la tarde, mientras preparaba las cosas para ir al gimnasio, intentó hablar de nuevo con Javier, esta vez sin éxito. Por la mañana solo habían podido cruzar unas pocas frases antes de que su expareja entrase en antena en uno de los programas más populares de la radio matinal.

Se sintió contenta por Javier. Había trabajado duro muchos años y, aunque ese no fuera el tipo de programa con el que ella le identificaba, se merecía esa nueva popularidad. Estaba convencida de que sabría aprovechar la oportunidad. Realmente se lo merecía, se dijo para sí Lucía.

Era su segunda semana en el gimnasio y ya se empezaba a encontrar mejor.

Por cómo le quedaba la ropa, le daba la sensación de haber perdido algo del peso que le sobraba.

Ese jueves aguantó mejor el trabajo físico y además comprobó que su elasticidad iba en aumento.

Aunque el maestro le había insistido en que llevara su cinturón marrón, a Lucía le avergonzaba tenerlo puesto cuando todavía no era capaz de ejecutar más allá del segundo pumse y sus dollyo-chagi no asustaban ni a un alumno de diez años.

Nada más terminar la ducha, comprobó que sonaba su teléfono móvil. Se puso a toda prisa unas bragas y una camiseta y salió corriendo al cuarto donde guardaban las equipaciones para poder hablar con más intimidad.

—¿Sí? ¿Javier? —preguntó nerviosa.

—Hola, Lucía. No sé si te pillo bien ahora.

—No, digo, sí. Perdona. Ahora me viene bien.

—Lo siento. Es que llevo un día de locos y luego no sé si te podré llamar, porque tengo una cena con el equipo del programa. ¿En serio que te viene bien hablar ahora? —preguntó Javier, desconcertado por los jadeos de Lucía.

—Sí, estupendamente. Es que justo ahora acabo de salir de ducharme. Estoy en el gimnasio.

—Eso está bien. Yo también tendría que ir al gimnasio. Siempre me lo decías. Con tanta comida y tanta cena en restaurantes finolis, mi figura está aumentando a pasos agigantados. Me das envidia que tengas tanta fuerza de voluntad.

—Está siendo muy duro, pero gratificante.

—¿Estás haciendo taekwondo?

—Sí, llevo ya dos semanas entrenando.

—Eso es estupendo. Sé que yo no te apoyé demasiado para que volvieses a practicarlo. No fui un gran estímulo para el deporte… ni para muchas otras cosas, la verdad.

—No fue culpa tuya. Era yo quien tenía que haber tomado la decisión de no dejar de hacer las cosas que me gustaban. Cuando llevas a cabo un cambio tan fuerte como este, te das cuenta de todo el tiempo que has desperdiciado.

—Tienes toda la razón.

—Pero, bueno, no hablemos de mí. Tú eres el gran protagonista. ¿Qué tal te ha ido?

—Bien. He dado un montón de entrevistas. Tampoco he podido decir gran cosa. El equipo no quiere que suelte prenda de lo que voy a contar el próximo programa.

—¿Tan importante es?

—Todavía me falta parte de la información. La que me tiene que suministrar mi fuente. Pero aunque no tuviese una relación directa con la desaparición de Bruno y Mario, igualmente sería todo un bombazo.

—En el periódico se estarán tirando de los pelos.

—De hecho, me llamaron ayer. No había tenido tiempo para contártelo hasta ahora: me han ofrecido reincorporarme con más sueldo que el que tenía y total libertad para publicar lo que quiera.

—Estás en racha.

—Ya te digo.

Ambos rieron a la vez.

—Me alegro mucho. Te lo mereces, Javier.

—Siento todo lo que ha pasado este último año…

—No ha sido solo el último año —le interrumpió Lucía—. Esto viene de más atrás. La vida es así: las parejas fracasan.

—Sí. Pero yo tuve mucho que ver en ello.

—Y yo. Cuando una pareja termina, ambos son culpables en mayor o menor medida —dijo Lucía, intentando contener las lágrimas como podía.

—Cuando todo esto se tranquilice, tenemos que hablar.

—Me parece bien. Pero, antes de eso, creo que es justo que te pida perdón por haberme marchado de aquella manera. Creo que fue lo mejor para todos, pero tenía que haber hecho las cosas de otra forma.

—No fue culpa tuya. Y yo tampoco te di elección.

—Bueno, cuando tengas un hueco en tu apretada agenda, me dices y concertamos una cita —bromeó Lucía, cambiando el tono de la conversación, aunque las lágrimas empezaran a correr por sus mejillas—. Para que me invites a uno de esos restaurantes finolis…

—Eso está hecho. Tendrás que venir a Madrid dentro de poco, ¿no?

—No. He pedido una excedencia. Acabo de terminar todo el papeleo con mi hermano, pero me voy a quedar una temporada aquí en Burgos.

—Pues entonces puedo acercarme yo allí —dijo Javier, triste al comprobar lo definitivo de su ausencia— o, mejor todavía, quedamos a medio camino —concluyó intentando fingir la misma jovialidad de su ex.

—Me parece una gran idea. No te entretengo más. Llámame o envíame un mail, eso sí que lo puedes hacer, ¿no?

—Te puedo pasar hasta un wasap. Acabo de recoger mi nuevo teléfono en la tienda. Luego haré alguna prueba, pero creo que mañana tendrás que darme un curso avanzado de cómo se usa.

—Eso está hecho. Que te vaya bien, Javier.

—También a ti. Hasta mañana, Lucía.

Lucía iba a entrar para ver de nuevo el programa en la página web de la cadena de Lisandro, pero ahora era casi imposible encontrar el vídeo.

Todas las noticias hablaban del mismo tema.

Lo que más le impactó a Lucía no fue que hubieran muerto tres jóvenes en la macrofiesta del Madrid Arena, sino que el resto de las dieciséis mil personas que había allí siguieran bailando hasta las seis y media de la mañana, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera ocurrido.

Los responsables de la seguridad decidieron que era mejor prolongar la fiesta para evitar más problemas.

Nada más ridículo, nada más atroz, nuestra acostumbrada escenografía de cada día: danzar y danzar mientras los muertos caen, girar y girar hasta que somos nosotros los que nos desvanecemos.

Lucía quiso entender un poco más en ese momento a Javier; quizá no era solo una obsesión, puede que a él sí que le importasen de verdad esos dos muchachos.