La hora de los monstruos Martes, 30 de octubre de 2012
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Martes, 30 de octubre de 2012

¿Cómo se conseguía esconder unas pérdidas que ascendían a varios millones de euros?

Esa era la pregunta que Rodrigo Carrascosa se había formulado hacía ya cinco años y que logró resolver gracias a un astuto ejercicio de ingeniería contable.

De momento, su apaño había conseguido pasar como bueno gracias al tsunami financiero causado por la quiebra de Lehman Brothers y todo el delirante proceso que le siguió: países en bancarrota, familias desahuciadas, una generación perdida de jóvenes europeos…

Rodrigo estaba convencido de que bajo ese contexto sería fácil esconder toda la ropa sucia que había acumulado en su desastrosa gestión.

Pero, primero la fusión y creación del nuevo banco, y después la intervención del gobierno para evitar el colapso de una de las entidades financieras más importantes del país, habían vuelto más vulnerables sus mentiras.

El miedo al default de uno de los bancos más grandes de España había hecho correr a los políticos a su rescate sin preguntar cómo podía haber sucedido algo así.

El pánico y el axioma «O nuestra solución o el caos», tantas veces enarbolado como eslogan para justificarlo todo durante esa crisis, habían evitado que se descubrieran las causas reales de aquella situación.

Hasta ahora, la situación de la caja de ahorros que Rodrigo había presidido había quedado englobada dentro de la pésima situación del nuevo banco resultante de la fusión.

Sin embargo, era cuestión de tiempo que saliese a la luz que había sido su entidad la que había llevado al desastre a todas las demás.

Él tenía asumido que la opinión pública llegaría a conocer eso.

La cuestión era cómo maquillarlo para que no fueran mil, sino trescientos, y cómo hacer ver que su participación en el desastre no era tan fundamental como en realidad lo había sido.

Debía idear un plan para repartir las culpas y conseguir desviar la atención.

Si todo lo que habían hecho él y su consejo de administración saltaba a la primera plana de los periódicos, se convertiría en un escándalo difícilmente asumible.

Bien pensado, esa crisis era toda una bendición para él.

La coartada perfecta para poder meter todo en el mismo saco, blanquear las irregularidades en la misma cuenta de pérdidas incobrables.

Al fin y al cabo, como bien comentaba uno de sus colegas en las tertulias del club: esa situación se solucionaba de la misma forma que las anteriores, tirando de entropía, encomendándose a la termodinámica.

Para que la clase adinerada pudiera seguir siéndolo los próximos años, la clase media debía empobrecerse las siguientes décadas y la clase baja, pudrirse en la miseria hasta el final de los tiempos.

Rodrigo apuró el tercer whisky de la mañana mientras sopesaba las posibles salidas.

Obviamente, sabía demasiadas cosas que no debían llegar al conocimiento de los medios de comunicación y las redes sociales, tan sensibles en esos momentos a cualquier posible escándalo de índole económica, y no digamos ya a uno con orígenes bancarios.

No había nada que temer por esa parte. El futuro solo podía depararle cosas buenas: una jugosa indemnización por su despido, un buen puesto en una gran empresa, varios sillones en diferentes consejos de administración.

Un plan perfecto, mejor de los que él podía haber diseñado para evitar la cárcel por fraude y estafa.

Además, de esta forma, mataría dos pájaros de un tiro: no solo encubriría las apropiaciones indebidas de capital, sino que también se serviría de la coyuntura para poder explicarle a Maruja, con el debido tacto, la difícil situación económica en la que se encontraban, con una segunda hipoteca sobre todas sus propiedades.

El dinero que iba a recibir como compensación por su despido era una cifra privada que ni siquiera su mujer debía conocer.

Él procuraría dejar el montante a buen recaudo en algún banco de Andorra o las Caimán.

Listo y dispuesto para poder costear sus pequeños excesos, como a él le gustaba llamarlos.

Así son los hombres que triunfan en los negocios, los que consiguen convertir una situación adversa en una ventajosa.

Se preparó una cuarta copa, esta vez sin hielo y sin soda.

Necesitaba notar la quemazón del licor corriendo por la garganta, esa bendita sensación de ebriedad que le hacía sentirse tan vivo.

Como hoy no podían estar todos juntos por cuestiones de agenda, había quedado para tomar un vermut rápido con Rufino en San Jerónimo y luego con Gonzalo para comer en el restaurante ese que se había puesto tan de moda.

Aunque no estaba del todo convencido de que su amigo el juez se sintiera a gusto en un local tan heterodoxo, sí estaba seguro de que acabaría agradeciéndole que les comunicara las novedades que habían llegado a su conocimiento.

Tenía que poner a ambos al tanto de la conversación entre Gómez y Esparza.