La hora de los monstruos Martes, 23 de octubre de 2012
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Martes, 23 de octubre de 2012

No sabía explicar por qué el inspector Gómez le seguía dando miedo tanto tiempo después.

El principio de su relación no había sido bueno, pero a partir de ahí todo había ido rodado entre ellos.

Sin embargo, había algo en aquel policía que le obligaba a estar en alerta.

Su instinto de supervivencia le había salvado muchas veces de la muerte y no era cuestión de menospreciarlo ahora.

Desde que era un adolescente que se ganaba el pan robando cobre en las afueras de Madrid, Tony había tenido claro que si no quería acabar en un hoyo como muchos de sus colegas, no podía confiar en nadie, y menos aún en un policía.

—¿Cómo estás, tío duro? —le dijo Gómez mientras tomaba asiento en la mesa del reservado.

—Bien. Ya sabes que aquí siempre tengo mucho trabajo.

—Ya me han dicho que ayer se lio una buena.

—Lo de siempre: mucho whisky, demasiada cocaína y poco juicio.

La discoteca estaba ahora impoluta, pero unas pocas horas antes parecía un campo de batalla.

A pesar de que sus chicos se habían empleado a fondo, echar a la calle a aquella panda de exaltados de la zona vip había sido una tarea complicada.

Cada vez era más difícil tener una noche tranquila.

No era así ni en los peores tiempos de los porteros de la banda de los iraníes.

Ahora, igual que a finales del siglo pasado, Tony vivía con la incertidumbre de cómo podía acabar la fiesta: quién iba a sacar un bate de béisbol, una navaja o algo peor.

Además de la seguridad de su discoteca, gestionaba la de otras cuatro salas de fiesta.

Tony se hacía viejo y cada vez le gustaban menos los problemas.

Su sueño de quitarse de en medio cuanto antes se estaba convirtiendo en una pesadilla, y Gómez tampoco ayudaba demasiado.

Desde el principio tuvo claro que el tema de los dos adolescentes iba a terminar muy mal.

Esta vez eran españoles y tenían familia; así que iba a haber una investigación de verdad.

Antes no se hacía ninguna pregunta y ahora se lo cuestionaba todo.

—Vamos a lo nuestro.

—Tú me contarás, Gómez.

—Necesito que hables con Lisandro. Tiene que meter a un nuevo colaborador en su programa.

—¿Es que tengo pinta de productor de televisión?

Gómez se rio con la ocurrencia. La verdad es que Tony, con su camiseta sin mangas, sus tatuajes de presidiario, las gafas de espejo —que nunca le había visto quitarse— y esa melena rizada, solo podía ser lo que era: un chulo de discoteca de los ochenta.

—Esto es importante. Si lo manejamos bien, podemos tener la coartada perfecta. Este caso se está haciendo demasiado grande.

—Te lo advertí.

—¿Y qué quieres? ¿Una palmadita en la espalda como premio?

—¿Cómo se llama?

—Javier Redondo. Luego te paso sus datos. Tú arréglalo todo con el bujarrón. Necesito que esto salga perfecto.

El inspector se levantó y emprendió el camino de la calle. Unos pocos metros antes de la puerta, justo al lado de donde estaban situados los chicos de Tony, le dijo:

—Y contrólame al cabrón ese de Esparza. Tenemos que ver qué vamos a hacer con su chica. Vete dándole una vuelta a ese tema. Seguro que se te ocurre algún plan creativo de los tuyos.

—De Esparza me encargo yo. No va a haber ningún problema con él.

Tony no se creía ni una sola de las palabras de esa última frase.

Cada mañana al despertarse, desde aquel maldito día de agosto, se arrepentía de haber metido a Esparza en esto.

Podía haber usado a Verónica sin decirle nada a él, pero ahora no se podía dar marcha atrás.

Quién le iba a decir a Tony que el político más prometedor de Castilla-La Mancha iba a acabar metido a quinqui de medio pelo, enrollado con una yonqui con la palabra «muerta» escrita en la frente.

Pero Tony era un sentimental, por mucho que se esforzara en parecer lo contrario.

Anotó en la libreta: «Llamar a Esparza». No podía quedar ningún cabo suelto. Tenía que intentar que durante las semanas siguientes tuviera algún momento de sobriedad para poder plantearle entonces lo que estaba pensando hacer con Verónica.

Cuando el inspector abandonó la discoteca, le vino a la cabeza el momento en que lo conoció.

Tony estaba desesperado. Acababa de darle una paliza a un delincuente de poca monta.

La cosa se le había ido de las manos y el tipo estaba a punto de palmarla.

No sabía cómo arreglarlo y justo entonces llegó el madero, como caído del cielo.

Era un Gómez sin canas ni entradas, igual de fino que ahora, y también el mismo cabrón que daba la impresión de que te iba a hacer un favor, cuando en realidad iba a ser al revés.

Por dejar medio muerto a un ladronzuelo le hubieran caído solo unos años; por aceptar el trato de Gómez quedó encadenado a él de por vida.

No era momento para lamentarse de su muerto. Ahora tocaba recoger la basura, y ese era su trabajo; nadie lo hacía mejor que él.