La hora de los monstruos Lunes, 22 de octubre de 2012
21%

Lunes, 22 de octubre de 2012

Por primera vez desde que había empezado a ir tras la pista de Bruno y Mario, Javier había conseguido dormir más de ocho horas seguidas.

La resaca mal digerida, el cansancio acumulado y los acontecimientos de los últimos días habían hecho mella en él.

Cuando llegó a casa eran más de las seis de la tarde, y las fuerzas solo le permitieron arrastrarse hasta el sillón.

Encendió la televisión y se dejó caer en un profundo sueño de forma progresiva mientras lo acunaba la inane programación dominical.

A eso de las seis de la mañana, un fuerte y severo dolor de espalda le había despertado. Su cuerpo le recriminaba lo inadecuado de utilizar como cama ese vetusto mueble. La primera imagen que le vino a la mente fue la de Severino; la segunda, la de Lucía.

Respiró hondo mientras se acordaba de la que hasta hace poco había sido su compañera.

Dejó pasar algunos instantes, durante los cuales las lágrimas acudieron a sus ojos, aunque no se atrevieron a salir.

Pero la nostalgia enseguida dejó paso a lo que de verdad le preocupaba en esos momentos: que Severino le contara todo lo que sabía.

Se dio una buena ducha y trató de despejarse con una edificante dosis de codeína.

Como comprobó a lo largo del día, no fue una gran idea hacerlo con el estómago vacío.

Se vistió con la poca ropa limpia que le quedaba en los desiertos cajones —en parte por la improvisada mudanza de su ex y también porque la mayoría de su ajuar se encontraba apilado en una torre de mugre y suciedad en una esquina del cuarto de baño— y decidió trazar un plan para dar un vuelco a su desordenada y caótica vida doméstica antes de bajar al bar de la esquina a desayunar.

Cuando lo hizo solo eran las diez y media. Decidió apostar por un pincho de tortilla de txaka acompañado de un humeante café con leche. Una buena elección para evitar la perforación de estómago que provocaba la ingesta de medicamentos en ayunas.

Salió fuera de la cafetería a fumarse un cigarro y aprovechó para llamar a Severino, concertar una cita y seguir tirando del hilo de Ariadna. Quedaron en verse el viernes en el mismo lugar del día anterior, esta vez por la mañana. Ahora tenía toda la jornada para preparar la nueva entrevista.

No quería estar en casa, así que decidió ir a la biblioteca. Poco antes de llegar sonó el teléfono. Miró la pantalla del móvil y no reconoció el número, pero en cuanto descolgó supo de quién se trataba:

—Hola, Javier.

—Hola, inspector.

—Veo que sabes quién soy. Eso está bien. Me gustan los chicos listos.

—Ya he hablado con Severino.

—Estoy al tanto. Por lo que sé, os estáis entendiendo muy bien. Pero no te llamaba por eso.

—Pues usted dirá, inspector.

—Como te he dicho, estoy al tanto de las cosas que te pasan, tanto las buenas como las malas, aunque, por lo que me cuentan, eres más de las últimas. Siento lo de tu novia y también lo de tu trabajo; respecto a lo primero poco puedo hacer, pero con lo segundo a lo mejor te puedo echar una mano.

—¿Y a qué se debe este repentino interés por mí? —preguntó Javier con sorpresa—. Apenas nos conocemos y parece como si se viera en la obligación de solucionar todos mis problemas.

—No soy una persona altruista. Si te doy hoy es porque luego tú me lo podrás devolver mañana. El caso es que me he enterado de un trabajillo que puede venirte muy bien para ganarte un dinero y a mí también me interesa que seas tú el que lo haga.

—De momento, puedo pagar mis facturas —mintió Javier—.

Además, lo del trabajo es algo temporal, hay posibilidades de que puedan readmitirme en breve, y con lo que me ha contado Severino, puedo escribir un reportaje muy interesante y venderlo como freelance para ganar más que cuando estaba en nómina.

—Tu periódico tiene los días contados, y lo sabes.

Esto que te ofrezco es mejor: más dinero, mayor repercusión; ahora va a conocerte todo el mundo.

La gente solo lee el periódico en el bar, y los pocos que se atreven con la prensa seria no se fijan siquiera en quién firma los artículos.

Esto de lo que te hablo te va a llenar los bolsillos y te va a dar una fama que no lograrías de otra forma.

—¿Y cuál es ese magnífico trabajo entonces? —preguntó Javier intrigado.

—Se trata de la televisión, muchacho. Lo que de verdad importa en este país.

El papel es cosa del pasado, ahora todo tiene que ser digital, inmediato, rápido.

Pero, por encima de todo, está la tele. Si te fijas bien, todo empieza y termina ahí.

Un minuto en el horario de máxima audiencia y serás una leyenda.

—Parece muy informado del estado de los medios de comunicación para ser un policía.

—Un buen policía debe estar siempre al tanto de lo que pasa en la calle, y las redes sociales son también parte de esa calle a la que hay que escuchar… y vigilar.

—A mí todas esas cosas me dan bastante igual.

De hecho, esa fue una de las causas por las que me pusieron en la lista negra con el cambio de línea editorial.

Ahora no basta con ser un buen periodista o escribir correctamente, debes tener muchos seguidores en Twitter, un blog y todas esas cosas que se le exigen a un reportero del siglo XXI —comentó Javier con rabia.

—Hay que adaptarse a los nuevos tiempos.

El juego consiste en sobrevivir, y no puedes hacerlo continuamente con las mismas normas.

Siempre me ha gustado la gente como tú, con ese punto de romanticismo.

Pero, bueno, vamos a lo nuestro. Me imagino que conoces a Lisandro Meneses —afirmó el policía—.

Como bien sabes, nos está haciendo papilla con su nuevo programa.

Nos ha echado encima a la opinión pública y a los políticos.

El ministro llama un día sí y otro también para saber cómo llevamos la investigación.

Y lo peor es que cada día nos espera una nueva sorpresa.

El asunto es el siguiente: Lisandro está buscando emociones fuertes para el programa y quiero ser yo el que se las dé: tú te encargarás de ello, te convertirás en su reportero estrella con la información que Severino va a darte.

Pero lo más importante es que consigas avisarme antes de cada especial de los contenidos para poder neutralizar cualquier filtración; además, tendrás que averiguar quién le está pasando la información a ese bujarrón.

Me refiero a lo de las drogas de Bruno y toda esa mierda que está piando la gorda esa, Concha Nosequé.

El negocio para ti es perfecto: cobrarás dos veces por el mismo trabajo, te llevarás la pasta del programa y un buen pico de nuestra parte si consigues servirme en bandeja de plata al informador de Lisandro.

Hace tiempo que tengo ganas de echarle el guante.

No es la primera vez que el marica ese larga información que solo puede haber salido de la comisaría general.

—¿Y si digo que no?

—Javier, hostias, estás nadando en la mierda y te estoy ofreciendo una tabla de salvación. Eres un chico listo, así que no desperdicies esta oportunidad —le dijo Gómez.

Javier se quedó en silencio durante un buen rato mientras el inspector esperaba al otro lado de la línea telefónica su respuesta.

Era consciente de que no podía rechazar esa oportunidad que se le planteaba, pero, por otro lado, un sexto sentido le decía que algo olía a podrido en todo aquel asunto y que el paso que iba a dar le llevaba a un mundo del que sería difícil escapar sin pagar un alto precio.

Las cartas estaban todas repartidas y, con su mano, la única forma de seguir jugando era aceptar el préstamo que la banca le estaba ofreciendo.

—¿De cuánto dinero estaríamos hablando?

—El que yo te daría es suficiente para un periodista en paro. Lo que suelte el programa lo hablas tú con el amigo Lisandro. Y recuerda: no verás un euro de mi parte hasta que no me entregues al chivato.

—Lo normal es saber cuánto te van a pagar cuando vas a hacer un trabajo.

—Nada de esto es normal. No se trata solo de la desaparición de dos chicos; aquí hay muchas más cosas en juego. En breve te llamará el argentino. Gánate su confianza. No seas demasiado preguntón al principio, es importante que no sospeche y puedas convertirte en un colaborador válido para él.

—Pero ¿qué le cuento? —preguntó Javier desconcertado—. Hasta el viernes no veré a Severino y, de momento, solo me ha dibujado alguna pincelada, pero nada concreto.

—Eso mismo es lo que harás tú cuando hables con Lisandro.

Muéstrale el caramelo. La persona que te ha recomendado le ha asegurado que tienes unos documentos en tu poder que pueden dar un enfoque diferente a la investigación.

Olvídate de concretar nada en esta primera cita.

Tú ya estás contratado, solo tienes que darle valor a lo que puedes llegar a contar.

Severino te preparará después para tu primera intervención en el programa.

Con lo que él sabe, estarás más que listo para convertirte en la nueva estrella de la televisión. Vas a cruzar el Mississippi, Javier.