La hora de los monstruos Martes, 30 de octubre de 2012
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Martes, 30 de octubre de 2012

Sandra no conseguía encontrar la manera de decirle a su madre que iba a participar en el siguiente programa especial, titulado ahora Queremos que vuelvan .

Una parte de ella quería pensar que su madre se negaría para preservar su intimidad.

Al fin y al cabo era una menor, y el papel de un tutor era evitar exponerle a situaciones emocionales tan intensas como aquella.

La hermana de Mario estaba harta de todo aquel circo.

Y por eso mismo iba a entrar a formar parte de aquel juego de forma activa: quería conseguir un enfoque diferente de los acontecimientos, pues la mayor parte del tiempo tenía la sensación de que lo verdaderamente importante de toda esa historia, la desaparición de Bruno y Mario, solo le interesaba a ella.

Cuando se descubría llorando por la ausencia de Bruno, se sentía aún peor.

¿Cómo podía explicarle a alguien que estaba sufriendo más por su ausencia que por la de su propio hermano?

¿Acaso era un monstruo por llorar a la persona que amaba?

A la familia no la elegimos, nos elige. La consanguineidad no es un aval para el amor.

Y no es que tuviera una mala relación con Mario.

Era peor que eso, era tan tibia, frágil y fingida que todavía le hacía sentirse peor consigo misma.

Hasta el divorcio, Mario siempre había sido su héroe. El príncipe que la protegía. Pero, a partir de la separación, todo había cambiado. Mario había convertido la casa en un infierno y ella se había visto obligada a tomar partido por su madre, aunque tampoco se sintiese identificada con ella.

Además, estaba el tema de Bruno. Sandra no entendía por qué Mario ya no quería verse con él.

Aunque era verdad que gracias a eso por fin había podido pasar tiempo con Bruno.

Todas esas tardes en las que Mario se quedaba en Madrid y en las que su amigo venía una y otra vez a buscarles, a sabiendas de que él no estaba allí y que solo se encontraría con ella.

Esa angustia era la que le estaba destrozando. No era que no le preocupase lo que le pudiese haber pasado a su hermano, pero la realidad era que lo que la estaba volviendo loca, lo que la consumía, era pensar en la posibilidad de no volver a ver a Bruno nunca más.

Ella no era ninguna tonta. Bruno era mayor y sabía que andaba con otra gente muy diferente a ella y a sus amigas.

No tenía novia, o por lo menos una novia fija, al menos no que se supiese.

Pero seguro que en esas fiestas a las que él iba había un montón de chicas deseando estar con él.

Había intentado fumar para demostrarle que era mayor, pero no le gustaba.

Y por esa misma razón también se había hecho el piercing que solo él y su amiga Claudia habían visto.

El suyo era un amor imposible, casi prohibido.

Si Mario se enteraba, no quería pensar en lo que podía pasar.

Y sería peor aún si era su madre la que lo descubría.

Si lo pensaba bien, tampoco podía decir que fuesen novios o que estuviesen saliendo juntos ni nada parecido.

De hecho, salir no salían a ningún sitio, solo estaban allí, en su habitación.

Y hasta poco antes de su desaparición, tampoco había habido nada más que un breve beso.

Quién le iba a decir a Sandra que la noche más feliz de su vida iba a tener el despertar más amargo posible.

Sandra no tenía muy claro cómo iniciar la conversación con su madre ni qué decirle, pero estaba segura de que algo se le ocurriría. Lo más difícil había sido conseguir un poco de tiempo para hablar con ella.

—Mamá, ¿tienes un momento? —preguntó.

—Por supuesto, hija. Ya siento no haberte hecho mucho caso hoy, pero ya sabes cómo son estas mujeres, no quieren dejarme a solas ni un minuto. Me están llamando todo el tiempo al móvil. Pensaba que a lo mejor te ibas a casa de Claudia a pasar la tarde.

—No. Tenía que hablar contigo.

—¿Qué es lo que pasa, hija? —preguntó Carmen cogiéndole las manos a su hija con delicadeza y luego apretándoselas con dulzura.

—Quería hablar del programa de televisión…

—Ya lo sé, cariño, ya lo sé —la interrumpió su madre—. Sé que paso demasiado tiempo en la radio y en la televisión, y que en el programa ese a veces las cosas no son fáciles para ti, pero es necesario. No podemos permitir que dejen de hablar de ellos.

—Sí, lo entiendo, por eso quería decirte…

—Estamos en un momento clave —Carmen siguió hablando sin hacer caso de lo que quería decirle su hija—, eso es lo que me ha dicho la policía.

Te lo iba a contar esta noche durante la cena.

Están siguiendo una pista importante y puede que tengamos noticias en breve.

Además, no puedo dejar que tu padre o los hermanos del padre de Bruno…

—¡Mamá! —gritó Sandra—. Déjame hablar de una puta vez.

—Pero, hija, yo…

—¡Déjame hablar! —volvió a gritar mientras las lágrimas le saltaban a borbotones—. Dé-ja-me-ha-blar.

—Ven aquí, cariño —le dijo Carmen levantándose para ir a abrazarla.

—No quiero tus abrazos, lo que quiero es que me escuches —replicó enfadada.

Sandra se secó las lágrimas y cogió aire antes de empezar con su argumentación.

—Ya sé que es importante que no dejen de hablar de ellos.

Pero también lo es que deje de hablar de ellos gente que no tiene nada que ver con nosotros.

No quiero que esto se convierta en un circo.

Ni tampoco que te utilicen. —Por un momento le tembló la voz, pero consiguió recuperarse y continuar hablando—: No te lo mereces.

Tú solo tienes la visión de tus amigas y de las vecinas cotillas que vienen a casa a decirte que lo estás haciendo muy bien, pero eso no es verdad, mamá.

No es cosa solo de papá o de los tíos de Bruno.

Hay mucha gente que piensa que la semana pasada hiciste el ridículo.

Y que lo único a lo que te dedicas es a salir en las radios y en las televisiones para hablar de ti, por puro protagonismo.

—Pero ¿cómo puedes pensar eso de mí? ¡Mi propia hija! ¡Mi hija!

Ahora era Carmen la que subía la voz y estallaba en llanto.

—Yo no pienso eso, mamá, pero la gente, sí. Todas esas zorras que vienen aquí a darte ánimos y a consolarte luego te ponen verde en cuanto salen del portal.

Sandra había vuelto a levantar el tono, hasta convertir el diálogo en una escena de mucha tensión.

—¿De verdad me estás diciendo esto? Te pasas todo el día metida en tu habitación sin hablar con nadie y ahora sales para soltarme todas esas mentiras.

Pues que sepas que esas zorras, como tú las llamas, son las únicas que se preocupan por mí.

Hace tres días que tu tía, tu querida tía, mi maravillosa hermana, no se digna a dar señales de vida.

Y de tu padre mejor ni hablamos. No solo no quiere saber nada de mí, tampoco le importa lo más mínimo lo que le haya podido sucederle a su hijo.

—¡Basta ya! —gritó Sandra, lanzando el cenicero de cristal de la mesita del salón contra la pared y haciéndolo trizas.

Durante unos segundos, Carmen dudó si aquel artefacto volador que había estallado en mil pedazos no iba dirigido contra ella.

A lo largo de un rato muy largo, el único ruido que se oyó en la casa fue el eco del estruendo causado por el golpe.

Ambas decidieron entonces volver a sentarse y esperar a ver cuál de las dos decidía romper el hielo.

—Lo siento. No quería hacer eso —se disculpó Sandra.

—Quizá tengas razón y la culpa de todo sea mía —dijo su madre, recostándose contra el sofá.

—No. Yo no he dicho eso ni tampoco creo que la culpa sea tuya.

—Sí, todo es culpa mía. Y también lo que le ha pasado a tu hermano.

Carmen volvía a refugiarse en el tipo de discurso en el que se sentía tan cómoda. El mismo que había utilizado desde que se había separado. Compadecerse era algo que se le daba muy bien.

—Deja de decir bobadas. De lo único que tienes culpa es de no escuchar a nadie.

Tu hermana está harta de ver que no le haces caso.

Y sí que le importas, por si te quedaba alguna duda.

Me llama todos los días y lo primero que hace es preguntarme por ti.

El problema es que no quieres hablar con ella porque sabes que no es como tus amigas.

Ella te dice lo que piensa, no lo que tú quieres escuchar.

—Tu tía siempre ha sido mejor que yo en todo. Quizá deberías irte a vivir con ella.

—Déjalo ya, mamá. Con quien quiero estar yo es contigo.

¿Por qué siempre lo has dudado? Pero también quiero ver a mi padre y a mi tía.

Así que resuelve tus problemas con papá y no nos utilices como arma arrojadiza.

Yo te quiero, pero es muy complicado estar con alguien como tú.

Trazas una línea y quien no quiera cruzarla contigo se convierte en tu enemigo.

Y no voy a permitirte que vuelvas a hacerlo nunca más.

Mario también estaba harto de eso. Por eso estaba todo el día enfadado y buscando bronca contigo.

Los dos te queremos y sabemos todo lo que has sufrido. Pero tienes que dejar de chantajearnos.

—No me esperaba eso de ti —acertó a balbucear Carmen mientras negaba con la cabeza de forma nerviosa.

Todavía permanecieron en silencio durante un buen rato hasta que Sandra se decidió a levantarse del sofá.

—Lo que quería decirte es que Lisandro me va a entrevistar en su próximo programa. Creo que es necesario otro testimonio.

Sandra se fue hacia su habitación para coger la chamarra y el móvil.

Durante el rato que transcurrió hasta que se marchó de la casa tuvo la esperanza de que su madre le pidiese que no se fuese, pero Carmen siguió impasible en el salón.

La joven salió de casa sin rumbo fijo. Solo quería olvidarse de todo por unas horas.

Acabó sentada en un banco del parque de la urbanización que estaba al lado del centro comercial.

Allí, sola, consiguió relajarse, pensando en Bruno, no en su ausencia, sino en los buenos momentos que había pasado con él.