Jueves, 25 de octubre de 2012
«—Esta noche, en nuestro programa, tenemos a un invitado muy especial.
El hombre que ha revolucionado la televisión de nuestro país en las últimas semanas, Javier Redondo.
Un reputado periodista con una dilatada carrera en la prensa escrita que ahora se atreve también con la tele.
Démosle un aplauso muy fuerte al protagonista de esta noche. ¿Cómo estás, Javier?
»—Bien, muy bien. No hacía falta todo este recibimiento.
»—¡¿Cómo que no?! Más aplausos para Javier Redondo, querido público.
»—No tengo nada que objetar, me encantan los aplausos.
»—Tenemos todos los que quieras, Javier… Bromas aparte, vamos a ponernos serios. ¿Eres consciente de la importancia de tus revelaciones?
»—Yo solo he hecho lo que debía: contar la verdad.
»—No seas modesto, Javier. Has hecho mucho más que eso. Gracias a tu excelente trabajo de investigación, la policía ha conseguido averiguar el paradero de Bruno y Mario».
Al intentar imitar los aplausos del público, a Javier se le cayó el peine dentro de la bañera.
Se había quedado sin su improvisado micrófono.
Metió la cabeza dentro del agua e intentó aguantar un minuto sin respirar, pero no pudo.
Resopló y fue consciente de que los nervios seguían allí. No había forma de expulsarlos fuera.
En el trayecto entre su casa y la cafetería situada a solo doscientos metros del portal de su vivienda, miró hasta ocho veces su móvil con la esperanza de que sonase.
Estaba nervioso como un colegial al que le van a confirmar que sí, que habrá una primera cita.
Gómez le había pasado un mensaje diciéndole que Lisandro se pondría en contacto con él.
Tuvo que esperar un poco hasta que recibió la ansiada llamada.
Y es que aunque, en un principio, podía haber sonado frío y distante con el inspector, se moría de ganas por aparecer en un programa de televisión.
Él siempre había dado la imagen de periodista serio.
Sin embargo, la posibilidad de convertirse en alguien mediático le atraía de una forma de la que no era consciente hasta ese instante.
Fue en el preciso momento en el que iba a introducirse el primer bocado de tortilla en la boca cuando su teléfono empezó a vibrar al ritmo de la descacharrante melodía que tenía como tono de llamada.
Con los nervios, el móvil rodó por el suelo, pero con todo y con eso se las arregló para cogerlo antes del cuarto tono y contestar con voz entrecortada:
—Sí, soy Javier Redondo, ¿quién es? Eh… No le oigo. ¿Sí? ¿Quién es?
—Hola, Javier —respondió Lisandro al otro lado del teléfono.
—¿Sí? Hola, sí, soy Javier Redondo.
—Sí, ya sé que eres Javier Redondo, no dejas de repetirlo. ¿Me oyes bien? Soy Lisandro Meneses —le dijo el periodista divertido.
—Es que se me ha caído el teléfono y no sabía si se me oía bien. Soy Javier…; bueno, sí, ya sabe quién soy. Lo acaba de decir.
—No me hables de usted, no soy tan viejo como dicen por ahí.
—Disculpe, Lisandro; disculpa, quería decir.
Tengo la manía de tratar a todo el mundo de usted —comentó Javier, invadido por un torrente de nervios que le impedía articular las palabras de forma coherente y ordenada—.
Pensarás que soy un poco idiota, pero es que llevo unos días muy complicados con la investigación y todo eso.
—Como sabes, estoy buscando a alguien para el programa. Quiero darle un punto de realismo con alguien como tú. Mis colaboradores solo saben chillarse entre sí. Necesito a alguien de verdad que transmita un poco de credibilidad a la audiencia.
Javier continuaba en silencio, atento a cada una de las palabras que llegaban del auricular de su móvil, pero incapaz de decir o preguntar nada.
—¿Sigues ahí, Javier? —preguntó, ahora preocupado, Lisandro.
—Sí, sí, estoy aquí, sigo aquí, estaba escuchando lo que estaba diciendo…, perdón, lo que estabas diciendo. Estoy muy interesado en aparecer en el programa, aunque todavía no sé qué es lo que tendría que hacer.
—Hacer no tendrías que hacer mucho, solo hablarnos de lo que has investigado y contarnos unos cuantos de esos secretos que solo tú sabes. Nosotros te ayudaremos, no te preocupes.
—Perfecto, me parece una propuesta muy interesante. Tengo bastantes cosas para enseñarte, aunque hasta mañana no podré tenerlo todo preparado.
—No te preocupes. Ahora te pasaré con mi secretaria, que te dará los detalles sobre las condiciones económicas y todo el tema del papeleo.
No sé cuántos programas especiales más habrá, pero cuenta con tres como mínimo.
Y si lo haces bien, siempre existe la posibilidad de aparecer en otros programas de la productora.
Dime cuándo podemos vernos: ¿te gustaría que cenásemos el sábado juntos?
Eso, si no tienes ningún compromiso, claro.
—No. Quiero decir que no tengo ningún compromiso. Puedo cenar el sábado y, además, así te llevo todos los papeles.
—No hace falta. Solo quiero que nos conozcamos, una primera toma de contacto conmigo y mis colaboradores para que vayas conociendo al equipo.
—Estupendo entonces, Lisandro. Pues pasado mañana nos vemos.
—Quedamos así, Javier. Y descansa. Te necesito fresco para la próxima semana. Te paso con mi secretaria.
—Vale. Muchas gracias por todo… ¿Sí? ¿Hay alguien ahí? —gritó Javier destrozándole el tímpano a su interlocutor.
—Un momento. Te paso con Clara. Adiós, Javier.
Lisandro colgó el teléfono maravillado con la clase de imbécil que le había recomendado Tony.
Javier se golpeaba con el móvil en la cabeza por lo estúpido que había sido.
Pero la emoción por la cantidad de dinero que le iban a pagar paliaba la sensación de ridículo que le recorría todo el cuerpo.
No podía creerse que por un solo programa de televisión fuese a ganar lo mismo que por tres meses de duro trabajo en el periódico.
Acabó con el pincho en tres bocados y pidió una caña de cerveza para celebrarlo.
Si Lucía le viera así de nervioso, como si fuera a colaborar con alguno de esos monstruos del periodismo a los que tanto admiraba…
Pero no, su excitación estaba motivada por compartir mesa y mantel con el príncipe de las cloacas, el rey de la telebasura nacional.
Cómo se burlaría Lucía de él. Al imaginar su risa, se puso triste y le volvieron a entrar ganas de llamarla; quizá hoy fuese un buen momento.