La hora de los monstruos Domingo, 12 de agosto de 2012 #2
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Domingo, 12 de agosto de 2012 #2

Miró el reloj. No disponía de mucho tiempo para intentar solucionar sus problemas.

Lo primero era saber de cuánto tiempo disponía.

Telefoneó a su madre —al coger el móvil descubrió que tenía dos llamadas de ella, otras dos de Nicolae (¿cuándo le había dado su número al rumano?), cuatro de Susana y varios wasaps también de ella— y descubrió con alegría que se quedarían también a cenar en casa de sus familiares; eso le concedía como mínimo tres horas.

Aliviado por las buenas noticias, se dirigió a su habitación; fuera hacía todavía mucho calor, pero era necesario ventilarla hasta que desapareciera el hedor atroz que la inundaba.

La segunda parte del plan consistía en eliminar los rastros de la fiesta: su ropa estaba llena de una mezcla de alcohol, vómito, comida, sangre y algo que podía ser semen; esperaba que por lo menos fuera el suyo.

Había que meter una colada en la lavadora, eso era fácil; lo difícil era ponerla a funcionar.

En ese momento agradeció que su madre guardase todos los manuales de los electrodomésticos en una carpeta en el salón.

Pese a seguir con el cerebro bastante espeso, consiguió arrancar aquella máquina del diablo, aunque su buena estrella se torció cuando descubrió a los quince minutos que el suelo de la cocina se había convertido en una piscina jabonosa.

Había acertado con el programa, pero fallado con la cantidad de producto que debía meter en la cubeta.

Solventó como pudo el incidente, pero ese contratiempo le había retrasado.

En ese momento se dio cuenta de que estaba exhausto.

¡Comer! Eso era lo siguiente que tenía que hacer.

La suerte volvía a estar de su lado; en el frigorífico descubrió un táper con ensaladilla rusa y otro de macarrones, con un pósit en la tapa en el que ponía «Calentar».

No fue necesario; devoró el contenido de ambos en apenas cinco minutos.

Empezaba a sentirse mejor. Eran las ocho y media.

Había llegado el momento de hidratarse, ordenar la habitación y secar la ropa.

Una hora después, estaba sentado en la cocina, con un dolor de cabeza importante, pero contento por haber conseguido evitar el desastre.

No le hubiera gustado que su madre y su hermana le viesen en aquellas circunstancias.

Bastante se peleaban ya todos los días como para darle motivos para echarle una buena regañina, y esta vez con razón.

Era el momento de comer algo más y de hacer lo más importante: llamar a Susana.

Fue entonces cuando tomó conciencia de su situación.

Se había portado como un cerdo. Había sido un auténtico imbécil haciendo caso a Bruno.

¿De verdad que se había acostado con aquella chica en la fiesta?

Marcó el número de Susana. Pensó que estaría enfadada por no haberle devuelto antes las llamadas o mandado siquiera un triste emoticono por WhatsApp.

—Hola, Morfeo. ¿Has despertado ya de tu letargo? —le preguntó divertida.

—Sí, siento no haberte contestado antes, pero me he pasado todo el día durmiendo. No sabía que era tan tarde. Además, me he quedado sin batería en el móvil y…

—Tranquilo, tranquilo, que no soy tu madre.

Yo también me habría quedado todo el día en la cama, pero me ha tocado ir de comida campestre con toda la familia.

Me han levantado a las doce y me quería morir.

No me he podido echar ni una triste siesta.

Estaban todos mis primos pequeños y me ha tocado hacer de canguro.

—Vaya planazo —dijo Mario, ahora más tranquilo después de comprobar que Susana no estaba enfadada.

—Pues sí. Pero ya estamos en casa y me voy derecha a la cama. No voy ni a cenar. Me estalla la cabeza y mañana hay que madrugar. Además —Susana hizo un breve silencio, después del cual le habló en un tono más bajo y muy cariñoso—, tengo muchas ganas de que sea lunes para verte.

—Yo… también —dijo Mario titubeante. Un sudor frío le recorrió el espinazo y le entraron ganas de llorar.

Si realmente quería a Susana, ¿por qué se había comportado así?

Justo en ese preciso momento se oyó la puerta de la entrada.

Su familia estaba llegando a casa—. Tengo que dejarte.

Acaba de llegar mi madre. Mañana nos vemos.

—Hasta mañana, Mario.

—Hasta mañana.

Intentó aguantar el tirón como pudo. Saludó a su hermana y a su madre, y se quedó hablando con ellas unos minutos en la cocina mientras recogía los restos de su cena.

Un wasap le entró en el móvil cuando se dirigía a su habitación.

Era de Susana. «Te quiero». «¿Qué debo contestarle?

», se preguntó Mario, y se limitó a mandarle un emoticono.

Al día siguiente hablarían; quizá debía contarle lo que había pasado esa mañana, pero ¿cómo?

: «¿Sabes, Susana? Horas después de que perdiéramos la virginidad juntos, sí, ese momento que a ti te pareció tan mágico, me tiré a una golfa puesto de coca hasta las cejas, pero no te preocupes, casi ni me acuerdo de cómo fue».

Ahora estaba llorando de verdad. Volvió a sonar el pitido de un wasap y cogió el móvil pensando que sería Susana de nuevo, pero se equivocaba.

Era Nicolae: «Baja. Estamos enfrente de tu casa».

Mario se quedó helado. Unos segundos después le llegó otro: «Tu hermanita está muy buena».

Y luego un último: «Tienes que pedirle perdón al Chucky. Y saludar a tu amigo Esparza».

¿Cómo había conseguido Nicolae su número de teléfono?

¿Por qué se había peleado con Chucky? Y lo más importante: ¿qué hacía con ellos Esparza, el antiguo político y novio de Verónica, su amor platónico de la adolescencia, la reina del insti, convertida en la yonqui más hermosa y depravada del lumpen de Ciudad Real?

—Como tarde un poco más en bajar, voy a reventar a hostias a ese niñato. A ver si aprende de una vez —dijo amenazante Chucky sin parar de moverse de un lado a otro de la acera.

—Tranquilo, va a bajar y te va a pedir perdón —le tranquilizó Nicolae.

Chucky estaba fuera de sí. Daba patadas a todo lo que se encontraba a su paso.

Esparza se bajó del coche con cara de pocos amigos.

—Como no pares quieto, la hostia que te voy a dar se va a oír hasta en Rusia —dijo Esparza a Chucky.

El joven hizo amago de contestarle, pero Nicolae le disuadió con un movimiento de la cabeza.

El expolítico le cogió la barbilla con la mano al muchacho.

—¿Qué, me vas a decir algo? ¿Tantos cojones tenemos?

Esparza tenía los ojos fuera de las órbitas. Ni él mismo era capaz de saber la cantidad de cocaína que se metía al día. Ni tampoco el número de pastillas que se tomaba entre raya y raya.

Chucky sabía que podía derribarle de un solo golpe, pero también era consciente de que ese era un riesgo que no podía tomar. Nicolae ya se lo había advertido: ese desecho humano era intocable si no querían tener problemas con Tony.

En ese momento, al joven camello se le ocurrió una mejor forma de exteriorizar su malhumor y conseguir escarmentar de verdad a Mario. Esparza le convenía más como aliado que como enemigo.

—Lo siento, tío. Ya sabes que yo no tengo ningún problema contigo. No me atrevería nunca a decirte nada. Es solo que estoy muy enfadado con el cabronazo ese de Mario. Me hierve la sangre cuando se mete conmigo, con Nicolae y, sobre todo cuando lo hace contigo, Jorge.

—¿Conmigo? Pero ¿qué ha dicho de mí ese pringao ? Si ni siquiera le conozco. Solo lo he visto una vez en mi vida, esta mañana en el chalet. A su amigo sí, pero a ese… —Esparza se sentó en el capó del coche a la espera de que le contaran qué había pasado.

—Pues él sí que te conoce a ti.

—Cuenta, Chucky, que esto nos interesa, ¿a que sí, Esparza? —dijo Nicolae guiñándole un ojo a su amigo.

—Es por Verónica.

Esparza se levantó como un resorte en cuanto oyó mencionar el nombre de la chica. Agarró por el cuello al joven y le tiró al suelo.

—Tranquilo, Jorge, tranquilo. Deja al chaval —dijo Nicolae. El rumano solo necesitó una mano para separarlos, se llevó a Esparza en volandas y lo sentó encima del coche de nuevo—. Chucky es un buen amigo. Deja que cuente lo que sabe. Seguro que va a interesarnos a todos.

—El Mario este siempre ha sido un listo. Siempre está haciendo bromas de todos. Le gusta mucho reírse de Nicolae cuando no está delante de él. Bruno es legal, pero este cabrón está todo el día tocando los huevos.

—¿Qué es lo que ha dicho de Verónica? —preguntó Esparza.

—En el instituto siempre iba detrás de ella. La perseguía por todos los lados. Y luego contaba unas historias… Que si se lo había montado con ella, que si de esta forma y de la otra; un bocazas, vamos.

—Eso es cierto, Jorge. Bruno es un buen chico, pero este Mario… necesita un buen escarmiento.

—Mirad. Por ahí viene el pringao ese —dijo Chucky señalando al final de la calle.

—Tranquilo, Jorge —dijo Nicolae, sujetando a Esparza—. Ahora no es momento para esto. Que le pida perdón al Chucky por lo de esta mañana y que se marche. Ya tendremos tiempo de ajustarle las cuentas.