Jueves, 25 de octubre de 2012
Jorge Esparza revisó su teléfono móvil: tenía más de diez llamadas de Tony.
En realidad, no era él quien le reclamaba; Tony solo era la voz de su amo, el inspector Gómez.
Pero sus prioridades esa mañana eran otras: conseguir dinero y que Verónica dejara de gritar de una vez.
Lo primero era difícil, pero no imposible.
A Esparza le quedaban pocos amigos a los que darles el sablazo.
Tenía cuentas abiertas con todos los conocidos y con los que no lo eran también.
Así que, por mucho que le jodiera, tenía que volver a intentarlo con su familia.
Marcó el número de su padre, pero no hubo suerte.
—Me marcho a por pasta.
—¿Me vas a dejar sola? Si sales por esa puerta, no vuelvas. ¡Joder! Siempre estoy sola. —Verónica metió la cabeza debajo de la sábana y se puso a llorar—. Siempre sola.
Esparza se quedó en la puerta mirando cómo salía de la cama y se ponía a gatear en busca de las papelinas esparcidas por el suelo.
Una a una las fue chupando todas, en busca de algún resto, por insignificante que fuera, que pudiera calmar el dolor que sentía.
Ni siquiera Verónica escuchó el portazo; todavía podía intentar lamerlas de nuevo, quizá detrás del armario hubiera alguna más.
Seguro que su padre estaba en el Mesón Octavio. Le iba a tocar darse una buena caminata y tenía las fuerzas muy justas. Él también necesitaba fumarse un buen chino.
Después de media hora caminando —durante la cual intentó sin éxito conseguir algún billete entre los parroquianos de los bares por los que pasó— consiguió llegar a la puerta del restaurante.
En cuanto el camarero lo vio, le dio el alto.
Poco quedaba de aquel muchacho al que malcriaba en cada comida familiar dándole el mejor trozo de la paletilla de cordero.
El hombre se apiadó de Jorge y no le echó a empujones del local, como hacían los otros; lo recogió en la puerta y lo acompañó hasta el exterior con la promesa de unos tápers con huevos rellenos y croquetas.
—Si tengo dinero para las croquetas, José. Por eso no te preocupes, ¡coño! Faltaría más. ¿Sabes una cosa? Todavía me acuerdo de cuando me guardabas el mejor plato de carne. Siempre era para mí. Y el flan.
—Con mucha nata.
—Con la hostia de nata. Era la envidia de mis primos.
—Espérame aquí fuera y te traigo la comida. Ya sé que tienes dinero, pero quiero invitarte.
—José, necesito hablar con mi padre, no unos huevos rellenos. Tengo que comentarle un negocio importante.
—Jorge, ya sabes que tu padre no quiere… Prefiere verte en otro sitio.
—No lo entiendes, joder. No entiendes nada. Solo tengo que decirle una cosa a mi padre, una puta cosa, sobre un asunto importante. Entro, se lo comento y me voy. No va a pasar nada.
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto necesitas?
Jorge se quedó pensando unos segundos.
—Cien.
—Espérame aquí.
—Y trae también los huevos rellenos. Y las croquetas.
Detrás de Jorge, un matrimonio mayor esperaba para poder entrar al local. Jorge se dio cuenta, se hizo a un lado y los dejó pasar.
—Pasen, señores, pasen. Un camarero de la hostia, José, y una gran persona. Una gran persona, no como la gente de esta ciudad de mierda.
El camarero salió con dos bolsas llenas de comida y le dio un billete de cincuenta.
—Esto es todo lo que te puedo dar.
—Muchas gracias, máquina. Y le das recuerdos al cabrón de mi padre. Recuerdos de su hijo. Que parece que se le ha olvidado que tiene uno.
Esparza tardó más de dos horas en volver al piso. En el trayecto de regreso paró a pillar, se tomó unas cuantas cervezas y un par de carajillos, se comió un par de croquetas y se fumó un chino.
Cuando llegó a casa, Verónica se le echó encima como una fiera. Le arrebató las bolsas y comenzó a buscar la droga.
—Pero ¡qué haces! Que la tengo aquí en el bolsillo.
Jorge tiró la papelina al suelo y Verónica se lanzó a por ella.
Después del pico, Verónica se quedó acurrucada en el colchón.
Estaba sucia y desarreglada. En solo dos meses había envejecido veinte años.
Cada día necesitaba un poco más, no podía estar sobria, despierta, no quería pensar en lo que había pasado el 15 de agosto.
Qué poco les había durado el dinero del trabajo que habían hecho por Tony.
Ahora que las cosas se estaban poniendo feas, quizá era un buen momento para pedir un poco más.
Esparza se sentó en el suelo y comenzó a abrir los tápers: paletilla, cabrito, tacos de jamón…
y flan. Un flan con un montón de nata. Con los dedos comenzó a rebañarla, como cuando era un niño, antes de que todo se torciera.
«Esto va a cambiar. Voy a volver a ser el de antes», se dijo sin mucho convencimiento.
Verónica todavía tardó un tiempo en despertarse. Encendió un cigarro y se acercó hasta donde estaba Esparza.
—¿Por qué te haces esto? —le preguntó Jorge.
—Porque las cosas no pueden ser de otra manera.
Me gustaría ser una chica divertida, alegre, pero no soy así.
El día que nos conocimos te lo advertí: «Si vienes conmigo, te arrepentirás».
Pero no me hiciste caso —le dijo Verónica entre susurros.
Jugueteaba con el cigarro. Intentó levantarse del colchón, pero estaba tan colocada que no lo consiguió—.
Te lo avisé y no quisiste escucharme. Todavía estás a tiempo de marcharte.
Antes de convertirte en alguien tan horrible como yo, Jorge.
—No digas eso. Yo nunca me voy a marchar y tú no eres horrible —le dijo cogiéndole la cara entre sus manos con ternura—. Yo siempre estaré aquí contigo.
—Siempre no, Jorge, no te mientas. Llegará el día en que regresarás con los tuyos.
Verónica se dio la vuelta, encendió otro cigarro y subió el volumen de la televisión. Esparza fue hasta la silla donde había dejado la chaqueta. Metió la mano en el bolsillo para asegurarse de que allí estaba la pistola que le había dado Tony.
—¿Te has comido todo el flan?
—Ese era para mí, princesa. Tú tienes croquetas.
—Paso —dijo Verónica mientras se preparaba un nuevo chute.