La hora de los monstruos Miércoles, 24 de octubre de 2012
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Miércoles, 24 de octubre de 2012

Un éxito absoluto. Así había resumido el jefe de la cadena el programa especial. Los datos de audiencia eran incontestables. Lisandro había arrasado de nuevo y lo mejor de todo era que esa gallina todavía iba a dar muchos huevos de oro.

Pero, como siempre ocurría en esos casos, para Lisandro Meneses eso no era suficiente.

Por cada artículo destacando el enorme dato de audiencia conseguido, había dos criticando al programa, cuatro entradas de un blog insultando a su presentador y cien comentarios exigiendo la retirada de su espacio.

Acababa de terminar de leer un artículo con tantas faltas de ortografía como insultos.

El escrito era obra de uno de esos aspirantes a pensadores digitales que pululan por la blogosfera, cuyo autor había conseguido su ansiado momento de gloria.

Sí. El texto era una patraña mal escrita, y peor puntuada, pero su mensaje calaba, se expandía y compartía, y eso a Lisandro le hacía daño, mucho daño.

Porque una persona como él no aceptaba las críticas en plural, pero tampoco en singular.

El más mínimo reproche a su trabajo le podía causar una depresión que tardaba días en curar y que necesitaba de abundantes dosis de Prozac y varias botellas de chardonnay.

Decidió centrarse en su trabajo y dejar de lado la inquina.

Eso hizo que la semana pasase muy deprisa.

Habían sido unas jornadas maratonianas para dejar listo el segundo programa especial sobre la desaparición de Mario y Bruno.

Esa noche intentaría relajar su protagonismo para derivar la atención a sus colaboradores: Esther Campillo y Concha Arnedo, que ya habían intervenido en el del miércoles anterior, y otros dos de sus habituales de los viernes: Moncho Rivera, participante en varios realities y uno de los rostros más populares de la televisión en nuestro país, y Lolo Fuentes, periodista todoterreno, reconvertido con los años en investigador e instigador de las miserias del famoseo patrio, y cuyas adicciones le habían restado fiabilidad en los últimos tiempos, aunque Lisandro seguía confiando en él.

Un auténtico dream team de la prensa rosa, pese a que solo Lolo hubiera estudiado la carrera de periodista.

Un equipo compacto y variado en matices que prometía mucho espectáculo.

Al principio, a Lisandro le inquietaba la idea de que Mario y Bruno pudieran aparecer, vivos o muertos, demasiado pronto.

Pero, tras la gran acogida de la semana pasada por parte de la audiencia, se había dado cuenta de que su nuevo serial tenía vida propia, independientemente del destino de aquellos adolescentes.

Esther se había encargado de conducir las casi tres horas de Directo para ti del viernes pasado.

Los invitados y los temas que se trataron fueron los que se habían decidido días atrás: Juanita Corazón habló de los problemas con los herederos de su amiga fallecida, la también cantante de copla Salomé Calderón, quien, según Juanita, le había dejado en herencia todas sus joyas, extremo este que negaban tajantemente sus sobrinos.

También estuvo en el plató Gisella, primera expulsada del reality estrella de la cadena, en plena actualidad por sus fotos desnuda y por sus afirmaciones de haberse acostado con tres jugadores del Real Madrid la misma noche y en la misma cama.

Y, para terminar, un jugoso postre: Imanol Cáceres, el famoso cantante de los años ochenta y protagonista de varias series de televisión, habló en directo de su homosexualidad y su adicción a las drogas.

No hubo ni una sola palabra sobre Bruno y Mario hasta el final: un último minuto de vídeo enlatado, lacrimógeno y sensiblero, donde se anunciaba el segundo programa especial.

Esa era su gran noche. Lisandro estaba preparado para hacer algo grande.

—Si la semana pasada —empezó a contar después de su acostumbrado silencio de medio minuto— quisimos dar voz al sufrimiento de dos familias porque entendimos que debíamos hacerlo, hoy, visto el gran apoyo por parte de ustedes, nuestro público, y teniendo en cuenta el gran interés que han demostrado por esta historia, hemos decidido continuar, seguir llenando nuestro tiempo, el suyo, con los testimonios de estas personas que sufren.

Con las nuevas pistas y las recientes vías de investigación, con toda la información que podamos recopilar para que este caso no quede en el olvido, porque no pararemos hasta que Bruno y Mario estén aquí, con nosotros, en este plató.

El público del estudio interrumpió su discurso con una salva de sonoros aplausos que el locutor trató de apaciguar teatralmente con su mano derecha levantada.

El programa continuó dando paso a una pequeña película de diez minutos que relataba, de nuevo, el caso, seguida de un resumen de los mejores momentos de hacía siete días, cuyo punto final ponía el terrible grito de Rosa.

Después de la publicidad (las marcas se habían dado de tortas por aparecer en el espacio, pese a las amenazas de la campaña iniciada en change.org que pedía la supresión del programa y reclamaba el boicot de todas las marcas que se publicitasen en el mismo; lo que había ocurrido con otro programa de la cadena no tenía visos de repetirse de momento, el interés mediático era demasiado), Lisandro dio paso a sus colaboradores y se limitó a ejercer el papel de tibio moderador, interviniendo solo para apaciguar los arranques de ira de Moncho al rebatir las teorías de Concha.

El debate se inició con una explicación de Esther sobre la situación de las familias, haciendo hincapié en el delicado estado de salud de Rosa y la tensión que se respiraba entre los padres de Mario.

En el turno de Concha, después de justificar la aparición del tema de las drogas en el final del primer especial por su interés informativo, la periodista siguió incidiendo en el carácter conflictivo de Bruno, aportando supuestos testimonios de compañeros de instituto a los que él había amenazado y llegando a afirmar su supuesta pertenencia a una banda juvenil que tenía atemorizados a los habitantes de los barrios periféricos del sur de Madrid.

Enseguida saltó Moncho para criticar y rebatir las teorías de su enemiga más acérrima.

No es que confiara en la inocencia de Bruno, pero él siempre opinaba lo contrario de lo que ella defendía.

—Como siempre, Concha, vuelves a meter la pata. Me parece mentira que esta señora pueda seguir saliendo en televisión.

—No voy a tolerar que el señor Rivera se meta conmigo en estos términos.

—Concha, es el turno de Moncho. Él tiene todo el derecho a hablar ahora. A ti nadie te ha interrumpido —intervino Lisandro.

—Muchas gracias. Como bien ha dicho Lisandro, yo no te he interrumpido a ti cuando has estado diciendo todas tus bobadas.

—Centrémonos en el debate, Moncho, y dejemos las diferencias personales a un lado.

—Parece mentira —prosiguió Rivera, obviando las advertencias del moderador— que puedas salir aquí para pintarnos el retrato de un muchacho de quince años como si fuera el mayor narcotraficante de este país.

¿Qué chaval de este país no fuma porros?

Dejémonos de hipocresías y hablemos de lo importante: la desaparición de dos chicos y cómo encontrarlos.

Inmediatamente, Moncho se ganó una atronadora salva de aplausos del público presente. El circo romano disfrutaba con el enfrentamiento cuerpo a cuerpo de dos de sus mejores gladiadores.

—Yo no he hablado de fumar porros, como tú dices. He dado pruebas que lo relacionan con el tráfico de estupefacientes.

—Vamos a ver, ¡pero qué tráfico de estupefacientes, Concha! —gritó Moncho—. Cómo puedes ser tan ridícula. Pasar un poco de maría no te convierte en el rey de la droga. Tu problema es que eres una mojigata.

—Las drogas no son ningún juego. Es un tema muy serio y no voy a permitir que lo utilices para atacarme. Hay muchos padres viéndonos en este momento que están preocupados por este motivo.

—Tú sí que eres preocupante, Concha —dijo Moncho, vitoreado de nuevo por el público.

—Concha, ya. Deja hablar a Moncho. —Lisandro volvió a recobrar su papel de moderador.

—A ver si es verdad y esta señora me deja hablar de una vez.

Lo que estoy tratando de explicar es que ninguno de estos dos chicos son los delincuentes que nos están intentando vender.

No digo que no hayan estado metidos en problemas.

Yo no pongo la mano en el fuego por nadie.

Pero esa no es la causa por la que esos chicos no han vuelto a sus casas.

—Lo que sí que hay que investigar es la labor de la policía, ellos son los verdaderos delincuentes. —Lolo Fuentes entró en escena.

Después de un montón de minutos callado, con el gesto ido, el polémico periodista intervenía para arremeter contra una de sus obsesiones: las fuerzas de seguridad.

Las dudas que le generaba la aparición en el especial de Lolo las había visto confirmadas con un par de frases.

Era muy triste para Lisandro, que tanto le había admirado, ver en qué se había convertido el gran Lolo Fuentes: en un fantoche, consumido por los ansiolíticos y el alcohol, que acumulaba vídeos en YouTube con sus salidas de tono, especialmente durante el último año.

A Fuentes lo habían despedido de los dos últimos programas en los que había participado por sus declaraciones, pero sobre todo por presentarse con un aspecto lamentable en las grabaciones.

Ya solo Lisandro le daba cancha, aunque después de lo de hoy seguramente había perdido su último apoyo.

Su grado de alcoholismo hacía difícil su participación en un programa en directo.

Su carácter, ya de por sí complicado, había caído en la paranoia más radical y sus obsesiones se habían agudizado hasta el punto de haber afirmado recientemente que la CIA lo espiaba y que el gobierno español había autorizado un plan para realizar experimentos químicos con él.

Durante los siguientes diez minutos de programa se produjo una de esas situaciones tan «Lolo Fuentes».

Desvaríos, aspavientos, gritos, acusaciones por doquier, una aparatosa caída…

Un bochornoso espectáculo que, sin embargo, consiguió uno de los picos de audiencia más altos de la emisión y que convirtió al periodista en trending topic mundial en Twitter.

Una vez que Fuentes fue invitado a salir del plató, el debate se reanudó con la presencia de la madre de Mario, Carmen.

Fueron cuarenta minutos de fuego enemigo, y también amigo, sin tregua.

No hubo ninguna pregunta amable; ni siquiera Lisandro terció para ayudar a una aturdida Carmen, que no entendía por qué la atacaban de esa forma.

Tampoco Esther se convirtió esta vez en su aliada.

Los tres colaboradores del especial se emplearon a fondo en sacar a relucir todos los trapos sucios de la familia de Mario, incidiendo de especial manera en las relaciones conyugales y el carácter conflictivo de su hijo a raíz del divorcio.

Si a Bruno se le había estigmatizado con las drogas, ahora se retrataba a Mario como un joven problemático y violento, según se empeñaba en hacer ver Concha con cada una de sus palabras.

Pese a lo jugoso del programa, Lisandro ya había decidido que tendría que acometer algunos cambios si quería seguir sacándole partido al tema.

Había que empezar a buscar nuevos alicientes para que el público no le traicionase por la nueva serie española de la competencia.

Había que buscar un sustituto para Fuentes.

Lisandro tomó por buena la recomendación que le había hecho Tony la noche anterior.

Aunque ridículas, las teorías conspiratorias del tal Javier Redondo sonarían más elaboradas que las infantiles diatribas de Lolo contra los alienígenas, que, según él, habían abducido a Mario y a Bruno y querían hacer lo propio con él mismo.

Lo que le intrigaba era saber qué iba a ganar Tony con la aparición del periodista en el programa. El mundo de Tony era silencioso y oscuro, y si quería salir bien parado, era mejor no hacer preguntas. Para seguir vivo es mejor dejar la curiosidad para los demás.