La hora de los monstruos Viernes, 26 de octubre de 2012
38%

Viernes, 26 de octubre de 2012

Como había ocurrido en la anterior ocasión, Severino ya estaba sentado a la misma mesa del domingo anterior, dando buena cuenta de una generosa ración de porras que estaba mojando en un copioso café con leche con auténtico deleite.

Pese a lo ensimismado que el expolicía parecía estar en su banquete matinal, en cuanto vio a Javier le hizo un gesto para que se acercara hasta él.

Severino había pedido lo mismo para Javier. Esta vez, el periodista rebañó las porras hasta con el azúcar del plato. Después llegó el momento de hablar.

—¿Ves como sí que podías con ellas? Hay que desayunar en condiciones.

Ya lo dicen esos médicos americanos que son tan listos, aunque luego ellos solo coman mierdas entre horas.

Unas buenas porras y se acababa la diabetes y el colesterol ese de los cojones que nos tienen tan amargados.

¿Sabes qué nos dan en la residencia? Fruta, un yogur, dos galletas contadas y una taza de leche aguada con Cola Cao; la madre que los parió, con la pasta que soltamos cada mes.

Se me llevan los demonios cada vez que lo pienso.

Cualquier día de estos me marcho. Hago las maletas y me piro.

Contrato a una chica para que me haga la casa y a desayunar de bar todos los días, como está mandado.

Javier estaba más relajado que en el primer encuentro y reía con ganas las ocurrencias de Severino. Con la tripa llena, el mundo se veía mucho mejor.

—Me gusta que te rías. Los jóvenes de hoy estáis todo el día enfadados. De aquí para allá con el estrés ese que no os deja vivir. Hoy te veo mejor. Solo han pasado unos días, pero te ha cambiado hasta la cara.

»Bueno, vamos a lo nuestro, hijo. ¿Dónde nos quedamos el otro día?

Sí, ya me acuerdo. Te estaba contando lo que hacía en la brigada especial.

Durante una buena pila de años me dediqué a rastrear todas las desapariciones que había en este país.

Todo comenzó a raíz del horrible crimen de esas pobres niñas.

Su caso estaba en todas las televisiones y cada emisión, más sensacionalista que la anterior, aumentaba la alarma social.

Había que hacer algo. Así que, como te dije, se creó una división dedicada a buscar a esas personas: adolescentes que se fugaban después de una riña familiar, gente que se buscaba otra vida…

La mayoría volvía, otros seguían adelante con su plan de fuga.

Si eran mayores de edad, tampoco se podía hacer gran cosa.

Porque también había una minoría que no regresaba nunca; se evaporaban.

Veinte años después, sus familias siguen sin saber qué fue de ellos.

—¿Trabajabas solo?

—No, qué va. Al principio éramos cuatro.

Luego, cuando la presión social disminuyó y en este país estábamos a otras cosas, nos quedamos solo dos.

Hasta que nos jubilaron y trasladaron todos los expedientes a otra sección.

Desde 1992, cada denuncia de desaparición llegaba a nosotros; abríamos un expediente, lo rellenábamos, clasificábamos y archivábamos.

Teníamos tanto trabajo que, la mayoría de las veces, el caso se había resuelto antes de que lo diéramos de alta en nuestra base de datos.

—¿Y qué se hacía con esos expedientes?

—Se utilizaban para crear estadísticas, perfiles y zonas calientes que se incorporaban a una base de datos que usaba la policía judicial.

—¿Había sitios donde se producían más desapariciones?

—Sí que los había, aunque si solo cogías la información de los otros expedientes, no se veía tan claro cuáles eran.

—¿A qué te refieres? —preguntó Javier intrigado.

—A los otros expedientes, los que no tenían una denuncia oficial detrás. Esos no contaban para las estadísticas del departamento. Se archivaban en un lugar diferente como si fueran material clasificado. Tenían otro protocolo. Los llamábamos los «Expedientes X», por la serie de televisión.

La cosa empezaba a ponerse interesante, pensaba Javier mientras se ofrecía a invitar a una nueva ronda de cafés con leche. Severino declinó el ofrecimiento.

—A este país, en los noventa, comenzó a venir mucha gente de fuera.

Si te acuerdas, en esa época, en los telediarios siempre se hablaba cinco minutos o más de esa pobre gente que se jugaba la vida en las pateras pensando que venían al paraíso.

Como pasa ahora también, pero ya nos hemos acostumbrado.

Algunos se morían, otros acababan vendiendo discos en el top manta o collares en las fiestas de los pueblos.

También estaban los que desaparecían. Muchos usaban España como un país de paso a otros lugares.

Además, no había registro de su llegada al ser ilegales.

Pero en algunos lugares comenzaron a oírse rumores de misteriosas desapariciones.

Algunos familiares y amigos acudían a la policía, pero no denunciaban nada porque ellos tampoco tenían papeles.

—¿Y vosotros os encargasteis de esta investigación?

—Sí, fue mi unidad. En realidad, fui yo quien la realizó.

«Cayuco», así se llamó la operación. No sirvió para mucho, la verdad, pero me llevó casi dos años de viajes, interrogatorios y seguir pistas falsas sin muchos resultados.

Cada vez que encontraba algo de luz, volvíamos a la casilla de inicio, como en el juego de la oca.

—Pero, entonces, ¿había inmigrantes que desaparecían?

Severino se incorporó ligeramente hasta que aproximó sus labios todo lo que pudo hasta la oreja de Javier, sin dejar de otear en busca de posibles espías de su conversación.

—Sí. Aunque nunca pude demostrar con pruebas concluyentes mis teorías —dijo el expolicía en un susurro apenas audible por su interlocutor.

—¿Y cuáles eran? —preguntó Javier con voz queda, imitando el sigilo de su confidente.

—Apaga la grabadora para que podamos seguir hablando —le ordenó Severino con gesto adusto.

—Ya está. Háblame ahora de esas teorías.

—Investigué más de trescientos casos de desapariciones.

Prácticamente todos tenían una explicación casi lógica: algunos habían ido a Francia o Bélgica a probar fortuna; otros habían acabado dando tumbos: en la mendicidad, en la delincuencia de poca monta o de regreso a África; y luego estaban los otros.

—Los casos que no tenían explicación lógica.

—Exacto —asintió Severino con la cabeza.

El relato del policía jubilado prometía mucho más de las ya de por sí infladas esperanzas que Javier se había hecho antes de quedar con él por segunda vez.

El inspector tenía razón. Aquí había material para un gran reportaje y para conseguir un triunfo importante en su primera aparición en televisión.

Se sentía como uno de esos afortunados que el día de la lotería de Navidad brinda con champán mientras asegura que solo había comprado un décimo y que ese había resultado ser el del Gordo.

—Al reunir toda la información salió a la luz un patrón inquietante: todos eran jóvenes, de no más de diecinueve o veinte años; todos varones; todos con buena presencia, como si alguien se hubiese esforzado en elegir a los más guapos; habían estado en Almería o la Comunidad Valenciana, también en Murcia.

Y en todos los casos, el mismo denominador común: pocos días antes de la desaparición habían visto a un par de españoles hablando con ellos, justo antes de que se evaporaran.

—¿Estás diciendo que los secuestraron?

—Eso nunca pude demostrarlo. La operación se archivó justo en el momento en que estaba llegando a una pista sólida. Tuve que parar cuando creía haber descubierto la clave que me ayudaría a resolver el misterio.

—¿Por qué?

—No lo sé —respondió Severino encogiéndose de hombros—.

Órdenes de arriba. Quizá ya no interesaba saber qué había pasado o puede que hubiese algo demasiado escabroso para que se hiciera público.

—En ese preciso momento, Severino sacó una abultada carpeta de debajo de la mesa y se la tendió a Javier—.

Léete esto y saca tus propias conclusiones.

Yo tengo que marcharme. Es hora de regresar a mi cárcel.

Ya me estarán echando de menos. Les he contado una milonga: que iba a pasar la mañana con mi sobrino, o sea, tú, Javier.

—¿Puedo utilizar esta documentación para el programa de televisión?

—Esto no lo puedes usar ni para limpiarte el culo.

Si alguien te pilla con eso, negaré que te lo di y que te conozco.

Nadie puede saber de su existencia. Eres un chico listo, saca titulares, coge algo de aquí y algo de allá, y crea un bonito relato que no necesite ser contrastado con pruebas.

En el programa ese nadie te va a pedir informes, muéstrate seguro en lo que cuentas y en cómo lo cuentas; lo demás es puro teatro.

La verdad le interesa a muy poca gente; créeme, Javier, sé de lo que hablo.

—Severino arrastró estas últimas palabras mientras se levantaba de la mesa, antes de pagar y abandonar el bar.

Javier se quedó en silencio un rato largo, estrechando con fuerza el tesoro que el expolicía le acababa de entregar.

De repente se levantó de su asiento y se dirigió hasta la puerta del bar con los documentos apretados contra el pecho.

Enseguida divisó al fondo de la calle a Severino.

Se acercó hasta él a paso vivo y le llamó varias veces hasta que consiguió que se detuviera.

—¿Qué clave era esa?

—Di mejor quién. Era un hombre. El misterioso hombre que aparecía en varios de los casos. La última persona con la que los vieron con vida.

—Por eso tuviste que dejarlo. Porque averiguaste quién era.

Severino reanudó su camino asintiendo con la cabeza.

Recuperado el aliento, Javier se sentó en un banco que había a pocos metros a leer la documentación que le había dado. No podía esperar hasta llegar a casa para descubrir lo importantes que eran las revelaciones que allí se hallaban.

Solo le llevó media hora devorar las hojas que le había proporcionado el expolicía. Siete archivos de siete muchachos desaparecidos. Todos ellos africanos con edades entre los quince y los dieciocho años.

Para el final, Severino le había reservado un jugoso postre.

Después de los siete expedientes de muchachos desaparecidos había una hoja suelta.

En ella, en poco más de media cara, se hablaba del hombre misterioso.

Había un número de expediente y las palabras INFORMACIÓN RESERVADA al final del documento.

¿Qué clase de información reservada era esa? ¿Sabía Severino el nombre del hombre misterioso? ¿Por qué no le habían detenido? Muchas preguntas y ninguna respuesta que llevarse a la boca. De nuevo, Severino le había dejado con la miel en los labios.

Decidió volver a casa para organizar toda la documentación. Durante el trayecto en el metro pensó que sería buena idea hablar con el inspector Gómez, así que le llamó dos veces sin obtener respuesta. A la tercera, sí que le cogió el teléfono.

—¿Inspector Gómez? —preguntó Javier.

—No me vuelvas a llamar a este teléfono. Ya me encargaré yo de ponerme en contacto contigo. ¿Qué quieres?

—He estado con Severino…

—¿Y? Vamos, rápido. No tengo mucho tiempo.

—Me ha dado cierta información, pero no me deja utilizarla en el programa.

—…

—No cuelgue, inspector, por favor. Una última cosa.

—¿Sí? Me están esperando en una reunión.

—¿Sabe el nombre del hombre que aparece en los expedientes?

Gómez guardó silencio durante unos segundos hasta que al final respondió:

—Eso lo sabrás a su debido tiempo si eres capaz de mantener la boca cerrada.