Septiembre de 2012
Aunque sus compañeros le insistían todas las tardes, él siempre evitaba acompañarlos al bar.
Le encantaba ver jugar al Barça, pero no le gustaba hacerlo en un sitio en el que la gente consumía alcohol y gritaba de aquella forma.
Prefería acercarse a la casa de Omar, aunque hoy no podía ir. Era el cumpleaños de su hija pequeña.
Sin embargo, el partido de esa noche era muy importante y no quería perdérselo. Así que, al final, dio su brazo a torcer y se unió a sus compañeros al terminar la jornada de trabajo.
Pidió un refresco de naranja y se sentó en una de las primeras mesas.
Todavía quedaba un rato para que empezase el encuentro, pero el televisor ya estaba emitiendo imágenes del campo.
Messi y Xavi calentaban entre risas. El locutor pasó a publicidad.
Hassan cogió el periódico que estaba encima de la mesa y lo hojeó sin demasiado interés —aunque hablaba bastante bien el español, todavía le costaba leer con agilidad— hasta que vio aquella foto.
La sangre se le heló de repente. Un montón de recuerdos le vinieron a la cabeza.
Todo el dolor que había conseguido hacer desaparecer en los últimos años salió a la superficie con violencia.
Aunque no llevaba el bigote, la mirada, esa mirada, era imposible de olvidar.
Se acercó a la barra con el diario y le pidió a la muchacha de la cafetería si, por favor, podía leerle aquel artículo.
Al principio, la muchacha se sorprendió por la petición, pero acabó recitando cada frase de aquel aburrido reportaje sobre un juicio por prevaricación en el que estaban implicados altos cargos de un importante partido político.
Hassan le pidió un último favor: que le escribiera el nombre de uno de los que aparecía en la foto en un papel.
La camarera hizo algo mejor: le dio el periódico.
Hassan recortó la hoja del diario y se marchó a toda prisa del bar.
Le daba igual lo que pasara en el Santiago Bernabéu.
Él ahora tenía otras cosas en las que pensar.
Gonzalo Mendoza Lara. Gonzalo. Así se llamaba.
No solo había descubierto su nombre, ahora también sabía que era juez.
Hassan sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Por fin tenía una misión a la que consagrar su vida.