La hora de los monstruos Domingo, 28 de octubre de 2012
41%

Domingo, 28 de octubre de 2012

Todavía estaba en la academia cuando se lo propusieron. Pero no lo dudó ni por un momento. Claro que estaba dispuesto a infiltrarse en ETA.

El plan parecía perfecto, sin fisuras: a partir de ese momento, Ricardo González era un insumiso, pendiente de un consejo de guerra, que tenía que huir a Francia.

En Bayona entró en contacto con las organizaciones independentistas y los círculos de etarras.

Su incorporación a la banda debía haber sido más lenta, pero el asesinato de Miguel Ángel Blanco lo aceleró todo.

Los meses en Bilbao fueron mucho más duros de lo esperado.

Le tocaron años complicados: atentados a políticos y periodistas, treguas rotas, ilegalizaciones de los partidos abertzales, enfrentamientos en la cúpula de ETA…

Y justo cuando el final del terrorismo estaba más cerca, tuvo que desaparecer. Alguien le había descubierto.

De su primera infiltración no salió bien.

Cuando volvió del País Vasco, su vida estaba patas arriba.

Escondido con una nueva identidad, no sabía qué creer ni en quién hacerlo.

Sus valores morales se habían erosionado tanto que le costaba volver a tomar el rumbo.

Después de aquellos años de bombas, tiros en la nuca y secuestros, Ricardo ya no volvió a ser él mismo.

La asistencia psicológica no le sirvió de nada; caía en picado sin siquiera querer evitarlo.

Justo el día que iba a presentar la baja, recibió una llamada que volvería a cambiar su vida otra vez.

De nuevo solo, con la misión de engañar a unas personas para que confiaran en él, dispuesto a investigar esta vez no a unos terroristas, sino a sus propios compañeros.

Un expediente policial reescrito para la ocasión, un pasado borrado, las mismas suspicacias, el miedo a ser descubierto, la imposibilidad de desarrollar una relación profunda con nadie, el regreso al alambre, con la mentira como única compañera de viaje.

Le habían dicho que se trataba de un caso de corrupción: policías, políticos, matones de discoteca, un banquero y hasta un juez.

Pero pronto descubrió que todo aquello era más escabroso de lo que le habían contado.

Desde el primer día infiltrado en la unidad del inspector Gómez, tuvo claro que ese policía de mirada turbia tenía las claves de todo lo oscuro que pasaba en esa comisaría, y también fuera de ella.

Ricardo se puso la ropa de correr, las gafas de sol y la gorra de los Chicago Bulls.

Hoy tocaba misión de vigilancia. Al hacer los ejercicios de estiramiento, notó que todavía le dolía la rodilla del tropiezo del día anterior con Javier Redondo.

¡Cómo había podido cometer aquel error de principiante!

Pensaba que lo había perdido y corrió desde la parada del metro hasta el restaurante.

Por lo menos estaba convencido de que el periodista no sabía quién era; seguramente ni se acordaba ya del encontronazo.

Lo fundamental era que Javier estaba bien; esa era una parte importante de su misión.