La hora de los monstruos Miércoles, 31 de octubre de 2012
56%

Miércoles, 31 de octubre de 2012

Las cosas empezaban a cambiar para Javier.

Después de la accidentada cena del japonés, consiguió enderezar la situación de modo notable.

Había podido recuperar los papeles olvidados en la mesa del restaurante.

Con la ayuda de Lisandro y Esther había adquirido la confianza necesaria para estar preparado por la noche.

Y lo más importante: la llamada telefónica con Lucía había tenido continuidad.

En los últimos días, habían hablado dos veces más.

No habían sido grandes conversaciones, pero habían conseguido recuperar el diálogo.

Suficiente por el momento. No había promesas ni planes de futuro, pero ambos habían dejado la puerta abierta a seguir hablando.

Había preferido no comentarle nada de su participación en el especial.

Sí que le había dicho que tenía un nuevo trabajo —aunque en realidad eran dos desde hacía unas horas: el director de su antiguo periódico (con el que solo había cruzado unas pocas palabras en casi cuatro años en la redacción) le había llamado para ofrecerle regresar en unas condiciones muy ventajosas para él— y que se sorprendería mucho cuando se enterase.

La animó a ver el programa de ese miércoles con la premisa de que su nueva ocupación tenía que ver con la productora.

Así las cosas, Javier se presentó en los estudios con tiempo suficiente para repasar sus notas por décima vez.

También para acudir al baño cinco veces antes de entrar en el aire.

Poco antes de empezar, descubrió de soslayo a la que Lisandro había definido como «la estrella del programa de hoy»: Sandra, la hermana de Mario.

De repente le vino a la memoria la entrevista que él le había hecho a su madre hacía unos meses en Ciudad Real, cuando nadie hablaba de la historia de los dos chicos desaparecidos.

Toda la hora que Javier pasó en su salón haciéndole preguntas a Carmen, la joven estuvo mirándole con esa misma expresión que mostraba ahora: de desaprobación.

El programa comenzó con la impuntualidad acostumbrada.

Eso no impidió que millones de espectadores estuviesen ya frente a su televisor ansiosos por devorar otro trozo de carne cruda.

Con el dedo preparado para disparar en sus smartphones y tabletas.

Conectados desde hacía rato a su red social favorita.

—Voy a empezar este programa diciendo, de verdad, con la mano en el corazón, lo que me gustaría haber podido hacer hoy: nada.

Estar donde están ustedes, enredando con el mando a distancia para decidir con qué película o con qué serie perder las pocas horas que le quedan a esta noche de miércoles.

Desgraciadamente, no ha podido ser así. Mario y Bruno no han regresado aún a sus casas.

Y esa era la premisa indispensable para que hoy yo no estuviese aquí hablándoles ahora.

Porque mientras ellos no estén de vuelta con sus seres queridos, nosotros seguiremos aquí luchando por averiguar su paradero.

Lisandro hizo un alto en su discurso para recibir el merecido reconocimiento del público.

—Sé que este camino que hemos emprendido no es nada fácil —prosiguió—.

Pero los que me conocen ya saben que yo no soy de los que se rinden.

Durante toda esta tarde se han escrito y se han dicho muchas cosas sobre la presencia de nuestra invitada de esta noche en el programa.

Se ha iniciado, incluso, una recogida de firmas para impedirlo.

Lo que yo pretendo ahora es que quede bien claro que si ella está aquí esta noche es porque entendemos que su discurso puede hacernos comprender mejor este caso.

Y, sobre todo, porque tenemos la esperanza ciega de que su testimonio servirá para que estos dos chicos puedan estar muy pronto junto a sus familias.

—Una nueva salva de aplausos volvió a interrumpirle—.

Y para los que dudan de mi profesionalidad, de la de todo este equipo, aquí tengo el documento por el que tanto su padre como su madre autorizan su presencia esta noche con nosotros.

Otra andanada de vítores jaleó al presentador, que, orgulloso, mostraba el papel del consentimiento de los tutores a la cámara.

Después de los aplausos, Lisandro se dirigió parsimonioso a la silla vacía situada enfrente de Sandra.

—Buenas noches, Sandra.

—Buenas noches —respondió la joven con voz decidida.

Aunque por dentro era un manojo de nervios, su tono seguro y confiado denotaba una tranquilidad que no tenía.

Sandra había evitado ponerse «arreglada», como le había insistido su madre.

Tampoco había dejado que la embadurnasen con más maquillaje del estrictamente necesario.

Sandra podía pasar por cualquiera de las adolescentes españolas que llenan las clases de los institutos todos los días desde primera hora de la mañana.

—En primer lugar, me gustaría que fueras tú misma, Sandra, quien dejase bien clara tu decisión de venir a este programa de forma voluntaria. Que confirmases que no ha habido presiones y que siempre ha sido elección tuya estar sentada ahora en esa silla.

—Cuando decidí… —El nudo que sentía ahora en la garganta le impedía hablar de forma natural.

Tomó un poco de aire y consiguió seguir adelante con aplomo y firmeza—.

Perdón. Cuando decidí venir a este programa, lo hice de forma totalmente voluntaria.

Entiendo que haya gente que tenga sus dudas y que haya criticado que yo haya acudido a hablar contigo.

Pero quiero hacerles ver a esas personas que nadie me ha obligado a nada que yo no haya querido hacer.

Si estoy aquí es porque creo que puedo ser de ayuda.

Ni a mi madre ni a mi padre ni a mí, ni tampoco a la familia de Bruno, nos gusta el papel que estamos teniendo que interpretar.

Pero creemos que debemos seguir luchando para que la policía y toda la gente que nos está ayudando a buscarlos sigan haciéndolo.

—Eso es lo que nosotros pensamos también y por este motivo hemos querido que vengas a visitarnos.

Empecemos por el principio. Sé que hemos hablado mucho de ello y que tú también habrás recordado ese fatídico momento en múltiples ocasiones, pero ¿cómo viviste tú ese 15 de agosto, el día de la desaparición de tu hermano y su amigo?

—Al principio no le di más importancia. Pensé que, al ser su cumpleaños, la fiesta habría sido grande.

El verano pasado, Mario no estaba saliendo demasiado, pero el último fin de semana no había parado por casa.

Además, el día anterior estaba muy contento y parecía que se volvía a llevar bien con Bruno.

—Perdona que te interrumpa, Sandra. Has dicho que se volvían a llevar bien. ¿Acaso había algún problema entre ellos?

—No, no es que hubiese ningún problema, pero desde que empezó el verano se habían distanciado. Mario estaba estudiando para la recuperación y poder pasar de curso. Bruno había dejado el instituto. Me daba la impresión de que salían menos que antes —dijo Sandra frunciendo el ceño.

Empezaba a no gustarle mucho la situación. Se estaba dando cuenta de la estrategia de Lisandro y eso la estaba irritando.

—Por lo que vemos, tú eras una de las personas que mejor los conocía. Luego hablaremos de nuevo sobre esas desavenencias. Pero ahora volvamos al día de su desaparición. ¿Cuándo eres consciente de que les puede haber pasado algo malo?

—Entonces yo no sabía que algo malo les hubiese podido pasar, como tampoco lo sé ahora —dijo Sandra con el rostro cada vez más serio.

La adolescente se había puesto en guardia.

—Lo que quería preguntarte —se explicó Lisandro con su mejor sonrisa— era cuándo te das cuenta de que hay un problema real y de que puedes tardar en volver a verlos de nuevo —dijo el presentador con tono conciliador.

—A la hora de comer. Desde la separación de mis padres la vida en casa había sido… complicada para todos. Pero quien peor lo estaba llevando era Mario.

—¿Pensaste que quizá se había escapado de casa a causa de esos problemas? —la interrumpió Lisandro.

—No. Si hubiese sucedido unos meses atrás, sí que lo habría pensado.

Pero desde el principio del verano su actitud había cambiado.

Estaba más hablador, se llevaba mejor con mi madre y, sobre todo, la última semana estaba muy ilusionado porque íbamos a estar todos juntos en su cumpleaños.

Desde el divorcio no nos habíamos juntado los cuatro por ningún motivo, y menos aún para celebrar algo.

—Como muy bien has dicho, Sandra —empezó Lisandro, recuperando la química con la chica al rebajar su discurso y evitar los caminos pedregosos—, nada malo ha pasado todavía, que sepamos, pero lo que sí hay es una gran preocupación por conocer qué ha sido de ellos. ¿Tú qué crees que puede haber sucedido?

—Tengo la impresión de que ellos no se han marchado por su propia voluntad. —La joven tuvo que hacer un pequeño receso para evitar que las lágrimas que se agolpaban en sus ojos saliesen afuera de forma estruendosa—. Hay alguien que los tiene retenidos, no sé por qué ni para qué.

—Tranquila, Sandra. Tómate el tiempo que necesites. —Lisandro le cogió la mano en un tierno gesto de consuelo—. ¿Ya estás más tranquila?

—Sí —dijo resuelta la joven, retirando su mano de la del presentador y limpiándose las mejillas—. Ya estoy mejor. Lo siento. No estoy acostumbrada a este tipo de cosas.

—Lo estás haciendo muy bien, Sandra. —Claro que lo estaba haciendo muy bien, pensó el presentador.

Los datos de audiencia prometían ser espectaculares gracias a su aparición—.

Si ahora te estuvieran viendo las personas que están impidiendo a vuestros seres queridos regresar con vosotros, ¿qué les dirías?

—preguntó Lisandro, preparado para el minuto de oro de la televisión de los últimos años.

—Que no les hagan daño. —El primer plano de la muchacha estaba resultando espectacular; hasta el director de la cadena se había acercado a la cabina de realización para disfrutar con el espectáculo—.

Que los dejen libres. Nos da igual por qué los han retenido; sea lo que sea lo que haya pasado, pueden arreglarlo si los dejan volver a sus casas.

—¿Y a tu hermano? ¿Qué le dirías a Mario si él te estuviera viendo?

—Que le estamos esperando…, que le queremos mucho y que tengo muchas ganas de abrazarle —dijo Sandra entre sollozos.

—Ya terminamos. Has sido muy valiente viniendo a visitarnos esta noche.

Estoy convencido de que tu testimonio va a servir para que los chicos regresen pronto a vuestros hogares.

Una última pregunta —la cobra aprovechó para soltar su veneno cuando más indefensa se encontraba la presa—, ¿y qué le dirías a tu amigo Bruno?

El amigo de tu hermano con el que tú también tenías una estrecha relación de amistad.

Así terminó la entrevista. Sandra no acertó a articular palabra, sorprendida por la pregunta y dolida al sentirse traicionada por Lisandro.

Un movimiento de cabeza mientras lloraba desconsolada fue toda su respuesta.

Sabía que, al no decir nada, se estaba condenando a convertirse en el objeto de múltiples especulaciones, pero una presión en el pecho le impedía contestar.

El siguiente bloque de publicidad fue uno de los mejor pagados desde la crisis de anunciantes que había bajado los precios en los últimos tiempos.

Las campañas en change.org (tanto la montada para pedir la supresión del programa como la iniciada el martes para solicitar que Sandra no participase en el especial) habían fracasado estrepitosamente.

Las compañías que se anunciaban, al contrario de lo que había pasado en otras acciones de este tipo, no se planteaban huir del programa más visto de la televisión ese 2012.

A la vuelta de los anuncios, llegó el turno para el debut de Javier y el coloquio con sus compañeros: Concha Arnedo, Moncho Rivera y Esther Campillo.

Lisandro se encargó de la introducción del nuevo colaborador, al que presentó como uno de los mejores periodistas de investigación del país y uno de los hombres que había seguido el caso desde el primer minuto.

Lo primero era muy cuestionable; lo segundo era irrefutable.

Después de la intervención del moderador, llegó el turno de un resuelto Javier.

Durante un cuarto de hora, el periodista hizo un glosario del caso y dejó para el último tramo de su discurso la teoría del posible secuestro como la razón que explicaba la desaparición de Bruno y Mario.

La polémica estalló cuando empezó a esbozar la idea de una red dedicada a raptar adolescentes.

Aunque fue cauteloso en su argumentación y procuró no adentrarse demasiado en terrenos pantanosos, su teoría conspiratoria explotó como una bomba que convirtió el debate en un cruce de recriminaciones entre Javier, Concha y Moncho.

Sobre todo con este último, que le acusaba de sensacionalismo y de no respaldar sus afirmaciones con pruebas.

Acorralado por sus compañeros, decidió terminar su intervención de forma misteriosa, emplazando a la audiencia al próximo programa, en el que revelaría todos los datos relativos a la supuesta red que podía estar detrás de la desaparición de los dos muchachos.

Javier seguía jugando de farol. Lo que no sabía era que las cartas estaban marcadas desde el principio de la partida.