La hora de los monstruos Lunes, 29 de octubre de 2012
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Lunes, 29 de octubre de 2012

Nicolae miraba inquieto la televisión. En los diez días que llevaba ingresado en prisión, no había podido dejar de darle vueltas a la cabeza.

Su situación no era la mejor del mundo, eso era evidente.

Pero era consciente de que tenía muchas cartas que podía utilizar.

Su hermano se la había jugado otra vez, eso no le pillaba de nuevas, pero con lo que no contaba era con que el resto de los acontecimientos se hubieran precipitado de golpe en apenas cuarenta y ocho horas.

Cuando los policías se presentaron en su casa, se temió lo peor.

Había seguido con especial atención el programa del día anterior en la televisión.

Tenía la certeza de que si las cosas se torcían, y esa era la sensación que daba con la gran repercusión que estaba suscitando el caso, él tenía todas las papeletas para convertirse en el perfecto chivo expiatorio.

En cierto modo, eso estaba incluido en el sueldo.

Cuando le dijeron de qué se le acusaba, sintió un gran alivio. Y aunque dentro de prisión su margen de maniobra se reducía mucho, era mejor eso que no convertirse en primera plana de todos los periódicos españoles y de parte de Europa.

La semejanza física entre ambos hermanos era una baza que Florian había explotado desde que llegó a España.

De esa forma, había usado la identidad de su hermano en varias ocasiones para evitar los juzgados.

Así fue como Nicolae se convirtió en prófugo de la justicia antes de pisar incluso suelo español, con dos causas pendientes por citaciones a las que su hermano no se había presentado.

Los delitos habían ido a más, y la policía española estaba convencida de que el líder de la banda que aterrorizaba a las empresas del polígono de Toledo y otras localidades de Castilla-La Mancha se llamaba Nicolae Illiescu y no Florian.

El tema era serio, le había dicho su abogado.

Su hermano sumaba ya diez acusaciones que ahora pesaban sobre su cabeza.

Dos de ellas con heridos de bala, uno muy grave: un guardia jurado que se encontró en el peor momento en el lugar equivocado y que recibió cuatro tiros, uno de los cuales le reventó la médula espinal a la altura de las cervicales, dejándolo tetrapléjico de por vida.

Nicolae pasaba de la euforia al desaliento en un escaso margen de tiempo.

Podía empezar el día confiado en que nadie conseguiría relacionarle con las desapariciones, pero antes del almuerzo ya se había destrozado las uñas, víctima de la ansiedad, mientras se maldecía por haber dicho que sí a aquello sin pensar las consecuencias.

Todo había sido muy sencillo: le habían explicado el trabajo, le habían comentado de forma cordial las consecuencias que conllevaría una posible falta de confidencialidad y le habían pagado religiosamente la cantidad pactada en los plazos acordados.

Pero y ahora, ¿dónde estaban ellos? ¿Por qué nadie se había puesto en contacto con él?

¿Acaso no se habían enterado de que llevaba más de una semana en la cárcel?

El tiempo libre es el peor enemigo de alguien cuando está lleno de miedos y temores, y si algo tenía Nicolae ahora mismo era precisamente eso: todo el tiempo libre del mundo.

No conseguía concentrarse en nada que no fuera su defensa.

En los últimos días, desde su ingreso en prisión, ni siquiera había hecho un minuto de ejercicio.

Algo inaudito en él, que dedicaba más de cinco horas diarias a las pesas y las artes marciales.

Ni la televisión ni la conversación con otros reclusos conseguían distraer su mente por un momento de sus problemas.

Para aumentar aún más si cabe su grado de nerviosismo, acababa de recibir hacía unas horas la visita de Adrian, uno de los lugartenientes de su hermano.

El mensaje era claro: si hablaba, saldría de prisión en una caja de madera; si cumplía y se quedaba callado, lo haría por la puerta y con un buen número de euros en el bolsillo.

Nicolae sabía que Florian no bromeaba. Para él sería fácil, gracias a sus contactos con las mafias, pagar a un sicario para que acabara con su vida en un abrir y cerrar de ojos.

Nicolae tenía sus buenas razones para estar tan preocupado. Por muchas jugadas que intentara fabricar en su cabeza, cualquier movimiento de piezas le llevaba a un inexorable jaque mate.

De quien tampoco se fiaba era de su abogado.

Quizá había llegado la hora de cambiar de letrado.

Aunque ¿qué otras opciones tenía? ¿Acudir directamente a la policía?

Eso sería su sentencia de muerte. Quedaban solo tres días para la vista y para entonces debía tener definida una estrategia que le sirviese para permanecer con vida los próximos meses.

Estaba atrapado. Por un lado, le podían caer un montón de años a la sombra por culpa de los líos de su hermano; y por otro, si descubrían su implicación en aquel trabajo…, bueno, eso sí que sería un problemón.

Sentado en el patio, estaba empezando a tomar conciencia de los muchos errores que había cometido.

El primero y más importante: no cortar con el juego de su hermano.

Siempre había sabido que más tarde o más temprano acabaría pagando esa factura pendiente, y la hora de liquidarla había llegado en el momento más inoportuno.

El segundo fallo había sido fiarse de Tony.

Estaba convencido de que había sido él quien le había traicionado.

Esa era su realidad. Dos identidades, dos criminales con delitos de sangre, pero solo una persona para pagar por ellos: Nicolae.

Su tercera y última equivocación había sido seguirle el juego a Verónica.

Desde el primer momento supo que aquello era una trampa, que ella, además del fajo de billetes que le habían prometido, era el cebo que le habían preparado para que aceptara el encargo sin muchos miramientos.

Y eso era verdad: Nicolae daría la vida por esa chiquilla, que —eso era algo que tenía muy claro— nunca sería suya.

Pero de lo que no dudaba ni lo más mínimo era que dejarse engañar por ella había sido uno de los momentos más dulces y excitantes de su vida.

Aunque lo maravilloso de aquel momento no enmascaró de ninguna manera lo poco que le gustaba aquel encargo, cuya procedencia intuía con claridad.

Si Vero había ido a hablar con él había sido por orden de aquel viejo baboso con el que estaba liada, de aquel político corrupto que tanto presumía de cerrar todos los burdeles de la provincia, pero no con un mandato judicial, sino porque él era siempre el último cliente en salir por la puerta del establecimiento.

Si salía de ahí, juraba que acabaría con ese Esparza del demonio.

Dar marcha atrás ahora era imposible. Pero lamentarse era legítimo.

De repente le vinieron a la cabeza los horribles recuerdos de los días pasados en el orfanato; su tío —con quien vivían él y su hermano después de que su madre muriera— le había denunciado por robarle una vaca, la única que tenían en su familia.

En realidad, toda la trama era obra de uno de los agentes de policía destinados en el puesto del pueblo en que vivían.

Su tío había tenido que tirar de sus escasos ahorros para recuperar al animal y firmar la denuncia contra su sobrino, quien, a sus escasos ocho años, había cometido muchas fechorías, pero esa en concreto no.

En su pueblo era habitual que ladrones y policías llevaran el mismo uniforme.

Cuando los campesinos acudían a denunciar algún robo, se les informaba de la cantidad que debían pagar para recuperar la mercancía a la vez que se negociaba a quién se señalaba como posible culpable del delito.

Duchas de agua fría, palizas, hambre, mucha hambre, frío en los huesos y aquellos horribles llantos de los niños del pabellón psiquiátrico, unos gritos que aún hoy seguían atormentándole.

Allí fue donde a Nicolae le pilló el final de la época más oscura de su país, la caída de los Ceausescu y su imperio de oro y alabastro, enfangado en la mierda y la podredumbre de un reformatorio que hacía las veces de manicomio y orfanato, un siniestro edificio donde convivían los chicos a los que nadie quería.

Esos dos meses acabaron, pero nunca habían terminado de pasar para él.

Estos eran los pensamientos en los que andaba enredado poco antes de recibir la visita de su abogado. En un principio había pensado en despedirle aquella misma mañana, pero luego recapacitó.

Nada había cambiado en la apariencia física del abogado: llevaba el mismo traje pasado de moda, con una horrible corbata de tonos chillones imposibles.

Buscó y encontró, como siempre, las habituales manchas de comida que solían decorar su camisa.

Su cuerpo rechoncho y el abundante sudor que perlaba siempre su frente —como si hubiese hecho un esfuerzo titánico y sobrehumano para acercarse a la prisión— le conferían ese aspecto tan patético que tanto le desagradaba.

Como siempre, se excusó por su tardanza, aunque esta vez no empezó su tibio discurso con el acostumbrado «Pues no tengo mucho que contarte».

Para sorpresa de Nicolae, por primera vez, venía a contarle algo interesante.

—Vamos a ver cómo te lo explico, Nicolae —le comentó secándose el sudor con un pañuelo de dudoso color—. La cuestión es la siguiente: tal vez tengas acceso a ciertas informaciones que puede que sean interesantes para una investigación muy importante.

—Pero ¿qué me estás contando, joder? —le interrumpió furioso su defendido.

—Deja el teatro para la policía, Nicolae. No hace falta que me cuentes milongas. Tienen todos los datos y las pruebas para que cargues también con eso y te pudras en la cárcel. Están hablando de ayudarte.

El tono del letrado empezaba a volverse inquisitorio al notar que iba ganando terreno frente a un perplejo Nicolae.