La hora de los monstruos Martes, 23 de octubre de 2012
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Martes, 23 de octubre de 2012

No lo había visto venir. El dollyo-chagui le había impactado en la cabeza con fuerza.

Pero peor aún había sido el golpe de su hombro contra la lona.

El maestro corrió veloz a levantarla del tatami.

Lucía se disculpó por su torpeza. Aseguró que estaba perfectamente y continuó con el combate.

El profesor la invitó a sentarse, pero ella insistió en seguir con la pelea.

Su contrincante estaba igual de aturdido que ella.

Esperaba sin saber qué hacer ni qué decir.

No aparentaba tener más de veinte años, pero poseía una fuerza considerable.

Y aunque no era especialmente rápido, sí que lo era lo suficiente para tumbar de una patada a una vieja taekwondista fuera de forma.

A petición suya, siguieron otro asalto más.

Esta vez decidió pasar al ataque, pero sin mucho éxito.

Lo intentó a la desesperada con una patada alta de la que el muchacho se zafó con soltura, para luego lanzar una contra que impactó con violencia en el peto de Lucía.

Durante unos segundos se quedó sin aire.

Le aterró la idea de volver a ser el centro de atención de sus compañeros.

Se incorporó como pudo y con su mejor sonrisa, a modo de disculpa, les dijo que ya había tenido suficiente por hoy. Y, realmente, había sido así.

Ya en los vestuarios, Lucía se miró en el espejo. En efecto, había recibido una buena paliza. Tenía la cara hinchada, pese a llevar el casco. Aunque lo peor de todo era el terrible dolor en el pecho. No veía el momento de echarse en el sofá de su casa.

Le sorprendió ver afuera al muchacho con el que había peleado.

No estaba segura de si su nombre era Luis o Jorge.

La esperaba para disculparse. Ese golpe fue el que más le había dolido.

Le quitó hierro al asunto diciendo que ella también había dado palizas a compañeros mayores cuando tenía su edad.

Sonrieron y se citaron para la siguiente clase.

Se despidió del maestro, que le dedicó su mejor sonrisa a modo de consuelo, y se encaminó a la salida.

Atravesó el patio que separaba el gimnasio del bar lo más rápido que pudo, roja de vergüenza por lo ingenua que había sido de pensar que podía luchar con la rapidez y la destreza de hacía diez años.

Pese a todo, Lucía estaba contenta.

Y es que, con cada día que pasaba, se sentía más a gusto consigo misma y con la decisión que había tomado de volver a Burgos.

Los que no estaban tan contentos con su elección eran su hermano y su cuñada. Lucía era propietaria al 50 por ciento de la empresa familiar y, de repente, lo que era una sombra en la lejanía de la capital se había convertido en una amenaza muy cercana que los devoraba a cada segundo que pasaba.

Todavía seguía sin tener noticias de su ex.

La elección del piso había sido rápida. Lucía había seleccionado varios inmuebles en Idealista, pero antes de hacer ninguna llamada decidió acercarse hasta un portal donde había visto un cartel de SE ALQUILA .

La vivienda estaba situada cerca de dos de las vías con más tráfico de la ciudad, pero la calle resultaba especialmente tranquila.

El edificio daba a un pequeño patio poblado por entusiastas niños, cuyos gritos afortunadamente no llegaban a la altura del último piso en el que se ubicaría su nuevo hogar.

Apuró el contenido de su segundo café con leche mientras seguía leyendo la Rockdelux .

«Creo que la oscuridad está fuera, no dentro de nosotros», decía Steve Earle.

«Pero, entonces, ¿quién o quiénes nos hacen cometer atrocidades?

¿Participar en guerras en las que se viola a mujeres y se mutila a niños?

¿Es acaso esa oscuridad un ente abstracto? », se preguntaba Lucía.

Demasiadas reflexiones profundas para una mañana de martes.

Terminó la entrevista y además de la versión del cantante de la redención, y de la constatación de su odio acérrimo hacia Cormac McCarthy, le quedó grabada otra frase: «Aprendí que Dios existe, y que no está en mí».

Lucía estaba convencida de que Dios tampoco habitaba en ella.

Ella también buscaba redimirse; no era necesario estar enganchado a la heroína como Earle para sentirse así: vacía.

Ya era hora de recoger el desayuno y pensar en qué ocupar el resto del día.

El miércoles estaba citada con una abogada para empezar a elaborar su plan de empresa, el mismo que tampoco les iba a gustar a su hermano y a su cuñada.

A partir de entonces le iba a quedar poco tiempo para disfrutar de la forma en que lo había hecho esos días: no haciendo nada.

Se sentó en el sofá y sonrió al recordar que uno de los primeros libros de McCarthy se titula La oscuridad exterior .

Lucía cogió su móvil y marcó el número de su hermano.

Una llamada rápida para decirle que al día siguiente se pasaría por su casa para comentarle un asunto importante.

Sin darle tiempo a reaccionar, posó su mano sobre el botón de colgar; acto seguido, desconectó el terminal.

La imagen de la casa de su hermano, la de sus padres, la suya en cierto modo, seguía siendo una fuente de recuerdos, de malos recuerdos principalmente.

En los últimos cinco años, solo había vuelto para presenciar las muertes de sus padres y asistir a sus entierros.

Viajar ahora a Burgos había supuesto muchas cosas para ella: romper con Javier, dejar atrás temporalmente un trabajo de funcionaria en Hacienda que no tenía más valor que el de proporcionarle una seguridad económica —algo que era muchísimo en la actual situación de crisis apocalíptica, pero que a ella ahora no le resultaba suficiente— y también enfrentarse por primera vez con la pérdida de sus padres de una forma adulta, intentar entender por qué no la quisieron de la forma que ella necesitaba, afrontar la idea de que su familia no era más que una relación circunstancial de consanguineidad, un concepto muy diferente del que ella entendía que debía ser.

Ahora había llegado el momento de decidir cómo quería vivir el resto de sus días, con quién y si quería formar esa familia que tanto había anhelado en su infancia: una basada en el amor, la amistad, el cariño y la comprensión.