Sábado 27 de octubre de 2012
Javier se pasó toda la tarde haciendo algo impropio de él: combinar la ropa intentando conseguir el mejor resultado posible para su cena de esa misma noche.
Estaba más nervioso que antes de ir a su primera entrevista de trabajo.
La tarea le llevó varias horas y al final tuvo que claudicar y reconocer que no tenía una ropa adecuada para ir a un lugar tan caro y moderno como el japonés al que le habían invitado.
La desesperación por conseguir el atuendo apropiado había aparcado el segundo de sus problemas: el estómago del periodista no toleraba el pescado crudo.
Las dos veces que había comido sushi había estado a punto de vomitar.
Eso le hizo acordarse de Lucía. A ella le encantaba probar cosas nuevas.
Era una persona que realmente disfrutaba con la comida.
Él, sin embargo, no le daba más importancia que la que tenía el mero hecho de alimentarse.
Durante los primeros años de relación, ella se esforzaba por cocinar cosas diferentes y proponer alternativas gastronómicas.
Lo de la comida ya vería cómo lo solucionaba más tarde, pero ahora debía buscar un conjunto apropiado para esa noche.
No es que tuviera mucho dinero para gastar, pero si los números de los que le había hablado la secretaria de Lisandro eran ciertos, podía darse un lujo textil en la tienda que se le antojase.
Cogió el metro dirección Gran Vía y se aventuró en la famosa tienda de la que Lucía tanto le había hablado y que él hábilmente había conseguido evitar.
Entró y enseguida lo abordó un joven con un look muy moderno —o al menos eso le pareció a Javier—, exactamente el mismo que a él le gustaría mostrar esa noche.
Le preguntó por un traje y el dependiente le encaminó a la planta de abajo.
Se probó varios modelos que este le había seleccionado y acabó decidiéndose por un traje azul marino con ribetes rojos en las mangas y la solapa que le quedaba realmente bien.
Pese a los últimos kilos acumulados en sitios peligrosos, conseguía lucir con bastante distinción la americana entallada y el pantalón de tiro corto.
Hasta parecía más delgado de lo que realmente era con esa ropa.
El joven de la tienda le animó a comprarse también una camisa y una corbata, y Javier aceptó la propuesta.
Llegó diez minutos antes de lo previsto al local —en realidad, ya llevaba otros veinte dando vueltas por la zona— y, aunque el jefe de sala le animó a esperar al resto de los comensales en la mesa, prefirió quedarse de pie junto a la puerta.
Lisandro llegó acompañado de dos de sus colaboradoras, Esther Campillo y Concha Arnedo.
El presentador se preguntó al ver al nuevo colaborador por qué se habría llevado aquella carpeta llena de papeles a la cena.
—Te dije que no hacía falta que trajeras ningún documento. Hoy solo vamos a charlar y conocernos todos un poco —dijo Lisandro, confiando en que Javier dejase de abrazar contra su pecho aquel mugroso cartón.
—Ya, ya lo sé…, pero… pero pensé que…, lo siento. Bueno…, la dejo por aquí.
Javier no conseguía superar los nervios y se fue al baño para intentar calmarse.
Concha y Esther no dejaron de criticarle durante el rato que estuvo en el servicio. Lisandro les pidió a las dos mujeres que pararan y tratasen de integrar al periodista en la conversación para ver si así se tranquilizaba.
A su vuelta, Javier se mostró un poco más tranquilo. Lisandro tomó entonces las riendas de la conversación.
—Bueno, Javier, como bien sabes… Me imagino que habrás visto los dos programas, ¿no?
—Sí. Sí, por supuesto. Varias veces.
—Era broma, tranquilo. Tampoco te pierdes nada —le dijo Esther, mientras le depositaba una mano tranquilizadora encima de la suya.
—Sí, gracias. Pero sí que los he visto, de verdad.
—El primero fue un poco diferente. Pero el segundo —continuó explicándole Esther— puede servirte de referencia.
Es muy parecido al formato de nuestros programas de los viernes.
Un pequeño monólogo de Lisandro, publicidad, un vídeo contando las novedades del caso, publicidad, y luego entramos los colaboradores.
En principio, cada uno de nosotros cuenta algo.
No es necesario que descubras todas tus cartas entonces, guárdate algo para después, para el momento más importante del programa, que es cuando empezamos a polemizar entre nosotros.
Concha y yo siempre solemos mostrar posturas diferentes.
—Esta asintió mientras sorbía su cóctel con una pajita—.
Luego está Moncho, que, por cierto, ya tendría que estar aquí.
—Me acaba de enviar un wasap. Está en no sé qué estreno. Dice que en cinco minutos llega; pon entonces media hora —apuntó Concha.
—Como iba diciendo, luego entra en escena Moncho.
Normalmente, suele ser un poco el rival de Concha y el contrapunto de Lolo.
Como supongo que ya sabes, Lolo Fuentes ya no está en el programa.
Tú ocuparás su lugar y también su papel.
No te asustes si Moncho empieza a atacarte.
Es todo una especie de juego para crear debate.
—Sí, sí, entiendo, entiendo —dijo Javier asintiendo.
En realidad no entendía nada. Él estaba acostumbrado a otro tipo de periodismo, basado en buscar información, contrastarla, elaborarla y publicarla. Aquello era diferente, aunque parecía que empezaba a gustarle.
—Y si pasa algo…
—Y si pasa algo y las cosas se ponen feas, siempre estaré yo para ayudarte —puntualizó Lisandro.
Justo en ese momento llegó Moncho, con cara de pocos amigos y protestando por algún problema con su agente. Saludó de pasada y con poco entusiasmo a Javier, y continuó charlando con Concha y Esther, como si él no estuviera presente. Lisandro aprovechó ese momento para pedir la cena.
—Aquí hacen un sashimi realmente delicioso. Como es lógico, he pedido también sushi y otro par de platos para compartir. No sé si quieres ver la carta, por si te apetece pedir otra cosa —le dijo Lisandro.
—No, sin problema. Tiene todo una pinta estupenda —mintió desviando la mirada a las mesas colindantes, donde rebosaban amenazantes bandejas llenas de makis y nigiris.
Durante la siguiente hora, la cena transcurrió de una forma más que agradable, contando anécdotas de gente famosa que Javier no conocía, además de secretos de alcoba y cotilleos de futbolistas y concursantes de la televisión de los que tampoco el periodista sabía de su existencia.
Moncho se dedicó a dar buena cuenta de tres colmados whiskies, sin probar alimento alguno.
Concha, que puso como excusa su régimen, solo mordisqueó un par de piezas de sushi.
Así pues, quedaba para Lisandro, Esther —que, pese a tener un cuerpecito digno de una gimnasta de la antigua Alemania Oriental, se reveló como una gran devoradora de comida japonesa— y el propio Javier la ardua tarea de dar buena cuenta de la ingente cantidad de platos que fueron desfilando delante de sus ojos.
El periodista se sorprendió disfrutando del festín; a esto último ayudaron las cervezas y el sake ingerido.
Todo fue bastante bien, hasta que abandonó cualquier precaución y decidió impregnar un nigiri con una cantidad a todas luces excesiva de wasabi.
—Joder, Javier. Te untas el wasabi como si fuera mayonesa —le soltó Moncho.
—Es que no estoy muy acostumbrado y, además, llevo toda la semana un poco mal —dijo a modo de excusa sin dejar de toser.
—Ya te acostumbrarás. A tu jefe —dijo Moncho señalando con el dedo a Lisandro— le gustan los restaurantes caros y exóticos. Es normal, en las redacciones de los periódicos no coméis pescado crudo; sois más de bocata de sardinas y cosas por el estilo, ¿a que sí?
—Bueno, yo… —Javier intentó decir algo, pero su voz quedó ahogada por las risotadas de Concha y Moncho.
—Pues tú esta noche, Moncho, parece que ni lo uno ni lo otro, ni pescado crudo ni bocata de sardinas. Lo único que has cenado ha sido licor —intervino Lisandro en tono amenazante.
—Ya os he dicho que he estado en la chorrada esa del estreno de la película de la amiga de Esther y que he picado algo allí —contestó Moncho a modo de disculpa—. Además, ya sabes que yo por la noche soy más de beber que de comer. Y el alcohol lo aguanto bien.
—Hasta que dejas de aguantarlo. Fíjate en tu querido Lolo. Es muy sencillo acabar como él. Más de lo que te piensas.
Después del breve silencio que se produjo tras el roce entre Lisandro y su colaborador, la conversación volvió a ser distendida durante el resto de la velada.
A eso de las doce, todos pusieron una excusa para darla por finalizada, aunque a Javier le pareció que todos ellos, juntos o por separado, tenían algún plan al cual no le iban a hacer partícipe.
En realidad, se felicitó por ello. Ya había sido bastante difícil todo como para seguir tentando a la suerte.
Después de todo, no había ido tan mal. Se despidieron con la promesa de verse el lunes en la productora para empezar a preparar el tercer especial.
A Javier le sorprendió tanta elaboración; la sensación que tenía como espectador ocasional de ese tipo de programas era que todo parecía muy espontáneo e improvisado.
Siguió dándole vueltas a lo ocurrido en la cena mientras volvía de regreso a su casa.
Fue al subir las escaleras del metro cuando se dio cuenta de que se había dejado la carpeta en el restaurante.
Se dirigió a la carrera al andén contrario para coger otro metro.
Los minutos de espera —hasta ese momento no había sido consciente de lo mucho que tardaban los últimos meses los trenes a ciertas horas— se le hicieron eternos.
Casi media hora más tarde consiguió llegar al local donde habían estado cenando, pero, para su sorpresa, estaba ya cerrado.
Era casi la una y tenía las persianas bajadas.
Tampoco se veía ninguna luz. Y si había alguien dentro, no hizo nada por contestar a sus golpes contra la puerta de entrada.
Javier cruzó la acera sin mirar y casi se llevó por delante a un joven que iba corriendo.
Del impacto, al hombre se le cayó la gorra que llevaba al suelo.
Javier la recogió y se disculpó. Era una gorra con el escudo de un equipo de la NBA, seguramente oficial, como las que él siempre había querido comprarse y nunca lo había hecho.
Había tantas cosas que había aplazado en su vida, tantos deseos frustrados…
Desesperado y derrotado por la situación, se sentó en un banco cercano y se puso a llorar como no lo había hecho en mucho tiempo.
Una multitud de sucesos se le vinieron encima, como un tsunami de sentimientos que le arrolló sin contemplaciones.
La sensación de ser un desastre absoluto le recorría todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, impidiéndole hacer otra cosa que lamentarse por ser así.
Después de varios minutos de flagelación emocional, decidió encender un cigarro para aclararse las ideas.
No todo estaba perdido. Tenía un trabajo y, aunque no veía muy claro cómo poder llevarlo a cabo, de momento era suyo, aunque si seguía haciendo el ridículo como había ocurrido aquella noche, no lo sería por mucho tiempo.
Dejó a un lado sus cuitas profesionales y se centró en él mismo como persona: se sentía incompleto desde que Lucía se había marchado.
Habían pasado ya diez días y todavía no habían hablado.
Ambos habían hecho llamadas sin respuesta, pero no las habían devuelto al momento.
Quizá aquella no era la mejor hora para llamar.
Era muy tarde, pero marcó el número del teléfono de Lucía.
No tenía la esperanza de que ella descolgara, pero al cuarto tono la voz de ella le resonó en el oído.
—¿Sí? ¿Javier? ¿Estás bien?
—Sí.
—Pensé que había pasado algo.
—Perdona. ¿Estabas dormida? No quería despertarte… Solo quería hablar contigo.
—No, todavía estaba despierta. Me has asustado.
—Lo siento.
—Está bien.
—Te llamaba para decirte que lo siento. Que… me gustaría que las cosas hubiesen sido de otra forma. —La voz le empezaba a fallar a Javier y tuvo que parar un momento—. Que todo esto que ha pasado ha sido por mi culpa.
—También ha sido culpa mía. Marcharme sin decirte nada no estuvo bien.
—Tampoco te dejé muchas más opciones.
—Eso es cierto. Yo lo intenté, pero nunca tenías tiempo para hablar. —En ese momento, Javier ya no pudo aguantar más y las lágrimas volvieron a correr por su cara sin remisión—. ¿Estás bien? —preguntó Lucía al oír el llanto de la que había sido su pareja.
—Sí. He tenido una noche muy complicada.
—¿Hay algo que me quieras contar?
—No —respondió Javier enjugándose las lágrimas con la manga de la americana—. En realidad, debería estar contento. Parece que las cosas empiezan a salirme bien. He encontrado un nuevo trabajo.
—¿Un nuevo trabajo? —preguntó Lucía sorprendida.
—Sí. No te lo dije, pero hace más de un mes que ya no trabajo en el periódico. No pude salvar el último ERE. Sé que tenía que habértelo contado, pero…
—Sí. Tenías que habérmelo contado. Vivíamos juntos. Se supone que éramos una pareja —le recriminó Lucía.
—Hay muchas cosas que no he hecho bien últimamente. ¿Estás enfadada por no habértelo dicho? —preguntó Javier, intentando romper el silencio que se había instaurado entre ellos.
—¿Tú qué crees?
—Que sí —respondió cabizbajo.
—Esa es la razón por la que me marché. Porque ya no contabas conmigo. No hablabas. No nos comunicábamos. Éramos dos extraños viviendo bajo el mismo techo.
—Lo sé. Y nunca quise que llegásemos a ese punto.
—…
—Y tú, ¿estás bien? —preguntó Javier, consciente de que, por mucho que lo intentara, todavía tardaría un buen rato hasta que Lucía olvidase su enfado.
—Sí.
—¿Dónde estás?
—En Burgos.
—Eso me imaginaba. ¿Estás en casa de tu hermano?
—Sí —mintió Lucía.
—Bueno. Si quieres, podemos hablar esta tarde con más calma, o cuando a ti te venga bien.
Javier decidió poner punto final a ese primer acercamiento. No había por qué forzar la situación. Lucía necesitaría su tiempo para asumir la nueva información. No era como si le hubiese confesado una infidelidad, pero para ella aquello era también una falta grave de confianza.
Cuando Lucía colgó el teléfono, se arrepintió al instante de haber sonado tan seca y distante.
Al fin y al cabo, Javier había hecho el esfuerzo de contactar con ella.
Y es que por mucho que se hubiese enfadado al descubrir que le habían despedido y que él no le había dicho nada, lo único que ella quería en ese preciso momento era abrazarle y estar junto a él.
Después de la emoción de los primeros días de sentirse liberada y hasta feliz por haberle abandonado, ahora entraba en una fase en la que no podía dejar de pensar en él.
¿Cómo se sentía Javier? ¿A él también le estaba pasando lo mismo?
Lucía intentó buscar respuesta a esta y a otras muchas preguntas durante las horas que pasaron hasta que logró conciliar el sueño.