Martes, 30 de octubre de 2012
A pesar de que, durante la época de la universidad, con quien más tiempo pasaba era con Gonzalo, en los últimos años su compañía le resultaba intimidante, por momentos incluso desagradable.
A Rodrigo le hubiese gustado que el plan para ese mediodía hubiera sido al revés: habría preferido tomarse el vermut rápido con el juez y comer —con su extensa sobremesa— con Rufino.
Llevaba ya más de diez minutos en la cafetería cuando vio entrar por la puerta al diputado.
Rufino era un hombre muy ocupado, especialmente esas últimas semanas, en las que tenía que hacer todo el rato de fontanero del Titanic.
Otros compañeros eran los que salían en las fotos luciendo tipo y a los que se mencionaba en las columnas de opinión.
Pero era a él a quien le tocaba hacer el trabajo sucio; y de ese había mucho, muchísimo, ahora.
Rufino hizo un gesto al camarero para que le sirviese a él su acostumbrado tinto de Ribera y otro a su amigo para que fuesen a sentarse a la única mesa libre que quedaba en el local.
—¿Qué haces ahí? ¿Qué quieres? ¿Que hablemos en la barra? Si quieres pedimos un puto altavoz y se lo contamos a todos los del bar.
—Joder, Rufino. Solo estaba tomando algo mientras venías.
—Déjalo —dijo el político, secándose el sudor de la frente con un pañuelo—. Llevo un día de perros y no hay quien me aguante.
En ese momento llegó el camarero, que dejó el vino y la acostumbrada ración de olivas.
—Tranquilo, no pasa nada —dijo Rodrigo después de que se marchase el hombre.
—Solo puedo quedarme quince minutos. Tengo otra bomba de relojería en el trabajo a punto de estallarme en las pelotas.
—Ayer contactamos con Esparza —dijo el banquero apurando el gin-tonic que estaba bebiendo.
—¿Y? ¿Qué dice el señor marqués de los cojones?
—Costó un poco, pero está todo arreglado. Eso sí: tú vas a tener que dar el do de pecho.
—Como siempre, Rufino es el tonto que pone su bigote para que todos salvemos el culo. ¡Y una mierda! Aquí tenemos que contribuir todos. Los tres somos igual de culpables.
—Y lo haremos. Pero ya sabes lo que va a querer y eso solo se lo puedes dar tú. De todo lo demás nos ocuparemos Gonzalo y yo. Aquí todos ponemos el bigote, como tú dices. Aunque los dos sepamos a quién se le va siempre la mano en esas fiestas.
—Esto es una mierda. —Le hizo un gesto al camarero para que le trajese otro vino—. Una puta mierda. Y como bien dices: todos somos conscientes de quién es el que nos lleva a estas situaciones. Estoy muy harto, Rodrigo.
—Tranquilo, Rufino, está todo controlado.
No hay de qué preocuparse. Gómez… —empezó a decir el banquero bajando la voz de forma notable—, quiero decir, nuestro hombre lo tiene todo controlado.
Lo del rumano va por buen camino. En un par de días estará solucionado.
Y lo de los otros dos, también. Ya tenemos nuestro chivo expiatorio.
Esparza va a dar la cara. No le queda otra.
Le ha entrado el miedo. Sabe que solo nosotros le podemos ayudar. Ha tocado fondo.
—Eso es lo que me preocupa: que está de mierda hasta arriba.
—A Esparza déjamelo a mí. Tú solo tienes que preocuparte de allanarle el camino dentro de tu partido.
—¿Ha pedido ya algo?
—No. Todavía no hemos hablado de eso. Pero algo pedirá. Es lógico. Solo he hablado un momento con Gómez esta mañana y, por lo visto, ayer se portó como un hombre.
Justo en ese momento apareció en la pantalla del televisor la cara de Lisandro. Aunque el aparato no tenía sonido, Rufino era muy consciente de lo que estaba hablando.
—Ya está ahí ese cabrón —dijo el político señalándole con un dedo acusador.
—Eso también está arreglado —aseguró Rodrigo volviéndose para ver las imágenes de la pantalla.
—Eso espero. Porque el revuelo que ha montado está siendo cojonudo.
—Gómez lo tiene todo bien pensado. Le ha colado un troyano al argentino para que se cargue la credibilidad del programa, si es que en algún momento la ha tenido. Y, de paso, desacreditar todas esas teorías conspiranoicas que empiezan a surgir en ciertos medios de comunicación.
—¿Y eso cómo lo va a lograr?
—Buscas a un loco para que diga la verdad y en vez de negar sus teorías, lo desacreditas a él.
Solo a él. En media hora ya le habrán sacado los ojos en Twitter.
No te preocupes por eso. Además, así matamos dos pájaros de un tiro: nos cubrimos las espaldas y le damos al argentino detrás de las orejas.
—Me parece bien.
—Van a ser dos meses jodidos, pero esto va a terminar bien. Además, todavía podemos ganar muchas cosas, e incluso dinero, mucho dinero.
—…
—Nuestro hombre dice que tiene un montón de ofertas para nuestra bonita película. Aunque me ha comentado que es mejor esperar hasta el próximo verano para la venta. Cuando haya pasado todo este temporal.
—Pues le haremos caso —dijo Rufino haciendo ademán de levantarse.
—Una última cosa: me ha dicho también que es mejor que dejemos la pesca para otra ocasión.
—Por mí, perfecto —afirmó el político dando por concluida la conversación.
—Pero Gonzalo…
—Con Gonzalito te entiendes tú ahora cuando vayas a comer con él. Que vaya a misa y vea porno en internet para aliviarse.
Rodrigo miró el reloj y comprobó que todavía podía tomarse otro gin-tonic antes de su cita con el juez.
Aunque no tenía hambre, entendió que era el momento de comer algo para empapar todo el alcohol que se había infligido esa mañana.
El ágape sería generoso en licores y debía estar sobrio para lidiar con su amigo.
El almuerzo con Gonzalo fue mucho más largo de lo que Rodrigo había pensado.
También más entretenido y divertido. Su amigo se mostró elocuente y afable, como hacía tiempo que no estaba.
Parecía inmune a la tormenta que se cernía sobre su cabeza.
Rodrigo tenía la teoría de que cuando algo cargaba con todas las previsiones para salir mal, acababa saliendo bien.
Y eso era lo que había pasado con esa comida.
Durante casi cuatro horas hablaron, rieron y disfrutaron recordando los viejos tiempos. El juez quedó entusiasmado por la excelente comida y lo sorprendente de la propuesta, rendido ante el nuevo restaurante de moda de Madrid.
Y, contrariamente a lo que había pensado el banquero, su amigo aceptó aplazar sine die la pesca.
Como bien había dicho Rufino, en los próximos meses, tal vez años, su vida privada debía tener una apariencia inmaculada.
También aceptó de buena gana la propuesta que le hizo Rodrigo.
Ambos pagarían los honorarios de Gómez, mientras que Rufino se ocuparía de rehabilitar la maltrecha carrera de Esparza.