Lunes, 13 de agosto de 2012
Mario había dormido fatal. Se despertó a las cuatro de la mañana y desde entonces no había pegado ojo.
No podía quitarse de la cabeza lo que había pasado ese fin de semana.
Su primera vez había sido por partida doble, con dos chicas diferentes y en menos de veinticuatro horas.
Nunca se imaginó que aquel momento fuera a producirse de aquella manera.
No le apetecía nada tener que ir a clases de recuperación y encontrarse con Susana.
Intentó hacer un ejercicio de terapia mental: eliminó todo lo que había pasado en el chalet de la fiesta a la que le habían llevado Bruno, Nicolae y Chucky, y quedarse solo con aquel momento a solas con Susana. Funcionó a medias.
Intentó buscar alguna excusa para no ir a clase, pero al final decidió que lo mejor era pasar el mal trago cuanto antes: en su fiesta de cumpleaños del miércoles iban a estar sus amigos y Susana; eso sería aún peor.
Lo que no se podía imaginar al llegar al instituto fue que se encontraría a Verónica; estaba peor que nunca, aunque seguía conservando ese encanto que lo había vuelto loco cuando coincidieron en clase al principio de la ESO.
—Hola, Mario. ¿Qué tal estás? Te veo muy bien —le dijo Verónica, mientras se aproximaba a darle un beso en la mejilla.
Mario no supo qué contestarle y solo pudo encogerse de hombros. Estaba rojo como un tomate, y todavía se puso un poco más cuando vio llegar a lo lejos a Susana, que, cuando lo reconoció, aceleró el paso para entrar en el instituto.
Verónica se dio cuenta enseguida de la situación.
—¿Esa es tu novia? ¿Sí? ¿Mi pequeño Mario se ha echado novia?
—Es solo una amiga.
—Espero que no sepa nada de lo que pasó ayer en esa fiesta…
—Tengo que entrar en clase —dijo Mario, molesto por el comentario.
—Tranquilo, amor. Conmigo tu pequeño secreto está a salvo. Te lo juro —aseguró, llevándose la mano al corazón.
—Gracias, Verónica. Tengo que irme…
—Necesito que me hagas un favor: déjame algo de pasta. Cien euros me vendrían de lujo.
—Ahora no llevo nada encima.
—Te acompaño al cajero, no te preocupes.
—Pero…
—Lo hacemos en un momento y luego puedes ir a clase. Mira, ahí hay uno.
Mario suspiró. Su tío le había ingresado el dinero de su cumpleaños el fin de semana pasado y su plan no era gastarlo en los vicios de una yonqui, pero no veía muchas más opciones.
El joven maldijo de nuevo haberle hecho caso a Bruno.
«¿En qué maldita hora decidí ir a esa fiesta? », farfulló para sí.
Verónica le cogió del brazo y lo llevó hasta el cajero.
Cuando estaban a punto de llegar al banco, apareció de repente Esparza.
Mario no tuvo tiempo de reaccionar: de un empujón lo tiró al suelo y luego le dio varias patadas.
Sin embargo, la peor parte se la llevó Verónica.
La chica le insistía en que no era lo que parecía, pero él no se daba por aludido y seguía a lo suyo.
—¡Eres un imbécil! ¡Deja al chico! Mario iba a ayudarnos. ¿Por qué no te metes en tus asuntos?
Esparza cogió a Verónica del pelo y la llevó a rastras hasta el final de la calle.
Mario vio cómo la agarraba del cuello, pero ya había tenido suficiente y decidió volver sobre sus pasos y dirigirse al instituto.
Una vez dentro, se metió en el baño. Se aseó y comprobó los daños: la cara no tenía magulladuras, los golpes habían sido todos en la espalda, lo peor era cómo había quedado la camiseta.
Por tercera vez aquella mañana volvió a maldecir el momento en que había decidido ir a aquella fiesta.
Esparza le dejó claro a Verónica que no quería verla con ningún hombre a solas. Le daba igual que fuera un chiquillo como ese. El tal Mario le estaba molestando demasiado, tanto que iba a tener que darle un buen escarmiento. Sacó el teléfono del pantalón para llamar a Gómez.
—Creo que ya tengo un buen par de peces para nuestros amigos —le dijo Esparza.
—Entonces queda con Tony y con los otros dos para prepararlo todo. Tenemos poco tiempo, pero seguro que les encanta la sorpresa —le dijo el inspector y colgó.
Verónica le esperaba un poco más adelante. No dejaba de llorar y cada vez estaba peor: tenía que meterse algo.
—Yo solo quería ayudar, Jorge. De verdad —le suplicó.
—¡Calla, hostia! De la pasta ya me encargo yo. El miércoles nos va a tocar la lotería y tú vas a tener que ayudarme a conseguirlo.
Jorge se llevó a casa a Verónica y luego telefoneó a Tony para que pasara a buscarlo.
—¿Qué pasa, chaval? —le preguntó Tony a Nicolae, que acababa de subirse a su coche.
Nicolae le devolvió el saludo con la cabeza, sin demasiado entusiasmo. Se colocó en el centro de los asientos traseros para tenerlos controlados a los dos, a Tony, que conducía, y a Esparza, que iba sentado en el sitio del copiloto.
—Bueno, bueno. ¿No le dices nada a tu amigo, Esparza? Ya lo siento, muchacho, él tampoco está muy hablador. Lleva así desde que se ha subido al coche. A mí todavía no me ha dirigido la palabra. ¡Con lo que me gusta hablar!
Tony miró a los dos a través de sus gafas de espejo con gesto serio y actitud desafiante.
—Nos ha dicho un pajarito que te van muy bien las cosas —le dijo a Nicolae—. ¿A que sí, Jorge?
Esparza asintió con la cabeza.
—No me puedo quejar.
—Eso me gusta. A Tony le encanta que a sus amigos les vayan muy bien las cosas. Lo que no me gustan tanto son esos negocios que haces a nuestras espaldas, sin contar con nosotros.
—No sé de qué…
—Tranquilo, tranquilo —le interrumpió—, el día que a tu amigo Tony le molesten esas cosas de verdad, te enterarás. Vaya que si te enterarás. Y no seré yo quien te lo recriminará. Ya conoces cómo se las gastan mis chicos. Y hay unos cuantos que te tienen ganas.
—No entiendo cómo no le revientas a hostias —intervino Esparza por primera vez en la conversación.
—No hay que ser tan violento, Jorge. Vas a asustar al chico. Nicolae es muy listo y sabe que no tiene que volver a hacerlo más. ¿No es así, Nicolae? —le preguntó Tony mientras le palmeaba la cara con decisión—. ¿A que no nos vas a volver a dejar fuera de tus negocios?
—No —contestó entre dientes el rumano.
—¿Ves? Ya te lo dije, Jorge, es un chico muy listo. Sabe lo que se hace. Aclarado ese tema, vayamos a lo nuestro. Tenemos un encargo para ti.
—No sé cómo te fías de este subnormal.
Nicolae hizo ademán de levantar la mano, pero Tony, atento, evitó que hiciera ningún movimiento con un rápido gesto con su brazo izquierdo.
—Tengamos la fiesta en paz. Todos. Tú también, Jorge. ¿Entendido, chicos? Acordaos siempre, somos familia.
Ninguno contestó, pero ambos asintieron con la cabeza.
—El tema es el siguiente. Nuestros clientes querían carne fresca y Jorge se la ha conseguido. Pero tenéis que ayudarnos con este tema.
—¿Quiénes son? —preguntó Nicolae.
—A su debido tiempo. No tengas tanta prisa. Seguro que te llevas una sorpresa —dijo Tony.