La hora de los monstruos Martes, 30 de octubre de 2012
49%

Martes, 30 de octubre de 2012

Hablar con Esparza era algo que al inspector Gómez siempre se le hacía bola.

Estaba bien pagado, muy bien pagado, pero a él le gustaba la gente cautelosa y reservada para los negocios, sobre todo para esa clase de negocios.

Y Esparza era de todo menos discreto. La cosa se estaba complicando, tal y como él le había advertido a Rodrigo Carrascosa.

Aunque, después de todo, quizá fuese una oportunidad estupenda para sacarse un pellizco extra por toda la mierda que iba a tener que limpiar en los próximos días, meses y tal vez años.

El policía volvió a reunirse con Esparza en el mismo tugurio de las otras ocasiones: un rancio bar de carretera perdido de la mano de Dios.

Cuando Gómez llegó, Esparza, como en el resto de las ocasiones, estaba sentado a la mesa del fondo apurando un vaso de tubo lleno de anís.

Para un alcohólico como él, era un alivio ver a alguien que estaba peor y que tenía tan poco estilo para emborracharse.

Los vicios, pensaba, hay que saber llevarlos con dignidad y hasta con cierto glamour.

Eso era algo que le había enseñado tiempo atrás Carrascosa, otro miembro destacado del club.

Esparza estaba más nervioso, colocado y borracho, si cabe, que en anteriores ocasiones.

Los programas de Lisandro le habían puesto al borde del infarto, aunque lo peor había sido enterarse del encarcelamiento de Nicolae.

A pesar de que Tony le había asegurado que el motivo de su detención no tenía nada que ver con sus turbios negocios en común, no había habido manera de quitarle el miedo del cuerpo.

Su rostro, ya de por sí enjuto y macilento, estaba hoy más demacrado que nunca.

Sentado con los hombros hacia delante como era su costumbre, mostraba una prominente joroba, acentuada por su escuálido torso.

Nadie diría que hacía solo dos años aquel hombre era la gran esperanza de su partido para hacerse con una de las comunidades autónomas más importantes de nuestro país.

El político más deseado por las españolas.

Él esgrimía que todo había sido cuestión de mala suerte y…

del Opus Dei. Según contaba a quien le quería escuchar, la Obra le había echado el ojo y no se había detenido hasta conseguir verle apartado a un segundo plano.

Aunque no había que restar toda credibilidad a sus teorías, había sido él solito quien había conseguido hundir una prometedora carrera política por sus excesos; más que por ellos, por su afán de hacerlos públicos y su impúdica ostentación.

En una capital como Madrid, esto último no está muy bien visto.

Pero, en una ciudad de provincias, pasearse de la mano de una yonqui de diecisiete años por las calles del centro no es algo muy recomendable.

Sobre todo para alguien con aspiraciones políticas.

Un gran error en un país como España, en el que las apariencias lo son todo.

—Te iba a preguntar qué tal estás, pero por lo que veo no hace falta. Estás hecho unos zorros. Cualquier día nos das un disgusto, Jorge —le dijo el inspector llamándole por su nombre de pila, algo que hacía pocas veces, antes de sentarse.

—¿Y a quién le va a importar? Esto —Esparza bajó la voz, aunque ninguno de los parroquianos podía oírle y menos aún interpretar su críptica conversación—, esto va a reventar.

Os avisé, os lo avisé. Pero a mí nadie me hace caso.

Al tonto de Esparza nadie le hace caso. Ahora —le espetó cogiéndole con violencia de la pechera, pero sin levantar la voz—, si yo caigo, caemos todos. Eso que lo tengáis muy claro.

—Como no me sueltes, Jorge, el que se va a caer vas a ser tú, pero de la silla, de la hostia que te voy a dar. A mí tú no me hablas de esa manera.

—Lo siento —dijo Esparza retirando la mano—, pero es que todo esto es una mierda muy grande y no me la voy a comer yo solo.

—Tranquilízate y actúa con normalidad. Aquí nadie sabe nada.

Por lo del rumano, ya te ha dicho Tony que no tienes que preocuparte.

Ni siquiera se le puede relacionar contigo y menos aún con los otros.

Quizá tengas razón y hayamos corrido un riesgo demasiado grande, pero teníamos previsto lo que está pasando.

—Lo que tú digas —contestó el expolítico mirando para otro lado.

—Esparza, o te pones tú solito las pilas o te las pongo yo a hostias.

Esto no es ningún juego. Me conoces bien y sabes que no me gusta amenazar a nadie.

Pero, como no cambies esa actitud, un día de estos —fue entonces el policía el que bajó la voz—, cuando llegues a casa pedo perdido con la golfa esa, vas a tener un disgusto muy gordo, quizá el último —le advirtió Gómez mientras le quitaba el vaso y lo apuraba de un trago.

Esparza recordaba con nitidez el momento en el que toda su vida se fue al garete.

Un chico ejemplar, doctorado con las mejores calificaciones y con un montón de másteres en las escuelas más prestigiosas, abogado con una brillante carrera, el presidente más joven de la organización juvenil de su partido; un caballo ganador.

Todo perdido. Una carrera, cincelada con precisión y mimo durante las últimas tres décadas por su ilustre familia, tirada a la basura de aquella manera.

Ni las amenazas de los suyos ni las advertencias de sus compañeros de partido lograron evitar la catástrofe.

Se adentró en el torbellino de Verónica y no hizo el menor esfuerzo por intentar salir a flote.

Perder las elecciones era algo que entraba dentro de lo previsible; todos sabían de la fortaleza de su oponente político.

Pero solo había que esperar otros cuatro años para lograrlo.

Los resultados habían sido muy buenos y, además, había conseguido la promesa de un puesto de senador y un cargo de confianza en la organización del partido.

Pero, entonces, Verónica se cruzó en su vida y su carrera política se esfumó.

Sus rivales, que los había y muchos —a nadie le gustan los lumbreras y menos cuando ocupan el puesto que piensas que debía ser para ti—, se frotaron las manos y aprovecharon para derribar el árbol con prestancia, hacerlo cachitos y tirar los restos a la hoguera.

Quizá sus teorías conspiranoicas no estaban exentas de cierta verdad, pero había sido ese amor salvaje por una adolescente el que le había hundido en la miseria.

Y ese fue el momento aprovechado por Gómez, un par de años atrás, para tirarse a su yugular.

En plena exploración de nuevos mercados para surtir a sus retorcidos clientes, vio un buen proveedor de material en Esparza.

A través de Verónica, el expolítico había tenido acceso a lo más granado de los bajos fondos de los alrededores de la capital.

Y pese a que durante un tiempo había conseguido vivir a todo tren con la parte que le correspondía de la herencia de su abuela, los movimientos legales de la familia le habían asfixiado monetariamente hasta tal punto que le habían convertido en una presa fácil para el policía corrupto.

—Bueno, Jorge —empezó a decir Gómez de regreso a la mesa con dos pelotazos de licor—, aquí se trata de estar preparados para lo que pueda pasar y de no ponernos nerviosos.

La primera fase del plan ya estaba completada: Esparza estaba muerto de miedo, sabedor de que su compañero de mesa no se andaba con tonterías. Ahora debía tranquilizarle y ofrecerle un dulce para asegurarse su silencio.

—Del rumano, olvídate. Eso tiene una solución sencilla. Las ha liado muy gordas y tiene mucha gente detrás de él, incluso a su propio hermano. A nadie le va a extrañar si un día tiene un resbalón en las duchas de la prisión y se abre la cabeza. Ese asunto déjamelo a mí.

»El que me preocupa es el Chucky ese de los cojones.

Te dije que no lo quería dentro del asunto.

Llevo toda la semana detrás de él y no consigo dar con su pista.

Tienes que encontrarle y asegurarte de que no habla con nadie.

Me da igual cómo lo hagas, pero eso es trabajo tuyo.

Mañana llamas a Tony y os recorréis todo Madrid si hace falta, pero me lo traéis.

No podemos correr ningún riesgo. Tú sabes por dónde suele moverse y Tony sabe cómo tratar con ese tipo de gente.

—…

Gómez levantó la mano para hacerle callar en el momento en que Esparza intentaba emitir una leve protesta.

—Pero, como bien te imaginas, encontrar a ese camello cabrón no es el único trabajo que te voy a encargar —le dijo el inspector acercándose a su oído mientras le cogía del cuello con la mano derecha—. También quiero a Verónica, pero a esa la quiero muerta.

En un primer momento, las lágrimas acudieron con fuerza a sus ojos.

Se vio tentado de gritar un «no» para acallar las amenazas, pero enseguida se dio cuenta de que no había una tercera vía: era o ella o él.

El instinto de supervivencia le proporcionó las fuerzas suficientes para reponerse en un breve espacio de tiempo y coger impulso para lo que se le venía encima.

—¿Y eso no puedes hacerlo tú? Todos sabemos que se te da muy bien.

—No. Esos dos son asunto tuyo. Ella nunca debería haber entrado en tu vida y ahora tiene que salir cagando leches para que no te arrastre en la caída.

—Me hablas como si yo te importase, cuando lo único que quieres es salvar tu culo y el de tus amigos. Esos cabrones se merecerían que todo esto se supiera. Verónica me contó lo que pasó esa noche. Son auténticos animales.

—Si haces bien tu trabajo, vas a tener a mucha gente agradecida. Quién sabe, hasta puede que saques algo de todo esto.

—¿Algo? ¿Qué es lo que me van a dar por convertirme en un asesino?

Gómez apuró su tubo de anís de un trago y le hizo un gesto a Esparza para que saliesen juntos de aquel local. Una vez fuera, se detuvieron enfrente del coche del inspector.

—De momento, haz que ocurra. Ya. Aquí tienes algo de dinero —le dijo Gómez mientras se sacaba de la gabardina un sobre con varios miles de euros—, tómalo como un préstamo para poder solucionar tus problemas.

—Mis problemas, dice el cabrón.

Casi no llegó a terminar la frase cuando sintió un rodillazo en los testículos que le hizo doblarse en dos del dolor.

—Esta es tu última oportunidad. Quiero a esos dos drogatas mañana. Tienes veinticuatro horas. A él lo quiero vivo, acuérdate. Que Tony no se pase. Que ese animal, cuando se pone a ello, se le va la mano.

Gómez se metió en su vehículo y, justo en el momento en el que iba a arrancarlo, se detuvo y decidió volver sobre sus pasos. Recogió a Esparza del suelo y lo puso en pie.

—Te lo digo como amigo. Y puede que sea el único que tienes a estas alturas. Aprovecha esta oportunidad. Quizá puedas volver a ser una persona normal.

A Esparza todavía le costó un buen rato recuperarse del golpe recibido.

Tuvieron que pasar más de diez minutos hasta que se vio con fuerzas suficientes para ir a su coche.

Tras entrar, encendió la llave de contacto del destartalado Opel Corsa decidido a acabar con todo esto.

Después de todo, podía ser que el policía tuviese razón y que aquella fuera su gran oportunidad para dar un vuelco a su vida, aunque fuese a costa de la de Verónica.

Partía con cierta ventaja para poder culminar su misión: sabía dónde estaban los dos fugados.

Dirigió el vehículo hacia el sucio poblado de las afueras de Madrid donde estaban escondidos.

Cuanto antes se hiciese todo, mejor. Tan pronto como llegase allí, llamaría a Tony.

Una cosa tenía clara: no iba a esperar a mañana para cumplir su encargo; si volvía a ver a Verónica a la luz del día, más sereno, estaba seguro de que se echaría atrás.