La hora de los monstruos Martes, 23 de octubre de 2012
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Martes, 23 de octubre de 2012

Una ligera pátina cristalina se extendía por la acera gracias a la fina lluvia que debía haber caído mientras el juez asistía a su cita matinal para oír misa.

Refunfuñó ligeramente al comprobar que se había vuelto a olvidar el paraguas en casa, disgustado por la perspectiva de mojarse en el breve trayecto que separaba la iglesia del garaje donde guardaba su BMW.

Se subió el cuello del abrigo, como si con esa absurda maniobra pudiese conseguir atenuar los efectos de las gotas, a cada rato más gruesas, que se disponían a explotar sobre su cabeza descubierta.

Pese al enfado, no se olvidó de su ritual y se santiguó con firmeza, como hacía siempre al abandonar el templo.

Intentó atusarse su fino bigote, pero inmediatamente descubrió que no estaba.

Hacía ya un par de meses que se lo había afeitado, pero su mano seguía haciendo el gesto de forma automática.

Eran más de veinte años juntos y se le hacía rara su ausencia.

Ayer había sido un día horrible y parecía que hoy no iba a mejorar.

Cerró los ojos fuertemente, con ademán de enfado, y estos se hicieron todavía más pequeños si eso era posible.

Hoy era martes y le tocaba desayunar con sus dos compañeros, Rodrigo y Rufino, como era habitual desde sus tiempos de la universidad.

Media hora más tarde estaba sentado a la mesa que habían compartido juntos durante muchos almuerzos. Como siempre, él fue el primero en llegar.

El farragoso caso que estaba manejando en el juzgado tampoco ayudaba demasiado, y es que pese a que allí todos conocían su fama de hosco y huraño, la última semana su carácter había lucido más agrio que de costumbre.

Varios minutos más tarde, Rodrigo y Rufino entraban por la puerta, bromeando y gesticulando.

—Se os ve muy contentos —afirmó Gonzalo sin mirarles directamente a los ojos, concentrado como estaba en cortar con precisión quirúrgica los trozos de beicon que poblaban su plato.

—Y a ti muy serio, Gonzalito —le respondió Rufino mientras se acercaba para darle una palmadita en la espalda, consciente de lo mucho que le desagradaba al juez el contacto físico.

Gonzalo respondió a la broma del político con un movimiento de cabeza en dirección al bufet. Ambos cogieron sus platos y se dirigieron en silencio a llenarlos de viandas.

—Y tráeme más beicon, Rufino —le dijo.

—Lo que usted ordene, señor juez. Hoy estás más cabreado que de costumbre. Pobrecitos a los que les toque recibir hoy tu divina autoridad.

—Sabes muy bien que esos de los que hablas son tus amigos del partido. Espero que tú no estés entre ellos —amenazó el juez, recordándole el caso que ahora tenía entre manos.

Ya de vuelta en la mesa, mientras Gonzalo atacaba con fruición la nueva remesa de panceta, el diputado se encaró con él de forma decidida:

—A ver, Gonzalito, no me toques los huevos.

Aquí estamos todos a una. Los tres somos igual de culpables y de inocentes.

No pretendas estar por encima de nosotros porque no cuela.

Y respecto a lo de mis compañeros de partido, haz tu trabajo: mete a los camellos y a los chorizos en la cárcel y deja de joder a la poca gente honrada que queda en este país.

—Gente honrada, dices. Eso es muy discutible. Sabéis muy bien cómo realizo las instrucciones y que no me tiembla el pulso. Mucho protestar, pero da la sensación de que queréis que se haga una purga en vuestras filas y que otros se encarguen del trabajo sucio por vosotros.

—Chicos, chicos, que hemos venido a pasar un buen rato; dejad ya de joderme el desayuno —intervino Rodrigo, mostrándoles a ambos el bloody mary que sujetaba en la mano izquierda, el segundo del día, la medicina que le aportaba la clarividencia suficiente para terciar en aquella discusión cainita.

—Y tú, Rodrigo, acompaña la bebida con algo de comida. Que luego llegas a la hora de la comida hecho unos zorros —apostilló el juez devorando los últimos trozos de tocino que pululaban por su plato.

—Eso no te lo voy a tener en cuenta, Gonzalo, aunque creo que no venía a cuento.

—Rodrigo cogió aire y cambió el semblante; ahora más serio, se dirigió con voz queda a ellos—: Volvamos a lo que nos importa, ¿qué tienen?

Nada. Mañana habrá otra noticia y se olvidarán de ellos.

Siempre ha sido así. No hay nada que les relacione con nosotros. No tenemos razón para estar nerviosos.

El juez asintió con la cabeza dando su aquiescencia a lo dicho por el banquero.

—Bueno, cambiando de tercio, señores, ¿cuándo volvemos a ir de pesca? No me miréis con esa cara, que esta vez los salmones serán de coto legal.

—Yo lo veo complicado. Tengo a los medios de comunicación encima con los últimos escándalos y, por lo que sé, esto no es nada en comparación con lo que viene.

En un par de meses se va a destapar una gorda que puede acabar con muchos de nosotros en la cárcel si no se maneja bien —advirtió el diputado—.

Esto es una puta guerra civil, y aquí hay muchos y muchas presentando su candidatura a jefes; así es difícil.

Menos mal que enfrente está quien está, que si no, ahora mismo estaba buscando empleo.

—No te quejes, Rufino. Yo sí que estoy jodido —dijo el banquero.

—Tampoco te puedes quejar mucho, Rodrigo. Os ha entrado dinero a mansalva. Seguro que algo rascas.

—Ahora ya no es como antes. Los buenos tiempos pasaron.

Ahora cada céntimo debe estar justificado.

Las putas fusiones están arrasando con todo.

Hay mucha gente empeñada en tratar de sacar toda esa mierda a la luz y que alguien pague por ello.

No me quiero imaginar todos los que acabarán en el banquillo de los acusados.

—El 2013 va a ser jodido para todos. Y el siguiente todavía será peor —aseguró Gonzalo.

—De eso no os quepa duda. Por cierto, por lo que me han contado, uno de los que puede acabar bien jodido es tu antiguo jefe, Rodrigo —comentó Rufino.

—Tiene toda la pinta. Le tienen ganas en el gobierno, en tu partido, en la oposición y en el propio banco. Muchos enemigos y sus pocos fieles se han evaporado. Se acabaron los tiempos de los cocidos. Ahora los callos se los va a tener que tragar él solito.

—Quizá no sea el único —dijo el juez.

—¿Queréis algo más de beber o de comer? —preguntó Rufino.

—Café y algo de dulce.

—Yo, otro bloody mary. Eso, si no le parece mal al juez.

Cuando Rufino regresó a la mesa, sorprendió a sus amigos en plena confidencia. Al verlo llegar, ambos callaron. Hacía tiempo que estaba convencido de que tramaban algo juntos.

—Podéis seguir con vuestros secretitos. Por mí no os cortéis.

—Era un tema personal, Rufino. Tanta conspiración en tu partido te está obsesionando.

—Le estaba pidiendo consejo a Gonzalo por un tema de familia —explicó el banquero.

—Entiendo. Me imagino que será algo personal que no quieres que se conozca.

—Algo así, Rufino —respondió Rodrigo pegando un gran trago a su bebida.

—¿Sabéis a quién vi el otro día en ese restaurante japonés que tanto te gusta, Rufino? A López Montero —comentó el juez cambiando de conversación.

—¿A Paquito?

—El mismo. Le han puesto en la calle.

—¿Dónde estaba? Era uno de los jefazos de una empresa sueca o algo así.

—De una de las grandes de Europa. Por lo que me comentó, debía de tener unas retribuciones en acciones suficientes para comprar todo este edificio. No recuerdo el nombre, era una empresa química o algo así.

—Pues le han dado boleta. Ya sabéis cómo es Paquito, va contando por ahí que fue él quien decidió marcharse. Pero por lo que me he enterado, le han echado y con una denuncia por apropiación indebida. Desvió fondos a sus cuentas. Y además lo debió de hacer de forma bastante chapucera, a su estilo.

—Qué jodido. Aquí no se libra nadie.

—El problema es lo que hablábamos antes, Rufino. Aquí ha habido mucho golfo, pero también mucho torpe.

—El otro día me preguntaba Ángela cuándo se pasaría todo esto.

La pobre se piensa que vamos a volver a tener unos años como los anteriores.

Es mi mujer y le tengo cariño, pero me dieron ganas de reírme en su puta cara.

Joder, de verdad se piensa la gente que esto va a ser como antes.

En unos años se pasará, como siempre, o diremos que se ha pasado, pero las minas seguirán allí, hasta la siguiente crisis.

La gente creerá que ha superado el cáncer, pero la metástasis será más grande, más letal.

—Cuando te acostumbras a comer jamón ibérico todos los días, el día que te falta no lo entiendes.

Es como si no tuvieras pan para comer. Lo has convertido en algo habitual.

El banco, con las prejubilaciones, se ha llenado de jóvenes que se piensan que van a ganar lo mismo que sus predecesores.

Alguno lo hará, no lo niego, pero la mayoría va a comer mierda hasta hartarse por cuatro duros.

En el fondo me dan mucha pena todos esos chicos con dos carreras y no sé cuántos másteres sirviendo pintas y beans en los pubs de Londres —explicó Rodrigo.

—Que se jodan y que trabajen. Como lo hicimos nosotros.

Por muy mal que estén ahora, peor las hemos pasado nosotros.

Bueno, tú no, Rodrigo, que vienes de familia bien.

Pero en casa de Rufino y en la mía muchos días no había comida caliente para todos y llevamos el mismo abrigo durante toda la carrera.

Ellos han vivido como príncipes; trabajar ahora un poco no les va a venir mal.

—Como bien dice el juez, en este país se ha vivido como Dios y ahora solo sabemos quejarnos como los desahuciados esos de los cojones, que están todo el día tocando los huevos en vuestras oficinas, Rodrigo.

Aquí la gente no ha tenido cabeza. Se han pensado que eran ricos y actuaban como tales.

¿No querían pisos de cuarenta millones? Pues ahora que los paguen —afirmó Rufino.

—Ese es otro tema. Muchos de los contratos que hicieron aquí Rodrigo y sus colegas eran ilegales —aseguró el juez.

—¿Y qué debíamos haber hecho, no darles el crédito? —preguntó el banquero.

—Exacto. Engañarlos con contratos leoninos no era la solución. Lo único que buscabais era vuestro propio beneficio a toda costa —sentenció el juez.

—O sea, que ahora te has convertido en defensor de los desarrapados. Cualquier día te vemos de café con los jueces progresistas esos —dijo Rufino.

—No jodas, Rufino. Yo solo digo lo mismo que antes, que no se han hecho bien las cosas y ahora no hay Dios que pueda tapar eso. Tiempo al tiempo.

—Siento poner fin a esta entretenida discusión sobre lo divino y lo humano, pero me esperan en el banco —dijo Rodrigo, apurando su cóctel.

—También es mi hora de entrada —dijo el juez.

—Pues entonces nos vamos todos. Busco fecha para noviembre. Ya he hablado con nuestro hombre y algo nos va a poder conseguir, aunque no me promete que sea nada espectacular. Hay que ser cautelosos —explicó el banquero.