La hora de los monstruos Viernes, 26 de octubre de 2012
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Viernes, 26 de octubre de 2012

Por una vez, Lisandro había hecho caso a su parte racional y, pese a llevar varias horas levantado, no había entrado en internet, ni encendido la radio o el televisor, ni hojeado siquiera los periódicos que le había traído el servicio de habitaciones con su copioso y exquisito desayuno.

Después de otro intenso programa, aislarse durante unos días, con la excepción de la llamada a su nuevo colaborador, había sido una inteligente opción.

Un buen polvo en la lujosa suite de uno de los hoteles más caros de Madrid, seguido de un relajante baño de espuma, ya sin su amante de pago, habían sido los regalos que se había hecho después de conseguir pulverizar las audiencias.

Pensó en llamar a Carmen, la madre de Mario, para disculparse, pero no tenía demasiadas ganas.

Hasta él pensaba que la encerrona del pasado miércoles había sido demasiado cruel.

Al final se decidió a pedirle perdón, pero el teléfono móvil de Carmen estaba apagado.

Luego lo intentó en el fijo del domicilio familiar.

Tuvo que dejar pasar varios tonos de llamada hasta que alguien descolgó el auricular, aunque no escuchó la voz que esperaba al otro lado de la línea.

Quien contestó fue Sandra, la hija, que le respondió con voz apagada:

—Hola, Sandra… ¿No está tu madre en casa? —preguntó Lisandro.

—No.

—Soy Lisandro…

—Sé quién eres —respondió Sandra utilizando más palabras de las que el presentador esperaba, habituado a los monosílabos cuando le tocaba lidiar con adolescentes.

—Pensé que podía estar en casa; quería hablar con ella por el programa del miércoles.

—Está en la tele.

—¿En la tele? —preguntó sorprendido el periodista.

—Sí. En el programa ese de mierda que echan por las mañanas.

—Creo que sé a cuál te refieres. Si te oyese su directora, no creo que estuviera muy contenta.

—Me da igual.

—Pareces enfadada. ¿Estás molesta conmigo?

—No, contigo no. No me gusta cómo eres ni lo que haces, pero no estoy enfadada por la encerrona de antes de ayer.

Ella se lo ha buscado. Parece que solo les importa salir en la televisión; a los dos, a mi madre y también a mi padre, y que Mario les da igual.

Lo que no me moló fue lo que la vaca gorda dijo de mi hermano. Lo ha pasado muy mal con el divorcio.

—¿Tu padre tampoco está en casa? —preguntó Lisandro, cambiando de tema para evitar disculparse por el comportamiento de su colaboradora.

—No. Tenía que pasar a buscarme, pero acabo de verle en otra cadena, en tu competencia. Se habrá olvidado. Da igual, estoy acostumbrada a estar sola.

—¿No tienes a ningún familiar con quien quedarte hasta que vuelva alguno de los dos? —le interrogó Meneses; estaba viendo la posibilidad de profundizar en una vía que explorar, un personaje que podía dar mucho juego en esa ficción que él había creado.

—Sé estar sola. Me gusta.

—Hagamos una cosa. Ya que no puedo pedirle perdón a tu madre por las salidas de tono de alguno de mis colaboradores, lo voy a compensar invitándote a comer.

—Te he dicho que no me importa estar sola.

—No lo dudo. Pero es a mí al que no le gusta estar solo. ¿Qué tipo de comida prefieres? Tú eliges el sitio, yo no conozco restaurantes en Ciudad Real. —Lisandro estaba echando mano de todo su encanto para intentar resultarle lo más agradable posible.

—Me da igual, lo que tú veas. Tú invitas, yo no tengo dinero. ¿Sabes que tienes más de una hora en coche desde Madrid?

—Por eso no te preocupes —contestó Meneses entre risas—. Llegaré justo para la hora de comer. ¿Quieres que hable con tu madre para avisarla?

—No. Le dejaré una nota diciendo que estaré en casa de Claudia. De todas formas, volverá tarde y, si regresa antes, no creo que se preocupe mucho por saber dónde estoy.

Lisandro llamó a su secretaria para que le enviase un coche al hotel. Hoy su jornada laboral iba a dedicarla a estar con la hermana de Mario. Su propósito era fácil y a la vez complejo: conseguir que apareciese en el siguiente programa.

Los prolegómenos no hacían presagiar nada bueno, pero la situación cambió una vez se sentaron a la mesa.

En poco menos de un cuarto de hora, Sandra consiguió dar buena cuenta de su ración de patatas fritas y de los ciento sesenta gramos de su hamburguesa barbacoa.

Lisandro estaba maravillado con la capacidad de esa joven de apenas cuarenta kilos para engullir esa ración de comida que le resultaba excesiva incluso a él mismo.

Sandra se excusó diciendo que no había desayunado; Lisandro la animó a pedir algo más y así lo hizo, sin pensárselo demasiado.

Una ración de patatas en gajos y un brownie con helado permitieron que a partir de entonces la joven huraña y esquiva de la llamada y el trayecto hasta el restaurante se convirtiera en una persona mucho más participativa e interesada por la conversación.

—Si quieres algo más, solo tienes que pedirlo. Aprovéchate, la productora corre con todos los gastos.

—Pero… tú eres la productora, ¿no?

—En cierta manera, sí.

—Entonces, eres tú quien me invita y quien también se gasta el dinero.

—En cierta manera. Si pienso que es la productora la que paga, se hace más llevadero. En el fondo soy bastante tacaño —comentó Lisandro consiguiendo arrancar la primera sonrisa de Sandra.

—Pues si paga la productora, soy capaz de comerme otro helado. Pero solo si paga la productora.

—Camarero, por favor. Un helado para la señorita a cargo de la productora.

—¿Perdón, señor?

—Disculpa, era una broma entre nosotros. Tráenos un helado, ¿de vainilla con caramelo? —preguntó Lisandro, a lo que Sandra reaccionó con otra sonrisa—. Y otro café para mí, por favor.

—Muchas gracias —dijo Sandra.

Lisandro le respondió con una reverencia.

La comida estaba yendo mucho mejor de lo esperado. El viaje había merecido la pena. Lisandro debía continuar ganándose su confianza.

—¿Sabes por qué te he invitado a comer? —le preguntó el presentador a la joven.

—Porque no te gusta comer solo; por lo menos eso es lo que me has dicho esta mañana.

— Touché .

—¿No tienes amigos?

—Amigos… Ese concepto es muy difuso. Conozco a mucha gente, a muchísima para ser más exactos; pero a pocos de ellos, por no decir ninguno, puedo considerarlos como amigos de verdad.

En el mundo en el que yo me muevo, todo se hace por un interés concreto y solemos dejar a un lado los sentimientos.

Es importante no involucrarte emocionalmente para no llevarte decepciones innecesarias.

—Sin embargo, siempre tienes que estar acompañado, incluso para comer.

—Exacto. Odio tener que comer solo. Ya te lo he dicho antes. Es algo que no puedo soportar. En algunas ocasiones he llegado a invitar a los de la mesa de al lado si me dejaban sentarme con ellos.

—A mí me puedes invitar todas las veces que quieras —comentó Sandra divertida—. Especialmente si el menú tiene unas hamburguesas tan buenas como estas y puedo repetir postre.

—Eso está hecho. Ahora en serio, ¿sabes por qué me he tomado la molestia de ir a buscarte a tu casa para llevarte a comer?

—No soy tonta. Porque quieres que salga en tu programa.

—¿Y?

—Que esa decisión no depende solo de mí. Soy menor.

—Yo podría hablar con tu madre.

—¿Y con mi padre? —inquirió Sandra al presentador.

—También. Lo importante es que tú estés convencida de hacerlo.

—Lo estoy.

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Eso son demasiadas preguntas por una sola hamburguesa. Aunque me haya tomado dos postres.

—¿Cómo te está afectando todo esto? —preguntó Lisandro con el gesto serio.

—¿Y cómo me puede afectar? Mi hermano ha desaparecido.

No sé si volveré a verlo; tampoco a Bruno.

Yo lo he aceptado; mis padres, no. El psicólogo dice que estoy bloqueada por la intensidad emocional del caso, pero los que realmente están bloqueados son ellos.

No han dejado de gritarse ni un solo momento durante todo este tiempo, culpándose mutuamente de su marcha.

No se han parado a pensar ni un segundo en la posibilidad de que no volvamos a verlos… vivos.

—Eso que dices es muy duro.

—Pero es la verdad.

—Y tú, ¿estás preparada para eso?

—Sí. Desde el primer fin de semana de su desaparición.

Sabía que Mario no estaba bien. Desde la separación de nuestros padres, estar con él era un infierno.

Discutía con mi madre por todo, a todas horas.

A mí ni siquiera me hablaba. Estaba enfadado con el mundo.

Además, no se llevaba muy bien con Bruno últimamente.

Y eso lo sé por Bruno. Si solo faltase mi hermano sería diferente, pero los dos… ; hay algo que no encaja.

—¿El qué?

—Algo les pasó esa noche. Desaparecer así no fue una decisión suya.

—Solo tienes catorce años. Deberías hablar con tus padres. Cargas un peso demasiado grande para tus espaldas. Aunque quieras aparentar que estás entera, te acabarás derrumbando.

—¿Quién ha dicho que esté entera? No estoy bloqueada, como dice el psicólogo, ni soy una niña, como creen en mi familia, pero tampoco soy la tía dura que aparento ser.

—Y, pese a todo eso, estás dispuesta a salir en televisión, en mi programa y con mis colaboradores…

Al llegar a la casa de Sandra, se despidieron hasta la siguiente semana. Fue entonces cuando ella le pidió la única condición que tenía para acudir al especial del siguiente miércoles a que la entrevistaran.

—Creo que nadie lo sabe, pero por si acaso no puedo permitir que se haga público.

—¿A qué te refieres, Sandra?

La joven se quedó callada durante unos segundos hasta que se vio con fuerzas para responder.

—Bruno. No quiero hablar de él.

—¿Es de Bruno de lo que no quieres hablar en el programa?

—Solo lo haré de mi hermano.

—Nadie te preguntará por tu relación con el amigo de tu hermano. ¿Lo sabe alguien más?

—Nadie, ni siquiera mis amigas, tampoco mi familia.

—¿Y Mario?

—Mario no tenía ni idea y a Bruno no se le habría ocurrido nunca hablar de ello. ¿Cómo has sabido que había algo entre nosotros?

—Quizá sea un sexto sentido o tal vez solo sea necesario mirarte la cara cuando pronuncias su nombre. Pero no te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo. Tú eres la que más está sufriendo con todo este asunto y no permitiré que te hagan daño.

—Muchas gracias —respondió Sandra entre sollozos, mientras Lisandro la arropaba entre sus brazos.

En el camino de vuelta a Madrid, Lisandro degustó lentamente la confidencia que le habían realizado. Tenía que empezar a pensar cómo y cuándo poder utilizarla.