La hora de los monstruos Invierno de 2011
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Invierno de 2011

De nuevo, aquel horrible grito en medio de la noche. Fátima tenía la impresión de que todo París se había estremecido con semejante alarido.

—Esto no puede seguir así, Mohamed. Tu primo no puede pasar una noche más aquí.

Los llantos de los niños interrumpieron el discurso de su mujer, que, enfadada, corrió a consolar a sus hijos. En el pasillo, la mujer se encontró con Hassan, al que apartó de un golpe. El joven se dirigía a la habitación del matrimonio a disculparse con su familiar.

—Lo siento. Yo…

—No es por mí, Hassan. Pero los niños y Fátima… Ella trabaja muchas horas y necesita dormir por las noches.

—Lo entiendo, Mohamed. Muchas gracias por tu hospitalidad.

Hassan todavía se quedó un rato sentado en la cama antes de preparar su maleta.

Seguía jadeante. Y el sudor frío aún le recorría la espalda.

En los últimos dos años no había habido una sola noche en la que aquellos terribles hombres no hubiesen venido a buscarle en sus sueños.

Todas sus pesadillas estaban protagonizadas por aquel demonio de ojos diminutos, bigote fino y sonrisa malvada.

Ni en Bélgica ni en Francia había conseguido escapar de ellos.

Volver a España parecía la mejor opción, si no la única, por mucho que le angustiara enfrentarse a sus recuerdos.

Aquí las pesadillas eran por la noche; allí serían también por el día.

Debía aprender a mirar a los monstruos a la cara.

No había vuelta atrás. Hassan llamó a su amigo Omar. Con su ligero petate se dirigió hasta la estación de Bercy para ver cuál era la forma más barata de viajar hasta Murcia. Los mismos invernaderos, igual miseria, los miedos repetidos.